Tu misión (asiganda por Dios) no está en un monasterio o en un arca para «los elegidos»,
sino en medio del mundo, para traer luz a los rincones oscurecidos,
traer una palabra de aliento al caído,
orientar al desnorteado,
impedir el dominio del malvado.
Continuar encerrado entre tus cuatro paredes,
es rehusar cumplir con tu parte.
Si tú no la haces, nadie más la hará.
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