Escudarse detrás de dicha frase es una muestra de la poca valentía que se tiene para asumir la propia responsabilidad cuando lo que se pretende se basa en el deseo propio por alcanzar lo ajeno. El afán de conseguir el aval de un tercero que endose lo que venimos creyendo, es una muestra que algo nos dice que el criterio personal es poco confiable a la hora de definir qué haremos ante una situación.
No viene al caso de aquellos que preguntan para aprender, menos se trata de quienes buscan orientación en sus vidas. En específico se trata de quien sabiendo ya la respuesta a su pregunta, aun así insiste en descontextualizar su situación y lanzarle la pregunta a alguien quien inocentemente responde ignorando el trasfondo.
Un ejemplo de esto es aquel que sabe que la Torá le es ajena, aunque le hayan dado ocho respuestas verdaderas, pero que ninguna contiene un ápice de lo que él esperaba como contestación, aun así busca una novena respuesta, no sin antes revestirla de inocencia, omitiendo el contexto y no agregando muchos datos para no levantar sospechas que pudiesen generar una respuesta similar a las ocho anteriores.
¿Cuál es el miedo de preguntar con honestidad?
En lugar de preguntar ¿Tengo un libro judío, puedo leerlo?, por qué no añadirle que ademas de tener ese libro, también se es no judío, y además se tiene un trasfondo idolátrico que muy posiblemente interfiere en el pleno entendimiento de lo que es una heredad ajena, y que además se quiere leer porque un tercero le dijo que lo hiciera, y también seria bueno mencionar que apenas se han dado unos pocos pasos fuera de la idolatría bajo la guia de un maestro capacitado para tal tarea?
Obviamente que la respuesta seria similar a las ocho anteriores. Pero, quien insiste en actuar dominado por su criterio propio (o ajeno aunque ignorado) no dará muchos datos. Pondrá cara de buena gente, saludará, brindará un halago, dará las gracias, y luego de haber obtenido lo que quería, saldrá a vociferar su «nuevo» descubrimiento, haciendo a un costado las reiteradas ocasiones en que, argumentos por delante, le enseñaron cuál era el correcto proceder.
Luego de esto llamará a sus conocidos, enviará mensajes invitándolos a reuniones privadas, donde comenzará haciendo lectura de alguna frase sacada de un libro judio para cautivar a sus escuchas, luego les planteará lo que él cree, incluso lo que ya no cree, y su estocada (no final) será: «un rabino me dijo que yo podia…«,
Además, les dirá que evalúen por ellos mismos las evidencias presentadas, pero eso sí, advertirá que no le cuenten a nadie, especialmente a quienes podrían enseñar, con claridad y sin valerse de trampas, el claro error por el cual los quiere hacer transitar nuevamente.
Por otro lado, existe una clara dependencia a la aprobación de un ajeno. Se precisa que otro les señale que ese camino es el adecuado, pero cuando ese mismo que un día les dio aprobación les de una primera señal de desaprobación, entonces el ciclo vicioso se repetirá nuevamente cual hijo que busca aprobación en su padre cuando la madre le dijo previamente le dijo que no.
Vale mencionar esa vieja costumbre de creer que si un tercero coincide con la apreciación personal que ellos plantean, entonces eso es válido para convertirlo en una verdad inamovible, incuestionable, un camino por el cual todos deben transitar sin cuestionar.
«Un rabino me dijo que yo podia…»
En mi caminar como noájida he consultado con rabinos de habla hispana y angloparlantes, he hablado con el asistente del rabino designado por el Bet Din de Israel como cabeza de los gentiles, al mismo rabino parte del Bet Din de Israel le he escrito, y me ha respondido, inquiriendole por algunos asuntos relativos a la vida noájida.
Las veces que lo he hecho se lo he dejado saber a quien hoy dia considero mi maestro. No he tenido razón para ocultarle lo que he hecho, ni he temido a su desaprobación, incluso he procurado actuar como puente entre ambos.
Además conozco, sin excepción, todas las páginas de contenido noájida en todas sus perspectivas, desde las más permisivas hasta las más apegadas a la Ley,
y no por eso me he valido de «Un Rabino me dijo que yo podia…» para dejar que mi ego dicte qué elementos deben formar parte de mi identidad espiritual.
Es una pena tener que recurrir a argumentos de índole personal, pero se hace necesario por aquellos que creen que por contactar a un respetable rabino han encontrado la fuente misma de la Verdad.
Ser noájida es, además, aprender a darle su lugar a las opiniones de terceros, aprender a no actuar agazapadamente para justificar nuestro proceder.
¿Por qué ir en contra de la Ley?
¿Por qué creer «por fe» en las palabras de un tercero cuando estas carecen de algún argumento LEGAL que avale su opinión?
Caminar dentro del marco de la Ley Justa implica tener conocimiento de ella. Si vamos a preguntar a otros, entonces, es nuestro DEBER pedir a ese que contesta que, por favor, muestre que la Ley de Dios avala su idea.
Cuidémonos de lo que otros nos digan, independientemente de quien sea.
Es imperioso que sepas que no es digno sostener una ideología sólo por la fama y alto nivel de persona que la pregona, aceptando sus dictámenes sin detenerse a analizar profundamente qué es lo que sostiene esa ideología, si es verdadera o no, pues quien así actúa se conduce erróneamente y con muy malas cualidades. Ésta actitud además de esta os vedada por la Torá, es algo que la razón misma rechaza. Lógicamente no es propio actuar así, pues esto empequeñece y mengua la verdadera percepción en cuanto a la fe. Bajo el punto de vista de la Torá, es condenable pues se desvía del camino verdadero apartando sus ojos de lo correcto. Aseveró Dios: “No favorecerás al pobre ni mostrarás preferencia con el grande, con equidad habrás de juzgar” (Levítico 19:15 ), más aun: “No habrás de ser condescendiente con conocidos en el juicio” (Deuteronomio 1:17 )
No hay diferencia al respecto entre aquel que adopta tal opinión sin haberla analizado o aquel que defienda la postura de los sabios sin tolerar que alguien opine lo contrario, pues él razona para sí: “por ser que los sabios eran grandes en sabiduría, obviamente, todo cuanto ellos dijeron debe ser correcto”; todo esto está igualmente incluido en la prohibición enunciada en Levítico 19:15 y Deuteronomio 1:17 .
Acorde con lo expresado hasta aquí, deducimos que a pesar de la gran sabiduría y erudición de los sabios, debe quedar claro que no por dicha fama debemos acatar todo lo que ellos opinan con respecto a la medicina o las ciencias naturales de la misma manera y tenor con que aceptamos sus opiniones en lo que respecta a la explicación de la Tora, tal como nos fuera encomendado: “Y harás todo lo que ellos te encomendaren”
Esta postura era asumida por los mismo sabios, así, encontraras entre los sabios que ante la opinión ajena a la lógica talmúdica o incoherente decían: «Por Dios, aunque esto lo hubiere dicho Josué, no lo hubiera aceptado», es decir no aceptaría dicha afirmación aunque proviniera de un profeta, puesto que ese argumento no puede ser sustentado en forma coherente y lógicamente, producto de un análisis u otro método de razonamiento de los que el Talmud se vale para explicar u opinar.
Tomado de “Miljamot Hashem” “Maamad Al Dibre Jazal” Rabí Abraham Ben Harambam Coloquio: Acerca de los dichos de los Sabios Hebreos Rabí Abraham hijo de Rambam (Maimónides) Versión castellana y comentarios de R. Itzjak Sakkal “La importancia de analizar lo dicho”
¿Deseas dejar un comentario o formular una pregunta?
Inicia sesión con tu cuenta de SerJudio.com o regístrate gratis en 1 paso para participar en la comunidad y compartir tus reflexiones.