Un alpinista subia una difícil pendiente en la cara noroeste de una montaña, un camino escabroso y poco intentado por el promedio. Se animó a subir por la sencilla razón que era un hombre de «fe», creía en Dios.
Llegó a lo más difícil del trayecto y empezó a orar: Dios mío, ayudame, ayudame, dame fuerza, llevame a lograrlo. Dios mío ayudame, hazme avanzar, dime por donde, Dios mío….. Dios mío.
En ese momento salió un topo de la nieve y le dijo:
¿Y si tú te ayudas un poco, gastando menos energía en hablar y más en mover los pies?
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