Parece oportuno mencionar ahora las fuentes romanas de los siglos I y II EC respecto a la figura de Jesús y el cristianismo. Para empezar hay que indicar la parquedad de las mismas y que, siempre, son o despectivas o «indiferentemente frías». Por otro lado más que mencionar a Jesús las fuentes romanas de los siglos I y II EC se dedican a breves referencias a los «cristianos», mucho más que a la vida, hechos y muerte de la figura que adoraban. Veámoslas.
Las fuentes romanas de los siglos I y II EC
Los escritores romanos de los dos primeros siglos de la era común, Plinio el Joven, Cornelio Tácito, Cayo Suetonio Tranquilo y Dión Casio dan alguna información sobre los cristianos, directamente, y muy indirectamente sobre Jesús.
El testimonio más antiguo que se conserva de fuente romana sobre los cristianos es de Plinio el Joven (62-113 d.C.) quien, por indicación de Trajano, prohibió la formación de «asociaciones religiosas privadas», así dice Plinio «prohibí las asociaciones (hetaerias), conforme a tus ordenes» (Epist. X, 96)», considerando sospechosas las reuniones realizadas durante la noche y antes de la salida del Sol, pese a la inocencia aparente de los ritos, ceremonias e himnos que los cristianos dedicaban «a Cristo como a un Dios» (Epist. X, 96). Plinio concluye que según su entender se trata meramente de «una superstición irracional y desmesurada» (Epist. X.96)
No obstante ni Trajano ni Plinio fueron ningunos «perseguidores», por el contrario cabe añadir que Trajano no da instrucciones a Plinio -que era gobernador de Bitinia, de ahí esa consulta a Trajano- de perseguir activamente a nadie, se limita a indicar que si existe alguna denuncia se investigue y que ignore las denuncias anónimas, esta es parte de la respuesta que da Trajano:
«No deben ser perseguidos de oficio (conquirendi non sunt). Si han sido denunciados y han confesado, han de ser condenados, pero del siguiente modo: quien niegue ser cristiano (qui negaverit se christianum esse) y haya dado prueba manifiesta de ello, a saber, sacrificando a nuestros dioses, aun cuando sea sospechoso respecto al pasado, ha de perdonársele por su arrepentimiento (veniam ex paenitentia impetret). En cuanto a las denuncias anónimas, no han de tener valor en ninguna acusación, pues constituyen un ejemplo detestable y no son dignas de nuestro tiempo» (Epist. X, 97).
Tácito (61-117 d.C.) hace alusión a los rumores que culpaban a Nerón del incendio de Roma en el año 64 EC, dice: «Y así Nerón, para divertir esta voz y descargarse, dió por culpados de él, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúmnente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilato, procurador de Judea. Por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición; pero tornaba otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, sino también en Roma, donde llegan y se celebran todas las cosas atroces y vergonzosas que hay en las demás partes» (Anales 15, 44).
Cayo Suetonio Tranquilo (muerto hacia el 160) en su Vida de Claudio (25,4) dice lo siguiente: «Hizo expulsar de Roma a los judíos, que excitados por un tal Cresto, provocaban turbulencias«. Durante cierto tiempo se pensó que esa referencia a «Crestos» era una referencia al término «Cristo», hoy se sabe que no es tal, sino que se trataba de un griego que se había convertido al judaísmo y organizaba disturbios en Roma, lo cual confiere además de lógica a la expresión «a los judíos». En la Vida de Nerón (16,2) este autor cuenta -ahora sí referido a los cristianos- que «Los cristianos, clase de hombres llenos de supersticiones nuevas y peligrosas, fueron entregados al suplicio«.
Dión Casio, escribe una historia romana que ocupa ochenta libros, en ella habla de la ejecución del cónsul Flavio Clemente y del destierro de su mujer, a quienes se acusa de «ateísmo», muriendo junto con otros por simpatizar con la fe judía (Epitome 67,14). No obstante el dato en sí es enormemente escueto y textualmente habla de «la fe judía» -no de las «nuevas supersticiones» a las que aluden Plinio, Suetonio o Tácito-, pese a eso algún autor lo relaciona con una persecución contra los cristianos bajo el reinado de Domiciano.
Lo escaso -por no decir nulo, fuera de la referencia de Tácito respecto a su ejecución- de información sobre la figura de Jesús demuestra que esta figura era percibida como cosa de poca importancia por parte de los autores romanos. Son coincidentes, sin embargo, en que sus seguidores apoyaban una «doctrina nueva» que era «perniciosa» y «supersticiosa».
En ese sentido parece que los autores clásicos citados sí diferencian entre cristianismo y judaísmo, pese a que algunos autores -tal vez impulsados por el ansia de encontrar más referencias externas al propio cristianismo de las existentes- insisten en identificar ciertas menciones a los judíos (como la de Suetonio en la Vida de Claudio XXV, 4) o teñidas de ambigüedad (como la de Dion Casio) como referencias a Jesús y el cristianismo. En puridad tales identificaciones caben ponerse ampliamente en cuestión.
Falta de identidad propia
El problema fundamental del cristianismo es la ausencia de una identidad propia. El cristianismo no se basa en el mensaje de Jesús -cierto o supuesto. ahora no entro en eso- sino en su muerte y resurrección y, resulta, que para redondear la cosa, precisan, vincular a Jesús al D_os de Yisrael porque si no establecen tal vinculación carecen de sentido, de ahí la necesidad -del cristinianismo- de relacionar la crucifixión con el Génesis, lo que es altamente complicado.
Porque de partida no entienden el significado de lo que ellos llaman Génesis y se llama Bereshit, no lo entienden en absoluto, y menos en la actualidad -quienes escribieron los evangelios aún entendían algo del judaísmo, por eso hay más de una señal en ellos que pone en boca de Jesús su proclamación divina, señales que pasan del todo inadvertidas para la mayoría de los cristianos actuales ¿Cuantos relacionan el «Yo Soy» con el nombre de D_os? Poquísimos-.
La creación del Antiguo Testamento -que no es el Tanaj, sino un libro cristiano- implicó la manipulación puntual pero significativa de los textos tanajicos -un ejemplo clarísimo de eso es el Libro de Isaías, pero hay más, en los Salmos, en Daniel…- ¿Por qué toda esa molestia? Pues porqué o vinculaban al llamado Jesús de Nazaret o Cristo a Hashem o… desaparecía su conexión con la divinidad, porqué ésta no se basa en el mensaje de Jesús sino en su muerte y resurrección: y para ello necesitaban que fuese el mismo D_os que el de Yisrael. Jesús no precisa ser divino pero el cristianismo sí precisa que lo sea, ya lo dice Pablo en 1 Corintios 15:14: «Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe». Es decir, el cristianismo necesita que Jesús muera y resucite, el cristianismo necesita vincular a Jesús con En Sof y lo necesita imperiosamente, pero esa necesidad, o, mejor dicho, la búsqueda de un pecado original en el que basar esa necesidad es…i nsostenible, atenta no ya a la razón sino al menor razonamiento teológico serio. De ahí que el protestantismo se abandone tanto en la «fe pura», porque esa conexión… solo es aceptable por una fe que no atienda a otra razon que la de su propio sentimiento.
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