Hay un viejo chiste acerca de tres personas, una de ellas miembro de las fuerzas de defensa israelíes, que naufragan en una alejada isla de caníbales. Luego de ser capturados y mientras las calderas de agua hervían al fuego, los generosos nativos ofrecen conceder a cada uno de los cautivos un último deseo.
El primer hombre pide una pluma y un papel, y escribe una nota de despedida a su familia. La segunda persona pidió una comida final, de cinco platos que no contenga carne humana. Entonces el israelí pide que el líder tribal lo golpeara en la cara. Una petición extraña, pero en sus momentos finales en la tierra, la gente no piensa coherentemente… En cuanto el jefe le pegó, el israelí sacó una Uzi y rápidamente aniquilo a sus captores.
¿Por qué esperó hasta que le pegara, antes de tirarles? los dos amigos preguntaron.
Y que quieres ¿que después todo el mundo diga que yo comencé la agresión?
Buen chiste, pero, como vimos esta semana, refleja una triste realidad. Parece no importar cómo le peguen, cualquier acción de autodefensa de Israel será vista como una «agresión injustificable.»
Si Israel de todas formas nunca tendrá una «excusa aceptable» para perseguir a los terroristas y destruir sus fábricas de infraestructura y misiles. Cualquier acción inevitablemente accionará la condena mundial. ¿Por qué entonces esperar a ser golpeado en la cara antes de emprender una misión de autodefensa?
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