Judaismo conversion Israel Mashiaj Tora Dios amor paz

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 Lic. Prof. Yehuda Ribco (Av 6, 5762 - 15/7/02)

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BeShem H' El Olam

La' Haaretz UMeloa
Responsable: Licenciado en Sicología Prof. Yehuda Ribco / Darjey Noam

Jametz umatzá - en pos de la pregonada humildad

Lic. Yehuda Ribco
Nisán 5761

¿Qué diferencia el jametz de la matzá?

La receta del jametz (básico) posee tres elementos:

1- Harina de alguna de las cinco especies de gramíneas (trigo, avena, cebada, centeno, espelta o farro).

2- Agua.

3- Tiempo (18 minutos o más).

O, si se prefiere: levadura o polvo de hornear, o cualquier elemento que precipite el leudado (sea en comida o bebida).
O todo alimento que esté o haya estado en contacto con cualquier elemento jametz antes definido.
En definitiva, el jametz es lo que ha leudado, lo que ha fermentado adquiriendo un estado inflado, hinchado, exagerado.

La matzá, por su parte, es harina y agua mezclados, amasados y horneados en menos de 18 minutos.
Es decir, los mismos elementos los pueden conformar, pero en la matzá están sin fermentar, sin tiempo como para ahuecar la masa.

 

No es novedoso el relacionar la conducta personal con el jametz y la matzá.

La tentación de sobredimensionarse, de percibirse como mejor, mayor, superior (hinchado) a lo que se es en lo hechos, no es algo extraño a lo cotidiano.

No nos referimos específicamente al ególatra, ni al que delira con su grandeza... sino al que está a nuestro lado, a mí, a ti... el arrogante que todos podemos ser -o somos.

Esta parece ser una conducta que ha acompañado a nuestra especie desde el Edén hasta aquí. Pero, la sociedad occidental, liberal y cristiana tiende a fomentar la desesperada consecución del éxito a la par que el individualismo, como resultado se exige el superar a los otros sin importar los modos. Una superación que no es de subir la escala espiritual, ni de evolucionar como persona, sino en el plano de lo material, de la posesión (o el consumo, en realidad) de bienes (que en definitiva siempre son perecederos).

El éxito es representado (en la actualidad) por el gasto, por el placer zappingado (fugaz y cambiante) de los sentidos, por la ostentación, por el despilfarro, por vivir la vida como si fuera la única... en resumen, como la presunción de lo pasajero erigido como fundamento y eje del vivir (no de la existencia).
El éxito es (para estas sociedades) sinónimo de poder, que no necesariamente es saber, ni de hecho poder... sino... poder... pero, ¿poder, qué?

 

La ostentación es arrogancia, que es jametz.
Porque, en el fondo ¿qué es la arrogancia, sino vacío existencial que se intenta rellenar con pretenciosa imposición? Una escasa masa que es inflada por medio de un agente externo hasta abultar aparentando ser algo que no es...

No en vano nuestros Sabios le asignaron al jametz -como símbolo que es- varias connotaciones netamente negativa, por ejemplo: “altanería”, “instinto al mal”, “idolatría”, etc. Estas tres representan en definitiva lo mismo: obstáculos que la persona se impone para alcanzarse a sí mismo, a Dios y a sus semejantes.

La persona que ha leudado, es en general aquel cuyo ego engrandecido esconde una existencia disminuida, incluso miserable. Una autoestima escasa. Una autovaloración ínfima. Una conducta orgullosa que enmascara su debilidad constitucional. Porque, acaso los habitantes de una ciudad firme y que son sabedores de su real poder, ¿deben esconderse detrás de enormes murallas, de hondos fosos, de innumerables obstáculos que impiden el acceso franco del Otro? O, ¿con las defensas que la natural precaución acredita ya se saben confiados y seguros?
¿Quién -pues- levanta ciclópeas murallas sino el que se siente débil -aunque de hecho quizás no lo sea?

¿Quién eleva su voz por sobre la de los otros para hacerse oír?
¿Quién utiliza la amenaza, la difamación, la lisonja, la presión, el insulto, el atropello, el golpe vil sino aquel que no confía en el poder de sus convicciones?
¿Quién procura pisotear a otros para encaramarse, sino aquel que desconfía de su propia valía?

El que vacila ante su propia valía, intenta (generalmente) compensar su inseguridad procurando el reconocimiento de otros. Es dependiente de la aprobación ajena. Víctima de su escasa autoestima, busca el sostén en otros, que no siempre lo valoran sanamente, ni potencian hacia límites superiores. Pero, sincrónicamente, menosprecia a los otros, los esclaviza, los reduce a su propio nivel de estimación de su valía personal.

El otro vale en tanto le sirve.

El otro es un valor instrumental.

Para usar y tirar.

Tal como el mismo soberbio se siente... pero se aterroriza en reconocer.
En resumen, aquel que permite que el jametz gobierne su vida, desconoce su existencia.

Cuando la víspera de Pesaj llega cada año, es nuestra obligación como judíos eliminar hasta el más minúsculo vestigio de jametz de nuestras vidas. Pues está prohibido ingerirlo (a no ser que sea por cuestiones médicas), e incluso poseerlo. El jametz debe desaparecer. Para cumplir con este mandato de la Torá, limpiamos nuestros hogares con esmero, desechamos o regalamos lo impropio, también lo vendemos si su precio así lo amerita, y en última instancia lo declaramos como nulo, con el valor del polvo. De esta manera, durante la celebración de la festividad nuestras casas, lugares de trabajo y vidas deberían quedar libres de hasta la más ínfima partícula de jametz.
Tal es la práctica corriente. Muchos judíos la cumplen, con más o menos escrupulosidad.
¿No es esta faena anual un buen entrenamiento que nos conduzca a eliminar todo rastro de soberbia de nuestros corazones? Porque: “Abominación es al Eterno todo altivo de corazón; de ninguna manera quedará impune” (Mishlei / Proverbios  16:5)

 

La matzá, por su parte, simboliza “el pan de la aflicción o pobreza”, y también “el pan de la Libertad”.

Aflicción, porque era el alimento básico de los hebreos esclavizados durante cuatro generaciones en Mitzraim (Egipto).

Pobreza, porque es de simple elaboración, sin demasiado costosos ingredientes, sin grandes procedimientos de preparación. Tan sólo harina (generalmente de trigo, al menos para que sea casher lePesaj), agua, un rápido amasado y horno. Pobreza, también por ser achatado, duro, de lenta digestión y por lo tanto que produce una sensación de hartazgo... pero, sólo la sensación.

Libertad, porque fue lo que alimento a los hebreos a la salida de Mitzraim. También de la Libertad, porque los egipcios eran artesanos consumados de los alimentos leudados (repostería, panadería, cerveza, etc.), y los hebreos debían independizarse culturalmente y no sólo de las cadenas de la esclavitud, si querían llegar a ser verdaderamente libres.

Y, Libertad también, porque la persona rica es la que se conforma con lo que posee (según el Tratado de Avot 4:1), y este conformismo no conformista es liberarse del yugo de la ambición y la codicia, de la vanidad de la materia sedienta de más posesión, y conseguir un poco de solaz con lo que ya se cuenta, y no desesperar por gozar con lo que se ansía conseguir.

Al parecer jametz y matzá son polos de una misma realidad.
Sin embargo, una minúscula parte de jametz en contacto con matzá, la transforma en jametz.

Porque, en definitiva, lo que diferencia la masa de una a la del otro es la levadura, o sino el tiempo empleado en el proceso de su elaboración. Algo así como que en el camino del jametz pudo haber un prospecto de matzá. O, toda matzá está en constante peligro de transformarse en jametz.

Jametz es el estado de formación total de la masa. Mientras que matzá es el inicio del proceso.
¿Cómo compatibilizar esta irrefutable afirmación con los aspectos negativos antes mencionados acerca del jametz?

Como hemos explicado en otra oportunidad, el Ietzer haRa -la pulsión a lo negativo- es uno de los mayores aliados en el proceso de desarrollo de la personalidad superior; pues, al vencer las tentaciones y obstáculos que nos antepone esta pulsión, podemos conseguir el avance. Es con esfuerzo que se conquista la Tierra Prometida, no simplemente por obra de los milagros o la amorosa generosidad de Dios...
Que la persona permanezca indefinidamente en el estado de matzá, no lo estimula a desarrollar íntegramente sus aspectos, pues, la humildad se trastoca en enfermizo conformismo, en chatura, en masa sosa, sin sentido ni sabor.
Pero, un toque de vanidad, incluso como estímulo para eliminarlo, impele a la persona a esforzarse en mejorar.
El mundo material no es en sí negativo, sino la irresistible pasión por él. Si se utiliza los elementos materiales en pos de la elevación del Cosmos, se está en el camino de la Redención. Por lo cual, si la persona hace de su vida jametz exclusivamente o matzá de manera constante, lo que se obtiene es una persona disociada de su ser... es necesario ambos, en las proporciones y momentos adecuados, para lograr la identidad integrada del ser humano. (Una pista para esta reflexión la encontramos en el korbán (ofrenda) de Shavuot (festividad que marca el mojón de finalización del ciclo de la Liberación; ciclo que comienza con la Libertad física en Pesaj, y culmina con la Libertad del espíritu en Shavuot). Éste es un korbán Minjá (ofrenda de gratitud o mecida) que a diferencia de los otros korbanot Minjá, no es ofrecido con matzá, sino con jametz (ver Vaikrá / Levítico 23:15-21). ¿Por qué? Quizás porque la Torá quiere indicar que el jametz bien canalizado, y cuando está permitido, es un elemento a favor de lo positivo...)

Por lo tanto, ni arrogancia, ni depresión del espíritu son los caminos apropiados para el crecimiento de la persona en su totalidad.

 

El buen camino es el de la humildad.

Pero, ¿qué es la humildad?

En una breve definición: conocer el propio valor en su contexto, las limitaciones y las aptitudes. Sin sobredimensionar ni lo que se posee, ni aquello de lo que se carece.
No es inflar el ego disminuido. Pero tampoco pinchar lo valioso que somos, hacemos o tenemos.

Ser humilde no es ser humillado, y mucho menos comportarse de manera altiva.

Ser humilde es estar en consonancia con la esencia, y con el Cosmos.

Ser humilde es reconocer virtudes y defectos propios, y de otros.

Juzgarse y luego juzgar con la justa vara, sin menosprecio, sin halagos inmerecidos.

Ser humilde habilita a convivir, a compartir, a existir en consonancia con Otros.

Ser humilde, es un duro trabajo.

Ser humilde, en esencia es poseer autoestima.

Y es la persona que ha desarrollado la humildad la que puede encarar el desafío de ser libre. ¿Por qué? Pues, porque el altivo esta aprisionado por sus propias cadenas, y atrapado por sus máscaras de pretendida alteza. En su pecado radica su esclavitud.

En tanto que el pobre de espíritu (atención que no es lo mismo que humilde) no osa enfrentar la vida, sino a rehuirla, a dejarla pasar por sus costados en procura de pasar desapercibido.

La arrogancia es el Faraón que al serle requerida la libertad, ordena nuevas cadenas, aunque quizás muy en el fondo, y sin confesárselo siquiera sí mismo, se siente oprimido hasta lo insoportable.

En tanto que la chatura espiritual ni siquiera se permite oír los reclamos de liberación, desconoce su estado de esclavitud y nada sabe de libertad.

 

Al ser el jametz comparado con la idolatría, en Pesaj bien vale este precepto (en el orden moral): “No meterás en tu casa ninguna cosa abominable, para que no seas anatema juntamente con ella. La aborrecerás del todo y la abominarás, porque es anatema.” (Devarim / Deuteronomio  7:26).
Si aprendemos a desechar las conductas erróneas que nos llenan de falsedad, el camino a la humildad está abierto.

Y Pesaj es tan sólo una lección, un entrenamiento, una visión de lo que es el equilibrio entre matzá y el jametz.

 

Así pues, recordemos: “Moshé [Moisés] dijo al pueblo: --Conmemorad este día en el cual habéis salido de Mitzraim, de la casa de esclavitud; porque Hashem os ha sacado de aquí con mano poderosa. Por eso no comeréis nada leudado.” (Shemot / Éxodo  13:3).


 Si les quedan interrogantes, comentarios o sugerencias, háganlas llegar que son siempre muy bienvenidas.

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