El sabor del control

Dijeron los israelitas casi al final de su travesía por el desierto:

“nuestra alma está hastiada de esta comida miserable.”
(Bemidbar / Números 21:5)

¿Comida miserable, repugnante, maldita?
Así hablaban del MAN, maná, del cual se dijo:

“Era como semilla de cilantro, blanco; y su sabor era como de galletas con miel.”
(Shemot / Éxodo 16:31)

Y de acuerdo a la Tradición (TB Iomá 75a), este alimento de origen milagroso recibía el sabor de casi cualquier otro alimento que uno imaginara estar consumiendo.
Entonces, ¿cómo pueden expresarse de esa manera los ingratos quejosos?

Una respuesta te la brindo a continuación, con una (espero) interesante enseñanza para tu vida.

Cuando obtenemos algún control, sentimos satisfacción.
Por ejemplo: terminé la carrera; obtuve un título profesional; formalice la relación de pareja; compré una casa; cambié el auto; comí un postre; encontré un billete en la calle; recibí una bonificación en la paga; dejé de fumar y me mantuve; bajé los kilos necesarios; me animé a pedir el divorcio; me fui de vacaciones; me encontré con un viejo amigo; etc.

Cuanto menos dependa el disfrute de nuestro poder, menor es el regocijo disponible para nuestro deleite.
Por tanto, si alcanzamos un logro con nuestro esfuerzo, el placer se siente con mayor potencia. A mayor energía dedicada, cuanto más hemos puesto en la realización, se supone que mayor es el índice de placer disponible.
Por su parte, aquello que viene gratis, de regalo, con poco esfuerzo, igualmente es poco valorado o escasamente disfrutado.
Por ejemplos: me entrené para la maratón y la corrí, llegué exhausto pero contento y con un sentimiento de tarea cumplida. Es una cima en mi nivel de disfrute.
No me entrené muy bien, hice trampa sin que nadie lo advirtiera, crucé la meta y recibí mi medalla de maratonista. Me siento genial sabiendo que soy muy “vivo”, la típica viveza criolla puesta en funcionamiento. Pero en verdad, cuando me sincero conmigo mismo… ¿me siento satisfecho y feliz con el trofeo sin valor?

Si aplicamos el poder para controlar lo controlable, brota por sí mismo el disfrute.
Siendo así, resulta provechoso en grado sumo enseñar a nuestros hijos a que trabajen para alcanzar sus metas, que se ocupen y sean responsables y comprometidos en la edificación de su propio bienestar.
Aquel que espera subsistir de milagro, en total abandono de acción constructiva, paralizado a causa de su irracional fe en lo sobrenatural; tal vez sea beneficiado con alguna dádiva que provenga de algún lugar, pero es dudoso que exista regocijo sincero allí. Quizás el mínimo placer de satisfacer una urgencia fisiológica, o aquel ilusorio gozo de imagina regencia sobre alguna deidad; lo cual es solo vanidad, algo pasajero y sin trascendencia.

Por supuesto que es bueno recibir regalos, disfrutar y compartir aquello que nos quieran obsequiar, ya que pasa a nuestra propiedad y por tanto ejercemos cierto control que nos derivará satisfacción.
Pero, se acrecienta el placer cuando el logro se basa en la mayor dedicación puesta en construir aquello que lo dispara.

Aunque, mucho cuidado, puesto que es imposible obligarnos a sentir placer.
El placer es un efecto derivado de acciones que acontecen, por nuestra obra, o a por acción de otros.

Por otra parte, si hay un exceso de control, al punto que en verdad ya se ha perdido el mismo porque pretendemos controlar lo que no es posible que controlemos; entonces no existe posibilidad para el disfrute. Hay exigencias desmedidas, estrés, agotamiento, debilidad, sentimiento de impotencia.

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