La posición predominante en neurociencia sostiene que la conciencia depende de la actividad organizada del cerebro. Las lesiones cerebrales, la anestesia, la estimulación de determinadas regiones y las alteraciones de las redes neuronales pueden modificar profundamente nuestra experiencia consciente. Esto constituye una enorme cantidad de evidencia a favor de una relación íntima entre cerebro y conciencia.
Pero existe una pregunta que todavía no tiene una respuesta científica definitiva: ¿el cerebro produce la conciencia o podría funcionar, al menos en parte, como un órgano que la recibe, filtra o transforma?
Una minoría de investigadores ha defendido alguna versión de esta segunda posibilidad. No existe una única «teoría de la conciencia no local»; hay varias hipótesis diferentes. Algunas parten de las experiencias cercanas a la muerte; otras utilizan modelos cuánticos; otras proponen que la conciencia sería una propiedad más fundamental de la realidad.
Lo importante es no confundir una hipótesis científica controvertida con un hecho demostrado.
Pim van Lommel y las experiencias cercanas a la muerte
Uno de los casos más conocidos es el del cardiólogo neerlandés Pim van Lommel.
En 2001 publicó en The Lancet un estudio prospectivo realizado con 344 pacientes que habían sobrevivido a un paro cardíaco. Sesenta y dos pacientes, aproximadamente el 18 %, informaron haber tenido una experiencia cercana a la muerte, y 41 describieron una experiencia que los investigadores consideraron «central» o profunda.
El interés de van Lommel no estaba simplemente en que las personas vieran luces o recordaran escenas extraordinarias. La cuestión que planteó fue más radical: algunos pacientes describían experiencias extremadamente lúcidas en circunstancias en las que la función cerebral estaba gravemente comprometida.
A partir de estas observaciones, van Lommel desarrolló una interpretación según la cual la conciencia no necesariamente sería producida exclusivamente por el cerebro. El cerebro podría funcionar más como un receptor o interfaz: no crearía la conciencia desde cero, sino que permitiría que una conciencia más amplia se manifestara en el individuo.
Esta idea recuerda, de manera bastante interesante, la antigua analogía de una radio: destruir el aparato impide escuchar la transmisión, pero no demuestra que la transmisión haya dejado de existir.
Hay que hacer una precisión fundamental: el estudio de van Lommel demuestra que las experiencias cercanas a la muerte existen y que poseen características que merecen investigación. No demuestra por sí mismo que una conciencia externa al cerebro exista. Esa segunda afirmación es una interpretación teórica de los datos.
Bruce Greyson y la investigación de las experiencias cercanas a la muerte
El psiquiatra Bruce Greyson, de la Universidad de Virginia, es otra figura central en esta investigación.
Greyson desarrolló una escala estandarizada para estudiar las experiencias cercanas a la muerte y ha investigado durante décadas sus características psicológicas y sus efectos posteriores. Sus investigaciones muestran que estas experiencias presentan patrones relativamente consistentes y que pueden producir cambios duraderos en las personas.
Greyson también ha señalado que determinadas experiencias parecen trascender los límites habituales del yo, del espacio y del tiempo.
Sin embargo, Greyson no necesita afirmar que todas las experiencias tengan una explicación sobrenatural. Precisamente una de las cuestiones científicas que investiga es si los fenómenos pueden explicarse adecuadamente mediante los mecanismos conocidos de la actividad cerebral.
Esto es importante porque demuestra que la investigación de las experiencias cercanas a la muerte no pertenece exclusivamente al terreno de la espiritualidad. Existe una literatura científica y médica considerable sobre el fenómeno.
Una revisión publicada en 2014 identificó 266 publicaciones científicas relacionadas con experiencias cercanas a la muerte entre 1945 y 2013, aunque sus autores señalaron que una proporción importante eran artículos teóricos, revisiones o estudios fenomenológicos y que todavía faltaban investigaciones empíricas de mayor calidad.
Sam Parnia y la investigación durante la reanimación
Otro investigador importante es Sam Parnia, médico especializado en reanimación y director de investigaciones sobre conciencia durante el paro cardíaco.
El estudio AWARE-II, publicado en 2023, siguió 567 casos de paro cardíaco intrahospitalario en 25 centros. De los 53 pacientes que sobrevivieron, 28 pudieron completar entrevistas y 11 describieron recuerdos o percepciones relacionados con el período de paro cardíaco.
El estudio incorporó electroencefalografía y mediciones de oxigenación cerebral durante la reanimación. Los investigadores observaron episodios de actividad eléctrica cerebral compatible con procesos cognitivos durante algunos períodos de la reanimación, incluso después de un período prolongado de circulación gravemente comprometida.
Pero aquí aparece precisamente uno de los problemas centrales: estos resultados no demuestran necesariamente conciencia «fuera del cerebro». Una posible interpretación es que ciertos procesos cerebrales continúan o reaparecen durante la reanimación y pueden participar en la formación de los recuerdos posteriormente relatados.
De hecho, otros investigadores han cuestionado algunas de las interpretaciones de Parnia y han señalado problemas neurológicos y metodológicos en la interpretación de estos fenómenos.
Por eso, el fenómeno sigue siendo científicamente interesante sin que la conclusión esté cerrada.
Roger Penrose y Stuart Hameroff: la conciencia cuántica
Aquí entramos en otra línea de investigación.
El matemático Roger Penrose y el anestesiólogo Stuart Hameroff desarrollaron la teoría denominada Orch-OR, «Reducción Objetiva Orquestada».
Su propuesta no es exactamente que la conciencia sea una señal externa que el cerebro recibe. Es más sofisticada.
Según Orch-OR, determinados procesos cuánticos podrían producirse en los microtúbulos presentes dentro de las neuronas. Estos procesos estarían relacionados con la llamada reducción objetiva de estados cuánticos desarrollada a partir de las ideas de Penrose y del físico teórico Diosi.
Penrose y Hameroff sostienen que estos procesos podrían estar relacionados con momentos elementales de experiencia consciente y que la teoría conecta la conciencia con la estructura fundamental del espacio-tiempo.
Por tanto, Orch-OR no equivale simplemente a decir «la conciencia está en otro lugar». Es una teoría según la cual aspectos fundamentales de la conciencia podrían depender de procesos físicos que no pueden describirse adecuadamente mediante la neurobiología clásica.
La propuesta ha generado un importante debate científico. En el mismo número de Physics of Life Reviews aparecieron varios comentarios críticos, incluido uno de investigadores que sostuvieron que la teoría revisada de Penrose-Hameroff no estaba científicamente justificada.
Dirk Meijer: el cerebro como interfaz de un campo
Una propuesta todavía más cercana a la idea de «conciencia no local» fue formulada por Dirk K. F. Meijer y Hans J. H. Geesink.
En un artículo publicado en NeuroQuantology en 2017 propusieron que el cerebro podría estar integrado en un campo estructurado holográficamente y que existiría un «espacio de trabajo mental» capaz de interactuar con el sistema nervioso mediante mecanismos de resonancia.
La idea es radical: el cerebro no sería simplemente un procesador aislado de información, sino parte de un sistema más amplio en el que existirían intercambios de información entre el organismo y un campo físico más general.
Es una hipótesis interesante, pero aquí debemos ser particularmente cuidadosos: se trata de un modelo teórico, no de una demostración experimental de que la memoria o la conciencia estén almacenadas fuera del cerebro.
Henry Stapp y la relación entre física cuántica y mente
También existen físicos que han explorado una relación no convencional entre mecánica cuántica y conciencia.
Henry Stapp, físico teórico asociado durante décadas con Berkeley, desarrolló modelos de interacción mente-cerebro inspirados en la mecánica cuántica. Junto con Jeffrey Schwartz y Mario Beauregard publicó en 2005 un trabajo sobre una posible descripción cuántica de la interacción entre mente y cerebro.
Su propuesta cuestiona la idea de que toda explicación de la experiencia consciente tenga que reducirse exclusivamente a partículas, campos y procesos neuronales clásicos.
Nuevamente, esto no equivale a haber demostrado una conciencia no local. Es una propuesta física acerca de cómo podría formularse la relación entre mente y materia.
Y ahora aparece un experimento particularmente interesante
Hay una novedad que no estaba disponible cuando muchas de estas discusiones fueron escritas.
En septiembre de 2026 se publicó en The Innovation un estudio de Álex Escolà-Gascón, Kenneth Drinkwater, Andrew Denovan, Neil Dagnall y Julián Benito-León titulado «Quantum evidence of nonlocal consciousness during clinical death».
Los investigadores realizaron un estudio multicéntrico en 13 hospitales del Reino Unido y España. Trabajaron con pacientes sometidos a reanimación después de un paro cardíaco y utilizaron estímulos auditivos asociados a un sistema de entrelazamiento cuántico sincronizado con un computador cuántico IBM de 127 cúbits.
El estudio terminó incluyendo 142 supervivientes que realizaron posteriormente pruebas de recuerdo. Los investigadores informaron que el grupo expuesto a los estímulos cuánticamente entrelazados mostró resultados que, según su análisis, eran incompatibles con el azar y que determinadas medidas de recuerdo se relacionaban con la estimulación entrelazada. También comunicaron una asociación entre determinadas experiencias cercanas a la muerte y variables neurofisiológicas medidas durante la reanimación.
Si estos resultados fueran reproducidos independientemente, tendrían una importancia considerable porque, a diferencia de los estudios puramente fenomenológicos sobre experiencias cercanas a la muerte, aquí se intentó realizar una prueba experimental de la hipótesis de percepción no local.
Pero hay que resistir la tentación de declarar resuelto el problema.
El artículo acaba de aparecer. Todavía necesitamos replicaciones independientes, análisis críticos de la metodología y resultados obtenidos por otros grupos. Un estudio positivo, incluso si es metodológicamente sólido, no convierte automáticamente una hipótesis controvertida en un hecho establecido.
¿Y qué ocurre con la objeción de la física cuántica?
Aquí aparece otra cuestión importante.
Una de las críticas clásicas a las teorías cuánticas de la conciencia es la decoherencia. Max Tegmark calculó que determinados estados cuánticos asociados con procesos neuronales perderían su coherencia en tiempos extremadamente breves, del orden de 10⁻¹³ a 10⁻²⁰ segundos, muy por debajo de las escalas temporales relevantes para la actividad neuronal.
Esto constituye una objeción seria a determinadas versiones de la conciencia cuántica.
Pero tampoco significa que «la física cuántica haya demostrado que la conciencia no puede ser cuántica». Penrose y Hameroff, entre otros, han propuesto mecanismos para responder a esa crítica, y el debate continúa.
La cuestión científica correcta no es «¿la conciencia es cuántica o no?». Es mucho más precisa:
¿Existen procesos cuánticos en el cerebro suficientemente robustos, funcionalmente relevantes y capaces de explicar algún aspecto de la experiencia consciente?
Y, todavía más radicalmente:
¿Existe evidencia de que la conciencia pueda obtener o transmitir información sin depender de los mecanismos neuronales ordinarios?
Entonces, ¿qué está realmente demostrado?
Hay que separar cuatro niveles.
Primero, está firmemente demostrado que existe una relación extraordinariamente estrecha entre cerebro y conciencia. Alterar el cerebro puede alterar percepción, memoria, personalidad, lenguaje, identidad y experiencia subjetiva.
Segundo, está demostrado que las experiencias cercanas a la muerte son fenómenos humanos reales, relativamente bien caracterizados y que merecen investigación científica. Los estudios de van Lommel, Greyson, Parnia y otros han contribuido considerablemente a ello.
Tercero, existen teorías científicas minoritarias que sostienen que el cerebro podría no ser un productor exclusivo de la conciencia. Entre ellas encontramos modelos de conciencia cuántica, modelos de interacción mente-cerebro y modelos de campo o interfaz.
Cuarto, la afirmación más fuerte —que existe una conciencia independiente del cerebro capaz de continuar funcionando y obteniendo información cuando el cerebro no puede hacerlo— todavía no constituye un consenso científico.
Precisamente por eso el asunto resulta tan interesante.
La ciencia no ha demostrado que la conciencia sea no local.
Pero tampoco ha conseguido explicar de manera definitiva qué es la conciencia, por qué existe una experiencia subjetiva y cómo surge el «yo» a partir de la materia.
La pregunta permanece abierta.
Y quizá esa sea la formulación intelectualmente más honesta: no estamos ante una doctrina científica establecida, pero tampoco ante una pregunta que la ciencia haya conseguido cerrar.
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