Categoría: Creencias

  • Preg. 5870 – Yahjudim? Dios?

    Buenas noches, mi nombre es Nancy Priscila Bruster Flores, tengo 21 años, soy estudiante y resido en San Nicolás, México.

    Me dirijo a ustedes con la inquietud del nombre que le atribuyen a El Creador, ya que tengo entendido que por supuesto son judios, siendo que la palabra judio proviene de Yahjudim, el cual se atribuye a los seguidores del Creador, el cual no es el dios que ustedes mencionan Mi pregunta aquí es, ¿saben cual es el verdadero y único nombre del Creador? si es así, tengo otra pregunta, ¿por qué le estan atribuyendo un nombre falso de un ser inexistente?

    Espero no sea ofensivo este correo y en verdad les pido que me puedan responder.

    ¡Bendiciones!

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  • Preg. 5869 – Yo no pongo mi ignorancia en un altar y la llamo D

    Shalom.
    Me he encontrado con armas que utilizan los ateos en contra de cualquier persona que cree en Dios y basicamente se resume en lo siguiente:

    Ante nuestra ignorancia ¿Acaso no es mas honesto y humilde admitir y decir «no sabemos» y continuar investigando? ¿Por qué rellenar nuestra ignorancia con más ignorancia? ¿Qué sentido tiene responder a algo que no resulta misterioso con un misterio mil veces más misterioso e incongruente? En este caso, el «misterio» es Dios.

    Y aun hay mas
    Ali Maldonado. 18 años, Estudiante, Nogales, Mexico

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  • Preg. 5867 – Jesús no es mesias por no traer la paz

    Me llama la atención porque independientemente que no se le acepte me pregunto ¿por que el mesias que ha de venir debiera tener esta cualidad?, cuando el pueblo judio no ha tenido paz en el pasado y menos ahora con sus vecinos. No se entiende porque es probables que ustedes se conviertan en gente de paz con la venida del mesias, pero que me dicen de los musulmanes, entiendo que a ellos no les importa en lo más mínimo. Resumiendo, si los judíos no actúan pacificamente como podría venir un mesias
    Gastón, Barría, 66, ing.ejec. adm emp, Chonchi, Chile

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  • Preg. 5865 – ¿por que Dios permitió el Holocausto?

    Buen día Moré, esta pregunta me la han hecho y no tengo respuesta, ¿por qué el Eterno permitió ésta atrocidad contra su pueblo?
    Ernesto Jean Pierre U. 32 médico Arequipa Perú

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  • Una de esas frases…

    Alguien publicó hace un rato esto en su FB:

    NO PODEMOS CAMBIAR EL PASADO… SOLO PODEMOS APRENDER DE NUESTROS ERRORES, EVALUAR NUESTRO PRESENTE Y ORAR PARA QUE NUESTRO FUTURO SE ACERQUE A LO SOÑADO.

    ¿Estás de acuerdo?
    ¿Cambiarías algo? ¿Qué?
    ¿Agregarías algo? ¿Qué?
    ¿Quitarías algo? ¿Qué?
    ¿Podrías decir una idea similar, o perfeccionada, en siete palabras exactamente?

    Sé analítico, reflexivo, intenso, sensible, amplio, profundo, drástico, espiritual (¡que no religioso!), por favor.

    Gracias.

  • Consuelo para el ateo, si existe alguno

    El otro día en Facebook preguntó un amigo (judío observante de los preceptos y estudioso de Torá) qué se le podría decir a un ateo para consolarlo, confortarlo, fortalecerlo ante la idea de la muerte.
    De manera veloz respondí: “Vive de tal manera que la existencia tenga sentido”. El sentido lo construye cada uno, no está impuesto por otros, no tiene porqué ser compartido, ni siquiera ser valioso para determinada cultura. Por supuesto que al ser nosotros seres sociales, nosotros mismos construidos –en parte- por otros y por nuestras interacciones, difícilmente habremos de idear un sentido por completo ajeno a otros.
    El inteligente amigo respondió que era muy bonita la idea que planteaba, pero que de ser él la persona atea, no hallaría en esas palabras consuelo.
    Entonces, de inmediato agregué: A ti quizás racionalmente no no te sirve, porque no eres ateo. No piensas, ni sientes, ni crees, ni tienes las perspectivas de uno. Para quien se identifica como ateo, o cree que lo es, este ideal de vida es mas que suficiente. Porque, no hay más que esta existencia, el aquí y ahora. Al morir, se pierde toda conciencia, ni hay una chispa que permanezca, el silencio y el olvido es el destino. Pero, hay una especie de trascendencia sobre la muerte, y son las obras que nos sobreviven. Si hemos formado familias con valores, con acciones de bondad y justicia; si hemos contribuido a la sociedad y quedan personas que nos recuerdan o alguna construcción que perpetúe nuestro pasaje por el mundo; si aunque sea modificamos para bien un pedacito del cosmos, ese es el paraíso para el ateo. Aquí, en este mundo. No se vive pensando en retribuciones metafísicas, sino solamente en lo que se beneficia al entorno y tal vez a la posteridad. Eso cuando uno es realmente ateo y ético. Pero, si uno aparenta ser ateo, pero en el fondo sigue apegado a deidades (la Verdadera, o todas las otras falsedades que el hombre se inventa y erige en el trono de un dios); o si uno lleva una existencia de pobreza de sentido; o si falta a la ética; entonces, por supuesto que la frase “vivir con sentido”, no tiene ningún sentido ni provee de ninguna consolación. ¿Cómo se consolará aquel que despilfarró su vida en vanidades? ¿O el que vive con temor a dioses, pero reniega de ellos? ¿O el que hace de su vida un combate contra la deidad, pero iza la bandera del ateísmo? ¿O aquel que defrauda al prójimo y/o a sí mismo con acciones innobles y perjudiciales? Podemos mentirnos, ocultar la amargura de nuestra conciencia, convencernos de que somos geniales y buenos, pero la vocecita de la neshamá (espíritu, Yo Esencial) no puede ser silenciada, aunque mucho alboroto la tape. Claro, para el ateo la neshamá es una ficción, tal como son los dioses; ¡pero qué importa lo que crea la gente! Ni Dios (el Verdadero), ni la neshamá piden permiso para existir al hombre, ni dejan de ser porque el hombre diga que no existen.
    Sí, hasta el ateo más irreverente, o el más pulido, sigue siendo una neshamá encarnada en sus otras dimensiones que lo forman como hombre en el mundo. Esa neshamá sigue alumbrando su existencia, a pesar de las pantallas, máscaras, cáscaras y racionalizaciones; y esa neshamá se “conforta” con las acciones nobles, que acercan al hombre al Creador. Porque, hasta los ateos más recalcitrantes tienen momentos, y probablemente abundantes, de sincera cercanía con el Uno. Si no te das cuenta cómo ni cuándo, tienes tarea para hacer. De hecho, hasta podría haber ateos mucho más apegados al Eterno que otros que se declaran “espirituales” (no sé bajo cual definición) y son un manojo de religiosidad, de ritualismo, de supersticiones en ropaje de santidad.
    Por lo que sé, a Maimónides y otros grandes no le agradaban los ateos, pero al mismo tiempo sé que en el Talmud Ierushalmi se cita en nombre de Dios:

    “Dice Dios: que me dejen a Mí pero que no abandonen el cumplimiento de los mandamientos, porque de cumplir con ellos sin creer en Mí, eventualmente terminarán también por creer en Mí… (lamed Torá shelo lishmá shemitoj shelo lishma at ba y etc.)”
    (T.I. Jaguigá perek 1 halajá 7)

    (Más en http://serjudio.com/exclusivo/respuestas-a-preguntas/resp-44-creer-en-dios-amor).

    No sé en qué siguió mi amigo con sus laberintos intelectuales, es un muchacho muy agradable y sagaz, rompe con muchos moldes sin salir del marco.
    Lo que sí sé es que este mensaje en realidad es válido para los creyentes en cualquier deidad (sea el Uno y Único, o cualquiera de las falacias), para los ateos sinceros y despojados de adoraciones (creo que no conozco a ni uno así, siempre el EGO está sentado en el sitial de la deidad, de una u otra manera), así como para los que se proclaman ateos pero son religiosos.

    Todos deberíamos llevar una existencia que tenga sentido, vivir a pleno el aquí y ahora, disfrutar de lo que tenemos permitido, actuar de tal manera que el paraíso lo hagamos en este mundo. De esta manera, gozaremos de esta vida y recogeremos los frutos en la posteridad.
    El mejor camino es el de la construcción de shalom constante, esto es, que todo nuestro quehacer (pensamiento, discurso, acción) este regido por la bondad Y la justicia, con fidelidad al Eterno.

    ¿Quiere decir esto que es mejor ser ateo?
    ¡Por supuesto que no!
    Pero, la manera que propongo para confortar a un ateo ante la desesperación, tiene valor para toda persona. Y si nos lleva a una vida mucho más creativa, rica, beneficiosa, solidaria, atenta, comunicativa, provechosa, bondadosa, justa… ¡qué bueno!

    Recomiendo: http://serjudio.com/personas/etica/imitatio-dei-actuar-como-dios

  • Preg. 5864 – satanismo?

    Buenas tardes Moré, es un gusto saludarle.

    El viernes comentaba con mi novia sobre el tema de que mucha gente hace visitas donde brujos para que les resuelvan problemas de amor, entonces yo le comentaba a ella que ya que el diablo es un ángel de menor rango y sin mayor poder como lo dicen las religiones, que el ir a esos lugares a lo mucho es idolatría, pero me viene la duda si se califica como otro tipo de falta, por ejemplo blasfemia.

    Ya que el satanismo no es más que una vulgar payasada, me inclino a pensar que a lo mucho es idolatría.

    ¿Qué opina usted?

    Siempre es un placer saludarle. de ante mano gracias por tu tiempo.
    atte. #

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  • Preg. 5861 – dios es el nombre pagano?

    Preg. 5861 – dios es el nombre pagano?

    Veo que en los comentarios utilizan mucho la palabra Dios; esta palabra acaso no viene del griego deus que significa zeus; un dios pagano? No se esta invocando al escribir o hablar a ese dios y no al ALTISIMO?
    Roque Briceno 55 años odontologo Pembroke Pines, FL, USA

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  • Preg. 5859 – En el judaísmo se cree reencarnacion

    Preg. 5859 – En el judaísmo se cree reencarnacion

    Quisiera saber cual es realmente la creencia en el judaísmo si es que se cree en la reencarnación, como he leído en algunos artículos de cabala. si es posible me puedan explicar por favor y si tiene sustento en el Tanak
    carmen valdivia 58, oficinista santiago chile

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  • Dios y sus ateos

    DIOS Y SUS ATEOS.

    UNA REFLEXIÓN SOBRE RELIGIÓN Y CIENCIA BASADA EN UN TEXTO DEL RABINO ABRAHAM ITZJAK KOOK

    Por Shaul ben Abraham

    Antropólogo de la Universidad del Cauca

    Estudiante de la Maestría de Filosofía de la Universidad del Valle

     

    Resumen: La fe y el ateísmo son posturas distintas respecto a Dios, y se asume que su origen esta, respectivamente, en la religión y la ciencia. Un fragmento del libro Orot (Luces) del Rabino Itzjak Kook afirma lo contrario, las dos formas de pensamiento tienen un mismo origen pero llegan a divergir por causa del lenguaje que debe parcelar la realidad para poder ordenar el confuso mundo en el que está.

    Palabras Clave: Dios, ateísmo, fe, ciencia, conocimiento.

    El profano ve, pero no conoce; piensa,

    pero no cree en la fuente de la vida.

    Libro de los himnos de Qumram

    I

    Tal vez desde Parménides y Heráclito hemos dado vueltas y más vueltas –profundizando en el mismo movimiento espiralado- en torno a las ideas del ser y el devenir presentándolas, viéndolas, pensándolas y creyéndolas antagónicas, y aun mas perdiéndonos en ellas cuando refinamos aquellos discursos con los que elaboramos nuestras cárceles mentales ¿Por qué vicio mental separamos lo eterno de lo temporal, lo ideal de lo formal, lo espiritual de lo material, el quien del que, lo metafísico de lo físico, lo divino de lo mundano, lo trascendente de lo inmanente, entre lo uno y lo otro, si todos estos valores se congregan indisolubles en el mismo rio evidente de la vida? Rio que ciertamente no se aprecia igual si lo observamos desde diversas orillas. Y más aun, ¿qué miedo remoto, íntimo, nos lleva a no admitir que aquello llamado “Dios” es el universo que estudiamos, y que al estudiarlo ampliamos sus dominios por que también somos paradójicamente “Él”, y que reconociéndolo sin dogmas por fin desaparece por que nos hemos aproximado a las fronteras de su negación donde toda descripción ya no es posible? Este miedo habita en el lenguaje, y en el mismo lenguaje se libera. El ser humano como decía Cioran, es un “animal verboso”, expresión que seguramente ignora ser el eco deformado de la interpretación que Onkelos, el traductor de la Toráh al arameo, hace de las lacónicas palabras “ser viviente” que vierte como vahavat beadam leruaj memalelá’1. Sin duda el lenguaje divide para reinar y para organizar, pero sobre todo para darle a lo real otro nivel, el nivel del hablante, del hombre que al decir se constituye en medida de todo.

    A pesar de lo anterior este texto inicia con una convicción. Una convicción que se irá diluyendo mientras se devela su filosofía interna, fundada en la actitud que considero más apropiada ante un tema básico y profundo del espíritu humano que, con el paso de las generaciones, logra actualizarse bajo el ropaje propio de cada época sin que por ello pierda lo fundamental de su dilema. Dicha actitud se puede hacer mas explicita en una pregunta mucho más fuerte e intima que las expuestas en el primer párrafo; pregunta que, aquí, permanecerá en silencio, para permanecer amenazante como una nube espesa que no ha gestado un trueno ni ha propiciado un rayo y sin embargo anuncia una borrasca. La pregunta se mantendrá detenida, flotando sobre la cabeza de los lectores para que se intuya, y en su intuición devele el sendero áureo que ha recorrido para llegar a morar en este texto.

    Iniciaré, para ir dando respuesta a la pregunta oculta, con una cita de un autor poco conocido por la llamada ‘filosofía occidental’; cita que sin duda toca las más profundas fibras del saber y en cuya voz escrita rondan siglos de un tradición que se alimentó con dos milenios de exclusión y de silencio y que ahora, luego del siglo de las emancipaciones y del siglo de la explosión comunicativa y mediática, resurge con más fuerza, al punto de permitirnos escuchar el esplendor – de lo que se creía era el ronronear de un felino viejo y cansado- del rugido de un león rejuvenecido que cortésmente nos invita a ser digeridos en las fauces de su saber. Con esta escritura canta una de las voces de éste león, una voz que se llamó Abraham Itzjak Hacohen Kook2, que en Orot (Luces) escribió lo siguiente (Citado en Matt 1995: 41-44):

    Todos los embrollos conceptuales entre los seres humanos y todos los conflictos internos mentales que vive cada individuo proceden únicamente de nuestra confusa idea de lo divino. Todos los pensamientos, ya sean prácticos o teóricos, fluyen a partir del interminable océano divino y vuelven a él.

    Clarifiquemos constantemente la mente a fin de liberarla de los estorbos de la fantasía engañosa, de los temores infundados, de los malos hábitos y las carencias. Cuando el alma se adhiere con amor y total conciencia a la fuente de la vida, brilla con una luz suprema y se purifica todas las sensaciones, los pensamientos y las acciones. A medida que se va clarificando esta conciencia fundamental en lo más hondo del alma, se aviva la sensación y la emoción de cohesión con lo divino, que rige todo el curso de nuestra vida.

    ¿Se trata, acaso, de una mero texto teológico? ¿Y qué si lo fuera? Pero no lo es, pues denuncia los malos hábitos que adquiere la mente, y la teología es uno de ellos. No hay un logos posible para aquello que se designa como theos, más aun cuando theos es otra palabra distante, otro de los embrollos conceptuales, otro de los conflictos mentales para referirse a lo que el Rabino Kook nos quiere señalar:

    Constituye la esencia de la fe la conciencia de la inmensidad del infinito. Sea cual fuere la idea de ello que entra en la mente, se trata de una partícula absolutamente insignificante en comparación con lo que debería concebirse, y lo que debería concebirse es igual de insignificante si se compara con lo que es en realidad. Podemos hablar de bondad, de amor, de justicia, de poder, de belleza, de la vida en todo su esplendor, de lo divino, y todo ello expresa el ansia natural y primigenia del alma respecto a lo que está más allá de todo. Todos los nombres divinos, ya sean en hebreo o en cualquier otra lengua, trasmiten tan sólo un insignificante y débil destello de luz oculta que ansía el alma al pronunciar la palabra “Dios”.

    Así pues, razonamos, pensamos, deliberamos, o hacemos cualquiera de las actividades del intelecto, desde una parte de la parte de la parte de la parte, perdidos entre los deberes y las realidades que, gracias al recuerdo de nuestra impermanencia, parcelamos en temas como si fuera posible dividir el pensamiento. Pero lo hacemos, y por ello hablamos y discutimos los asuntos mencionados por Kook, redactando libros que tratan uno a uno, al estilo de Platón, una procesión de asuntos, debates y temas humanos y divinos, olvidándonos que en nosotros lo único que existe es el innominado deseo de entenderlo todo. Enseguida Abraham Itzjak Kook denuncia la idolatría intelectual, es decir a la definición:

    Todas las definiciones de Dios llevan a la herejía; la definición es la idolatría espiritual. El simple hecho de atribuirle mente y voluntad a Dios, de atribuirle la propia divinidad, y el nombre “Dios”, todo ello son también definiciones. De no ser por la sutil conciencia de que todo eso no son más que centelleantes destellos de lo que supera la definición, también esto engendraría la herejía.

    Y la persistente fuerza de la luz, que nos acerca a la verdad y otras veces nos enceguece, a costa de sí misma debe ser nominada, sabiendo –y haciéndonos saber- que en tal acto adánico su propia realidad nunca será conocida; por eso el mismo Job lo decía (26: 14, traducción mía): “Estas cosas son los extremos de su camino; ¡Y qué ínfima es la palabra que hemos oído de Él! Pero el trueno de su poder, ¿quién lo puede comprender?” Poco es lo que nos toca a los humanos, pero esta sola realidad muchas veces nos supera y nos avasalla. ¿A qué se debe esto? Rab Kook lo explica:

    Cuando se arranca la conciencia de su origen, se la empobrece, se le quita valor. Sólo brillará con toda su intensidad si se acerca a la iluminación de la fe, que supera todos los valores específicos, estableciendo de esta forma todos los valores. Todo lo que se atribuya a Dios que no sea la inmensidad del infinito no es más que una explicación mediante la cual poder alcanzar la fuente de la fe. Debemos distinguir entre la esencia de la fe y sus ayudas aclaratorias, así como entre los distintos niveles de la aclaración.

    Hemos sido arrancados del origen, somos copias de copias y como tal el valor primigenio se ha perdido, ¿pero puede ello engendrar el pesimismo? No. Precisamente es en el extremo opuesto a lo que en realidad podemos ser donde la fe es posible. Pero la fe a la que hace alusión el Rab Kook no es la fe escolástica, ni virtud teologal o un conjunto de dogmas y ritos. La fe empieza por tener una idea de lo inconmensurable, de lo abismal del tiempo y del espacio y no con las limitadas fronteras de lo familiar y de lo terriblemente concreto. La fe es lo más parecido en este mundo, esto es en esta condición mental, al brillo intelectual que ya no poseemos pero que podemos volver a recuperar.

    ¿Para qué convoco a esta voz? Para acercarme al final desde el principio, para que sepamos qué términos viejos y supuestamente conocidos –fe, alma, dios- han sido realmente unos grandes desconocidos. Así sigue hablando quien fuera Rishon LeTzion3:

    Cuando se aprende y se sabe excesivamente poco, la mente queda desamparada, lo que le lleva a una excesiva reflexión sobre la esencia de Dios. Cuanto más profundamente se hunde la persona en la estupidez de su insolencia mental, más se imagina que se halla cerca del sublime conocimiento de Dios, el que anhelan los destacados espíritus del mundo. En el caos de que dicho habito se perpetué a lo largo de generaciones, se van urdiendo un sinfín de falsas ideas que acarrean trágicas consecuencia, hasta que finalmente la persona, dando traspié en la oscuridad, pierde la vitalidad materia y espiritual. El principal obstáculo para el espíritu humano radica en fijar el concepto de Dios de una forma concreta, a causa de los hábitos pueriles y la imaginación. Se trata de un destello del defecto de la idolatría del que hay que guardarse […]

    Evitamos estudiar la autentica naturaleza de lo divino y, como consecuencia, la idea de Dios ha perdido intensidad. Concebimos el núcleo divino limitándolo a un poder severo del que no podemos escapar, al que debemos estar subyugados. Quien se somete al servicio de Dios en base a lo expuesto anteriormente, pierde poco a poco el resplandor al constreñir su conciencia. Se le arrebata el esplendor del alma.

    Sin duda alguna, y como ya lo enuncie, no se trata de teología, si lo fuera ya nos habríamos perdido en su aridez. Es anti-teología, es una denuncia al ídolo que ha detenido el fluir de la mente y que durante siglos obligó a que las conciencias fueran sometidas a su fantasiosa existencia. Es una invitación a recuperar la luz que fuimos, un acercamiento a la conciencia lumínica que se ha opacado con la distancia que hemos tomado en relación al Origen. Continúa diciendo:

    Todo espíritu sensible se siente inclinado a desechar tal concepto de Dios […] La burda complacencia de imaginar la divinidad encarnada solo en palabras y letras deshonra a la humanidad. Surge la herejía como clamor de sufrimiento para liberarnos del desconocido y angosto poso, para alzarnos de las tinieblas de las letras y los tópicos hacia la luz del pensamiento y el sentimiento. Este tipo de herejía se entroniza finalmente en el centro de la moralidad. Tienen una legitimidad temporal, puesto que ha de absorber el inmundo verdín que se pega a la fe necia. Le herejía tiene como autentico objetivo el de eliminar las formas especificas del pensamiento de la esencia de toda la vida, la raíz de todos y cada uno de los pensamientos. Cuando se mantienen durante generaciones la citada condición, surge de forma inevitable la herejía como expresión cultural, eliminando el recuerdo de Dios y de todas las instituciones religiosas. Pero ¿qué tipo de eliminación pretende la divina providencia? Arrancar la escoria que nos aparte de la autentica luz divina. El sublime conocimiento de Dios erigirá su templo sobre las desoladas ruinas causadas por la herejía. La absoluta herejía surge para purificar a la atmosfera de la perversa e insolente inmundicia de reflexionar sobre la esencia de la divinidad: un acto de mal sana curiosidad que lleva a la idolatría. La herejía en si no es mejor que aquello que ataca, a pasar de ser totalmente contraria a ello , y a raíz del conflicto nutre los dos punto antagónicos, la humanidad recibe una inmensa ayuda para abordar una iluminada conciencia de Dios, que lleva a la bienaventuranza temporal y eterna […]

    Aquí identifica a la herejía, que ya había mencionado, y que resulta ser ni más ni menos que el ateísmo, esa vieja tendencia del pensamiento que los incautos y malos historiadores asumen como una novedad fruto de las luces de la razón y no se percatan que tiene la edad su antagonista, el teísmo. Pero en todos los tiempos, sobre todo en el nuestro, esa herejía es un No absoluto ante el evidente Sí que debemos darle al extraño hecho de existir. El Rabino Kook destaca su papel purificante que tiene frente a la conciencia humana nublada por los siglos de un supuesto conocimiento, de una nesciencia que se ha entronizado como ama y señora en los amplios territorios de la conciencia y el pensamiento.

    El ateísmo surge como resultado del clamor ante el imperio de la ignorancia que obnubiló con su falso brillo las amplias memorias que nos unían a un pasado que estaba impregnado de un futuro que tuvo que ser negado para que el olvido de los altos valores del espíritu no se esforzara en recorrer los caminos del conocimiento. Lo contario al ateísmo no es la fe simple, sin adendas y apellidos, sino la ‘fe necia’, esa encarnación de la ignorancia que se entroniza como moralidad y dicta todo saber al formalizarse en ritos y prácticas que se apoderan de los cuerpos y nos dominan con sus hábitos. Pero, al combatirla, el ateísmo no tarda en transformarse a la semejanza de su rival: de ahí que de los dos se predique, se apologice, se adoctrine y en fin se agoten esfuerzos argumentativos con el fin de conseguir prosélitos a sus causas.

    De acuerdo al Rab Kook la herejía, que desde una visión parcelada de la historia –la de la aceptación cultural de Dios- surge como una fuerza contraria y dañina, es realmente un fuerza purificadora que clarifica toda visión enturbiada con los siglos y con los malos hábitos que se han arraigado en el pensamiento. De ahí su legitimidad temporal. Pero no por que aclare es necesariamente mejor, es la natural reacción ante algo que por si mismo es defectuoso, en ese sentido es el efecto contestatario propio de las mentes que reconocen su opresión y no pueden liberarse de ella, es el reflejo horrible de la cara deforme que se mira en el espejo de la realidad y se da cuenta que el rostro que su ponía vital no es más que el rostro de un ídolo, quieto, estático, llevado en procesión por el mundo. ¿Qué ha provocado semejante fealdad? ¿Qué ha creado ese antagonismo neurótico? Rab Kook lo señala:

    La corporeidad ha empañado la creencia pura en la unicidad de Dios. De vez en cuando surge tal confusión. Cada vez que un aspecto corporal entra en declive parece que la propia fe esté en declive, pero posteriormente se consta que, en realidad se ha clarificado la fe. En cuanto al espíritu humano rosa la total claridad de la fe, se desprende la sutil corteza de la corporeidad, que atribuye existencia a Dios. En efecto, la existencia, se defina como se defina, está inconmensurablemente alejada de Dios. El perfil de tal negación se asemeja a la herejía, y sin embargo, una vez se ha clarificado, constituye el más alto nivel de fe. Entonces el espíritu humano toma conciencia de que lo divino emana existencia y en sí está más allá de la existencia. Lo que parecía herejía, ya purificado, vuelve a ser la fe más pura. Ahora bien, esta negación de existencia en Dios –el retorno al origen de todo lo que es a la energía esencial de toda existencia- exige una intensa percepción. Todos los días hay que remontarse a su autentica pureza.

    El infinito trasciende todos y cada uno de los contenido específicos de la fe.

    ¿El ateísmo colaborándole a la fe? Sí, ya que despoja a Dios de la existencia. Dios no existe según el Rabino Kook, y con eso no dice nada nuevo ya que sigue la voz de los profetas que desde antaño proclamaban la radical diferencia entre el Creador y sus criaturas. De Dios no se puede decir nada, no hay logos que lo abarque, no hay pensamiento que lo contenga. ¿Entonces existe o no? Por lo menos no existe el Dios-Idolo que las tradiciones han engendrado desde su olvido del origen. El que existe es el hombre, aquel que se encerró en los confines de la materia y la forma, del nacer y el morir, por el placer de ver todo de acuerdo a su medida. Pero esto es extraño ¿un judío -y rabino- ateo? ¿Oxímoron o tautología? No es nada nuevo, desde tiempos helénicos los judíos fueron considerados los ateos del mundo ya que proclamaban un dios sin imagen, lejano al cuerpo y las nociones más próximas. Para el Rab Kook esta negación que es posible porque no hay de el percepción posible –argumento favorito del ateísmo actual- es precisamente el principio que permite llegar al nivel más elemental de la fe, el nivel que no tiene imágenes de Dios, el nivel que se ha librado de la tan temida idolatría, fuente de maldiciones bíblicas. El dios que no tenga que se le asocie, ese es Dios. Su presencia se infiere por la negación de su afirmación. Aparece precisamente por qué no está ahí.

    ¿Pero si no existe, para que se continúa mencionando a Dios? ¿Para qué se lo incluye, aun, en el mundo lingüístico? La razón es simple: en el reino de la palabra no hay nada que ocupe su lugar, hasta para maldecirlo lo necesitan los descreídos. De todos los mortales que habitan este mundo los que tienen la más grande sombra de Dios son los ateos; es más, no es sombra, es el reflejo de su contrariedad, es su segunda parte esencial que en caso de no existir haría innecesario el prefijo latino a- que inicia la expresión que los define y los agrupa. Los ateos son los que se encargan de que el resto del mundo –creyentes y apáticos- no se olviden al menos de la palabra Dios: ellos, los que quieren no saber qué es eso, aquello o quien o que, son los que más lo recuerdan en cada momento cuando un reproche es necesario ante un inconveniente, injusticia, maldad, catástrofe o cualquier contrariedad que surja por ahí y se haga evidente.

    Los ateos son la contraparte necesaria de la gran idolatría que se esconde detrás de la idea de Dios tal y como lo ha concebido la teología escolástica y lo ha corporeizado la cultura occidental. En términos del Rabino Kook tanto teístas como ateos son idolatras, unos por que se aferran a una imagen verbal que creen que posee todos los significados y otros porque en su destrucción y su recuerdo creen contribuir al avance del mundo y se presentan como pioneros de algo que ya ha estado inventado; es más si lo destruyen se destruyen, pues sin Dios no hay ateos.

    II

    ¿Y que con todo esto? ¿Para que esta larga cita pausada con mis glosas? En realidad este pasaje de Orot constituye una conclusión con la que podría haber terminado el presente escrito, pero decidí empezar con él, ya que son, precisamente, esas palabras las que me llevaron, desde que las leí hace muchos años, a establecer que fe y ateísmo, revelación y razón – y si se quiere-, religión y ciencia tienen origen en una misma raíz, son los dos brazo de un mismo cuerpo, y desde que se han separado no han dejado de diferenciarse una de la otra, lo cual es sano para la salud de dicho cuerpo.

    Desde la niñez he sido lector de libros religiosos y científicos, y siendo un ávido lector de esta literatura nunca me ha sido claro porque el debate se agudiza tanto con ciertos tópicos; es cierto que religión y ciencia no se parecen mucho, ¿y por que deberían serlo? Pero eso no implica que deban ser antagónicas, como muchos asumen. Lo interesante es precisamente que se diferencien. Nunca he considerado a la religión y la ciencia -para mi visones del mundo- como antagónicas; pero esas intuiciones personales no bastan, es necesario hacer evidente el camino que he recorrido para llegar a ella si quiero difundirla más allá de mi nariz. Religión y ciencia siempre me han parecido dos formas de conocimiento aplicados a motivos muy particulares que pueden, bajo ciertos temas y momentos, tener fronteras en común, es más cabe preguntarse ¿no se hace una polémica, precisamente, con lo que más se nos aproxima? Todo materialismo e idealismo están parados uno junto al otro, son muy próximos entre sí, son vecinos que a veces se odian y se necesitan, y pocas veces no se percatan que la disputa es por la posición de las palabras en el papel, por meras palabras a las que se les da un contenido sobre el cual se instala la particularidad de su discurso, ¿no es la materia una idea? ¿No es la idea una consecuencia de la materia? ¿Pero más allá de las palabras que queda? El limpio sabor de la vida sin mediaciones. Desde luego las palabras son necesarias. Pero no por necesarias son siempre acertadas. Entre la materia y el espíritu una tenue cortina de niebla se levanta, niebla que quiere parecer un muro. Un muro que cada vez lo percibo más débil.

    Lo que se ha denominado como conflicto entre religión y ciencia se traduce en términos filosóficos como la disputa –para mí en la necesidad de coordinación que debe haber en el pensamiento- entre lo espiritual y lo material o entre lo trascendente y lo inmanente; términos que, en su acción, suelen quedar plasmados como hechos culturales que las sociedades, a través de individuos específicos cuya obra se basa en lo racional y lo sagrado, trasmiten de generación en generación como parte de su visión de mundo. Así pues el gran elemento común que subyace a la ciencia, la filosofía y la religión es su aspecto cultural. Esto es, estas tres ‘maneras de pensar’ son en realidad manifestaciones especificas y concretas del hecho cultural humano. Ya el matemático J. Bronowski (1973:14), redactando bajo el influjo de la etnografía, escribía lo siguiente que va a tono con lo expuesto:

    La cuestión es que el conocimiento en general y la ciencia en particular no consisten de ideas abstractas sino de ideas concebidas por el hombre desde su aparición hasta lo moderno y lo idiosincrásico. Por lo tanto, los conceptos fundamentales que abren la puerta al conocimiento de la naturaleza deben ser dados a conocer a partir de las culturas humanas más simples, de acuerdo con sus facultades básicas y especificas. Y el desarrollo de la ciencia, que los une más y más en conjunciones complejas, debe ser visto como un desarrollo igualmente humano: los descubrimientos son hechos por los hombres, no solamente por las mentes, de modo que ellos viven y son portadores de la individualidad.

    Lo que aquí denomino “conflicto” puede parecer ente el mundo académico como algo que ha sido superado; pero esto no es así: el mundo actual se debate precisamente en la encrucijada de los viejos y nuevos valores; los primeros provenientes de la religión y de tradiciones que se juzgan caducas; los segundos de la ciencia que se presume en todos los casos sinónimo de innovación y de desarrollo. Lo que en términos evolutivos se traduce como un abandono de lo que nos permitió ser por lo que nos permitirá seguir siendo. Entender esto es crucial. La nueva mentalidad del mundo necesita, de manera acuciante, que cada vez más profesionales aborden temas que no por grandes o generales son menos específicos y particulares. La religión y la ciencia, desde mi perspectiva, una vez surgidas en el mundo humano no desaparecerán, tenderán tarde o temprano a ser reconocidas como dos miradas a lo mismo desde diferentes orillas, la orilla del dato y la del símbolo.

    Que el conflicto es algo actual –y agregaría que es un tema que cada tiempo retorna- lo prueba el fenómeno editorial (que debería ser estudiado por la sociología de la religión y de la ciencia) que se ha venido dando durante la década que dio inicio a este siglo en lo que respecta a la publicación de algunos libros que dicen estar a favor y en contra de Dios. Las casas editoriales han puesto a la orden del día un tema que, como señalaré, aparenta ser viejo: el de la disputa entre religión y ciencia. Entre los libros que propugnan por el ateísmo podemos encontrar a El final de la Fe: religión, terror y el futuro de la razón de Harris S. Northon; Rompiendo el hechizo: la religión como fenómeno natural de Daniel Dannett (2006) El espejismo de Dios, de Richard Dawkins (2007); Dios no es bueno, de Cristopher Hitchens (2008) y Dios está en el cerebro, de Matthew Alper (2008). Títulos que de paso me corroboran algo que tenía al nivel de mera creencia especulativa: que si hay quienes desean a Dios son los ateos. Por el lado de los creyentes los títulos no faltan: The Question of God, de A Nicholi (2002); ¿Cómo habla Dios? La evidencia científica de la fe, de Francis S. Collins (2007). Esta explosión editorial demuestra que el tema no está muerto, que continua y hace parte de la ‘cultura popular’. Si para algunos intelectuales el tema se considera superado, para muchas personas de ‘a pie’ no.

    Para captar mejor el fenómeno hay que recordar algunos aspectos históricos subyacentes que señalaré a continuación. El conflicto entre religión y ciencia aparenta ser antiguo, o por lo menos se manifiesta como profundo en el alma humana y ha tomado muchas formas según las épocas: unas veces es revelación y método, otras razón y fe, y otras creencia y lógica. Sin embargo al atender la historia es fácil percatarse que por muchos siglos lo que ha sucedido es en realidad una continua bifurcación de una a partir de la otra, como por ejemplo, de la astrología en astronomía, de numerología en matemática, de homeopatía en medicina, de sacerdotes en psicólogos, de creacionismo a evolucionismo, de alquímicos a químicos, sin que dicha bifurcación implique una desaparición de las formas precedentes a favor de las novedades; asunto que también puede comprenderse por la vía opuesta resaltando los casos en que la ciencia se ha derivado en formas de creencias o de teorías erradas, sobre todo aquellas que se expresan como cientificismo. En la actualidad el panorama no es distinto, y puede decirse que estamos viviendo, como acertadamente lo declaraba el teólogo Pablo Campanna, (1981:257) "…en la era de la computadora que hace horóscopos y del astronauta con amuletos". A lo que agregaría: la era en que la quiromancia se hace por Internet. El ya citado J. Bronowski (1973: 20) nos advierte del error que nos provoca desdeñar el pasado y olvidar la historia del conocimiento:

    No obstante, el admirar únicamente nuestros propios triunfos como si careciera de pasado (y estuvieran ciertos del futuro), sería hacer una caricatura del conocimiento. Para la consecución humana y particularmente para la ciencia, el conocimiento no constituye un museo de construcciones terminadas. Es una progresión en la cual los primeros experimentos de los alquimistas son también parte constitutiva, así como lo es la aritmética avanzada que los astrónomos mayas de la América Central crearon por sí mismos e independientemente del Viejo Mundo.

    ¿En qué momento se inaugura el tema como conflicto? Para resolver la pregunta hay que remontarse al siglo XIX, época en que se comienza a plantear en términos formales el conflicto entre ciencia y religión, especialmente a través del avance de las ideologías de tipo materialista que propugnaban por un cientificismo poco riguroso y que se caracterizaban sobre todo por estar conformadas por ideologías fuertemente anti-religiosas; en este periodo se destacan principalmente el positivismo y el marxismo, si bien sus fuentes habría que rastréalas dos siglos atrás. Muchos de los pioneros de la ciencia moderna fueron personas religiosas, o por lo menos creyentes de Dios a su manera, esto es deístas o teistas. Hasta el siglo XVII gran parte de la finalidad de la ciencia era la de estudiar la naturaleza como un resultado del acto creativo de Dios.

    Hay dos obras, publicadas en los Estados Unidos, en la segunda mitad del siglo XIX, que fueron las encargadas de popularizar la idea del conflicto entre la ciencia y la religión, especialmente en lo que se refiere al caso de Galileo. El primer libro, escrito por John Willian Draper, publicado en 1864 (reeditado en 1875), llamado History of the Conflict between Religion and Science, sostenía en líneas generales que la fuerza expansiva del ilimitado espíritu humano expresado en el racionalismo científico era subyugado por una fuerza represiva de los intereses institucionalizados representados en la Iglesia Católica. El segundo libro, escrito por Andrew Dickson White en 1896, titulado History of the Warfare of Science with Theology in Christendom, sostenía una idea muy popular en la actualidad: que la religión y la ciencia son mentalidades categóricamente opuestas (Henry 2007: 45).

    Estos dos libros han sido muy influyentes y se siguen publicando en la actualidad, lo que sin duda a favoreciendo a la persistencia de la idea del conflicto entre ciencia y religión, especialmente en lo referente a las dos causas más celebres de la modernidad que ejemplifican el conflicto: el caso Galileo y la reacción contra el Origen de las Especies de Darwin, que al decir de John Henry: “… son los principales episodios históricos que se han usado para fraguar la visión moderna dominante de que la ciencia y la religión representan formas opuestas e irreconciliables de mirar el mundo” (Henry 2007: 45); enseguida este mismo autor agrega: “Pero en los dos casos el argumento de que la ciencia y la religión tienen que ser irreconciliables entre sí sólo puede sostenerse gracias a una mala historia”. En efecto, varios son los estudiosos (ver Brooke 1991; Russell 2002; Wilson 2002, pasim) que están de acuerdo en que es falsa la idea del conflicto y no se basa en pruebas históricas4, y por el contrario la relación ha sido variada, compleja en diversas épocas y en general ha sido positiva, especialmente antes del periodo de secularización de la modernidad en el que las creencias religiosas motivaban con mucha frecuencia al que hacer científico.

    Como señala Jonh Henry (2007:44) la visión de oposición entre ciencia y religión es producto del proceso de secularización de occidente en el que el tema de Dios se aprecia como un problema de elección individual, se ha presentado una separación cada vez más radical entre la Iglesia y Estado, resultado político de la actitud cultural de las naciones y los pueblos que dieron inicio a una liberación del cristianismo, que se tradujo socialmente en la transformación de los principios morales basados más en las exigencias de la sociedad civil que de las creencias y los dogmas religiosos. Junto a la secularización es pertinente mencionar las otras alternativas seculares que se han desarrollado en occidente a partir de la ciencia moderna, a saber el agnosticismo, el cientificismo y el movimiento del potencial humano. Sin duda síntomas de una misma época. El genetista François Jacob, en una reflexión sobre la biología que considero válida para toda la ciencia en general (1986: VII), especialmente para el período al que aludo, comenta:

    Una época o una cultura se caracteriza menos por la extensión de los conocimientos que adquiere que por las preguntas que se plantea […] Contrariamente a lo que a menudo se cree, lo importante en la ciencia no es tanto el producto como el espíritu. Tan importante como el resultado, por muy nuevo que sea, es la apertura, la primicia de la crítica, el sometimiento a lo imprevisto, por muy contrapuesto que parezca. Hace mucho tiempo que los científicos han renunciado a la idea de una verdad última e intangible, imagen precisa de una realidad que estaría esperando que se la descubra a la vuelta de la esquina. Ahora ya saben que tienen que conformarse con lo parcial y lo provisional. Esta gestión precede muchas veces al hallazgo de la pendiente natural para la mente humana, que requiere unidad y coherencia en su representación del mundo bajo sus más variados aspectos. De hecho, este conflicto entre lo universal y lo local, entre lo eterno y lo provisional, vuelve a aparecer periódicamente en determinadas polémicas.

    ¿Debemos considerar a la ciencia y la religión, como dos mentalidades inseparables u hostiles? Y más aun, ¿puede la filosofía servir de puente entre ambas? Lo que manera más precisa se debe entender como, ¿cuál sería el papel del filósofo en este asunto? ¿Cómo podría construir ese puente? Guiado por Maimónides, diría que el filosofo debe partir de la idea de que la ciencia suscita dilemas filosóficos que la superan, es decir provoca temas que ella misma no está en capacidad de reflexionar, especialmente aquellos que tienen que ver con la ética y el sentido. En cuanto a la religión los filósofos tienen en las tradiciones religiosas un reservorio de respuestas que han sido elaboradas en todas las épocas y en muchas tradiciones y pueden ser sugestivas filosóficamente, lo que debe ser estudiado con cautela ya que así como pueden proveer alternativas cognitivas también pueden arrastras muchos prejuicios.

    En este orden de ideas considero que la filosofía es la única forma del pensamiento que ha vinculado y ha mantenido con vitalidad los elementos discusivos de las partes aquí implicadas. Considero que los puntos en común entre religión y ciencia son de índole filosóficos, y como tal es desde ahí que se puede abrir puentes más amplios para hacer de este conflicto una enorme solución; una solución que vaya más allá del terreno en el que en últimas se ha querido resolver la cuestión, el terreno político, y se acerca cada vez más a la discusión ética.

    Este último punto es importante sobre todo porque tanto en nombre de la ciencia como de la religión se han perpetuado atrocidades: se matan sectarios, se agreden intelectuales, se propagan enfermedades y se perpetuán fanatismos, se crean armas y se usan contra aquellos que no profesan mi credo. A pesar de todo ello tanto unos y otros responden que nada de eso los representa, que se trata de meras consecuencias o practicas desviadas de sus fines originales, ¿pero acaso no están la religión y la ciencia en sus consecuencias? Y si dicen que no pueden responder por todas las cosas que se deriven y resulten de sus afirmaciones, ¿cómo pueden decir que son formas de conocimiento? Claro un conocimiento que deriva de la revelación y la razón, pero al fin y al cabo conocimiento. Como ya lo he sugerido, para responder es necesario dar una apreciación filosófica al dilema con el fin de sobrepasar las dos visiones en pugna. Pero entonces surgen otras preguntas: ¿qué puede hacer la filosofía frente a este panorama? La filosofía puede hacer que las dos partes miren hacia un punto común: una nueva ética; una ética que necesite de las dos partes para no olvidar ni quienes fuimos ni dejar de ir hacia donde quiera que vayamos.

    Pero este panorama es muy general y contiene demasiadas aristas como para tratarlas uno a uno, por lo tanto se ha de particularizar la pregunta llevándola a un nivel en el que los dos discurso tengan algo en común, un terreno en el que a pesar de las diferencias se haya llegado a establecer vínculos fuertes que permitan desarrollar debates verdaderamente significativos. A manera de ejemplo considero que un tema crucial que debe ser tratado es la relación existente entre lo que la religión llama “leyes divinas” y lo que la ciencia ha llamado “leyes naturales”; ¿Qué vínculo hay entre unas y otras? ¿Por qué buscar leyes donde se supone que se ha de prescindir de un legislador? Con esta relación viene implícito, a su vez, otro nivel que no se puede desligar del primero y es el sentido de Unidad en la divinidad y la necesidad de dar cuenta de una teoría unificadora, un suerte de teoría del todo, que lleva a todas estas leyes a un punto común que pueda dar cuenta de la eterna pregunta –filosófica por demás- de: ¿Qué es la realidad? Pregunta que envuelve otra pregunta más sugestiva ¿Qué hay de monoteísta en la búsqueda de una ley que unifique todo?

    Pero más allá de la unidad, la totalidad y las leyes hay un tema que subyace a ellos, tema que une religión y ciencia y que, paradójicamente desde hace al menos un siglo, también las separa: es la preocupación por el origen. Este origen consiste de tres momentos distintos del desarrollo de la realidad, que al no ser comprendidos totalmente por la ciencia, se han vuelto ‘frentes de batalla’ que los espíritus religiosos aprovechan en su debate con la ciencia: el origen del universo5 (con el implícito tema del origen de la materia), el origen de la vida y el origen de la conciencia-alma. Este gran tema ha engendrado preguntas que distancia los tipos de soluciones que cada una establece y que sin duda las hace radicalmente diferentes. Preguntas como: ¿Quién o que originó el universo? ¿El Big Bang señala a Dios como la causa del universo? ¿Provee la ciencia de evidencias del “diseño inteligente”? ¿Existe el alma o la conciencia? Y si existe ¿es una entidad separada y distinta del cuerpo?, ¿o es una función del cerebro? Con respecto al primer tópico la primera pregunta señala una etapa antes de todo y la última parte del principio para dar cuenta de ese todo. Por su propia condición epistémica, la ciencia sólo puede ocuparse de un nivel de la existencia, es decir de la existencia física, que en líneas generales está sometida al tiempo y el espacio y ene se sentido le es imposible negar o afirmar procesos sobrenaturales. Toda nuestra ciencia se acerca al principio, lo toca con la sutileza de la incertidumbre de no saber que hay más allá de él y no puede llegar al comienzo propiamente dicho pues éste se encuentra más allá de la existencia material y por lo tanto siempre se nos escapa de las manos, de los ojos, del instrumento. Se nos escapa de la mente que lucha por alcanzar el sutil recuerdo de donde vinimos.

    Todas nuestras formas de dar explicación al universo se centran en nuestras perpetuas dudas e incertidumbres. La filosofía, la religión, la ciencia y la literatura de todas las épocas son el espejo de la imagen cambiante de nuestra mentalidad, es decir, de nuestro lenguaje, que se acopla constantemente al mundo y lo delimita. El trasfondo que vitaliza la discusión aquí expuesta es el problema del tiempo y sus miles de vínculos culturales a los que esta concepción conlleva. Todo intento de explicación se apropia de la época. Por lo tanto no puede afirmarse que algo sea falso y otro verdadero, simplemente son otras formas – dentro de muchas posibilidades – del pensamiento humano. A mi criterio, tanto ciencia como religión tienen que ir por sus propios caminos, pero con una mutua y permanente crítica cada vez más intrépida y con una conciencia que advierta que todo esfuerzo por valioso que sea es insuficiente y siempre se requiere más para explorar y para contener el universo con el lenguaje.

    Por principio la investigación científica debe ser atea en el sentido de que prescinde de Dios como factor explicativo, no en que esté en contra de Dios. No puede estarlo, tanto peor si quienes la practican dicen no creer, ya que solo los locos discuten con lo que no existe. Por tal razón, carece de sentido afirmar que las teorías científicas han demostrado que Dios no existe. Eso solo le sirve a la publicidad para vender los libros de Stephen Hawking. El ateísmo como cualquier otra doctrina, no es más que una visión cerrada del mundo, es tan parcial y vulnerable como cualquier tipo de creencia que se deja inundar de prejuicios y absorber de viejas leyendas expresadas como últimas noticias.

    BIBLIOGRAFÍA

    ALPER, Matthew, 2008 Dios está en el cerebro. Una interpretación científica de la espiritualidad humana y de Dios. Norma, Bogotá.

    BRONOWSKI J. 1973. El Ascenso del Hombre. Addison-Wesley Iberoamericana, México

    BROOKE, John H. 1991. Science and Religion: Some Historical Perspectives. Cambridge University Press, Cambridge.

    CAPANNA, Pablo. (1981). De la secularización al Neopaganismo. En Sectas en América Latina. Celam. pp 253- 295. s.l.

    FRANÇOIS, Jacob, 1986. La lógica de lo viviente. Salvat, Barcelona.

    KOOK, Abraham Izjak. 1989 (5749), Orot, Mosad HaRab Kook. Jerusalén.

    HENRY, Jonh

    MATT, Daniel C. 1997. La Cábala esencial. Robin Book, Barcelona.

    MAIMÓN, Moshe Ben (Maimónides) 2001. Guía de los Perplejos. Conaculta, México.

    MILLAS, J.M Cillacrosa. 1987. Estudios sobre historia de la ciencia española. CSIC. Reedicion, Madrid.

    RUSSELL, C. A, 2002. “The Conflict of Science and Religion”, en: Science and Religion. A Historical Introduction, pp. 3-12

    VAINSTEIN, Yaacov, 1997 El Ciclo del Año Judío. Departamento de educación y cultural religiosa para la diáspora de la organización sionista mundial.

    WILSON, D. B., The Historiography of Science and Religion, en: Science and Religion. A Historical Introduction, pp. 13-29, (edi) G. B. Ferngren. The Johns Hopkins University Press, Baltimore.

    1 Es decir: “…y llegó a ser Adam un espíritu hablante”.

    2 Daré algunos datos (tomados de Vainstein 1997: 303) personales de Rab Kook (o Kuk): nació en Grieva, Letonia en 1865. Fue estudiante de la famosa Yeshiva (escuela talmúdica) de Wolozhin y desde 1888 hasta 1904 ejerció como Rabino en distintas localidades de Lituania. En 1904 es nombrado Gran Rabino de la ciudad de Yaffo y hasta 1919 es nombrado Gran Rabino de Jerusalén. Falleció en 1935. Su obra, compuesta por numerosos escritos, es rica en elementos poéticos que sirven para exaltar su profundo amor por todos los temas judaicos, especialmente los de corte filosófico y cabalístico.

    3 Es decir, Primer Rabino de Jerusalem.

    4 Estos mismos autores señalan que Draper al tratar del caso Galileo cometen varias inexactitudes, como por ejemplo afirmar que el libro de Copérnico demostró la verdad del heliocentrismo; que los descubrimientos astronómicos de Galileo fueron atacados por la Iglesia Católica, cuando en realidad fueron aceptados al punto que en 1611, durante un viaje a Roma, Galileo fue homenajeado por los eclesiásticos a causa de dichos descubrimientos; que Galileo estuvo en prisión, lo cual es igualmente falso ya que fue invitado a sostener sus descubrimientos.

    5De hecho la mayor parte de las religiones — salvo el confucianismo, que es más bien una ética ritual— se han ocupado del origen del universo.

  • El consejo diario 412

    El Eterno ha creado al Hombre a Su imagen y semejanza,
    ¿por qué será, entonces, que le adjudicamos a Él nuestra limitada imagen y semejanza?

    El consejo: aprende a verte despojado al máximo de creencias y prejuicios,
    para que aprendas a sentir al Eterno en su cercanía al mismo tiempo que impensable infinitud y gloria.

  • Creer en dioses y poderes mágicos

    ¿Qué lleva a la gente a creer en dioses, en santos, en gurús poderosos, en entidades metafísicas con facultades paranormales?

    Una respuesta es que Dios, el Uno y Único existe, es el Creador y Sustento del universo completo.
    Cada ser humano porta (realmente debiéramos decir: “es”) una conexión directa con el Padre, que es su neshamá, espíritu al que también denominamos Yo Esencial.
    Como hemos explicado en otras ocasiones, sobre el Yo Esencial se va acumulando de forma natural máscaras, personajes que nos inventamos o asumimos, mandatos sociales o grupales, creencias, ideas, sentimientos, que nos van exilando de nuestra verdadera y eterna identidad. Llegamos a creernos que somos el personaje que estamos actuando, que por lo general no guarda mucha afinidad con nuestro Yo Esencial, o a veces es un muy pálido reflejo casi indefinido. Sí, nos olvidamos quien somos para identificarnos con la careta que estamos siendo. El Yo Vivido se considera el único “Yo”.
    Pero, la neshamá no se extingue, no muere, no dejamos de serlo.
    Su voz, apagada y silenciosa, casi está perdida para siempre entre los tumultos del Yo Vivido; pero no se pierde en realidad, allí está, susurrando sin pausa y sin cansancio. Nos ilumina con su poder, que parece inexistente.
    Nos mantiene en constante conexión con el Eterno, aunque racionalmente nos parezca imposible y las pruebas científicas no se presenten.
    Es como un imán que nos atrae, sin que podamos percibir o medir en modo alguno las fuerzas magnéticas que operan sobre nosotros.
    Ocurre.
    Estamos alienados de su presencia, pero la sentimos, en sueños, en premoniciones, en aspiraciones éticas, en acciones de bondad genuina, en aspiraciones de grandeza altruista, en buscar a ese ser que intuimos pero no podemos mostrar ni demostrar (Dios, el verdadero). Pero, estamos sumergidos en ignorancia. Porque, no conocemos ni sabemos de la neshamá, y por tanto no tenemos consciencia de nuestra identidad espiritual. Entonces, llenamos la oscuridad con lo que tenemos a mano, que por lo general son las creencias de nuestro entorno, de nuestra cultura, de nuestra familia, de nuestro grupo de pertenencia. Así, pasamos a tener fe en lo que los demás nos dicen que es dios o dioses, entidades místicas, maestros ascendidos, santos de bendición, imágenes sagradas, amuletos, supersticiones (ya hasta la fe de la religión científica, si te interesa lee este link).
    Es decir, por buscar a ese Dios que sentimos –de algún modo- terminamos encontrando a los dioses y otras farsas.

    A esto sumemos a nuestro EGO, que se entroniza como nuestro primer salvador y luego se perpetúa como si fuera nuestra divinidad.
    No hablaré más sobre este punto porque ya lo he hecho, te recomiendo si te interesa este link: “El origen de los dioses” y “El origen de la idolatría” y no te pierdas “La fe del EGO”.

    Así pues, tenemos la necesidad de Dios, como el sediento del agua. Tal como cantara el salmista:

    "Mi alma tiene sed de Elokim, del Elokim vivo. ¿Cuándo iré para presentarme delante de Elokim?"
    (Tehilim / Salmos 42:3)

    "¡Oh Elokim, tú eres mi Elokim! Con diligencia te he buscado; mi alma tiene sed de ti. Mi cuerpo te anhela en tierra árida y sedienta, carente de agua."
    (Tehilim / Salmos 63:2)

    "Extiendo mis manos hacia Ti; mi alma te anhela como la tierra sedienta."
    (Tehilim / Salmos 143:6)

    Si tenemos la capacidad que tuvo el patriarca hebreo Abraham de romper con las creencias de su entorno y por propios medios encontrar el camino racional, y luego emocional, al Eterno, ¡qué bueno! Pero la mayoría no alcanzamos a quebrar el mandato social en ese tramo de nuestra existencia, lo “religioso”, que es el sucedáneo de la espiritualidad.
    Los que se abren de las religiones y pasan al agnosticismo o al ateísmo, cada uno de ellos a su modo siguen buscando al Dios, aunque se opongan a la idea, aunque demuestren con cien afirmaciones racionales que ellos nada tiene que ver con dioses o creencias espirituales. En el fondo, al no desarraigarse del EGO, y al seguir siendo neshamá, la sed se mantiene inalterable. Podrán no caer nuevamente en las torpezas idolátricas, ni aferrarse a tonterías supersticiones, cosa que es bienvenida, pero no dieron el paso del ENCUENTRO, de la reconciliación con lo más puro y eterno que es de ellos.

    Entonces, nos queda una alternativa, que por el momento implica a mucho menos del 1% de la humanidad: nacer dentro de una familia comprometida con el Eterno, sea judía o noájida.
    En ese entorno es más probable que la sed sea llenada con agua, más o menos próxima al Agua.
    Se nos instruirá en la existencia del Uno y Único, se nos alertará acerca de los falsos dioses (sean uno o muchos), se nos darán herramientas para mantenernos en la senda correcta, al menos en la parte “teológica”.

    En ocasiones la persona se encuentra en un medio de religiones o de negaciones de Dios, pero su impulso lo lleva al Eterno, y solo a Él.
    Entonces, deja de lado las creencias y “hace teshuvá”, si es judío.
    O se despoja de todas las máscaras y disfraces religiosos para reconocer su sagrada identidad como noájida, si es gentil.
    Y a veces, vaya uno a saber el motivo, el gentil prefiere convertirse al judaísmo para vivirlo con todos sus rigores, y de la manera estricta judía servir al Eterno.

    Si somos criados de manera apropiada, o de grande aprendemos acerca de nuestra identidad y del Eterno, entonces no precisamos adorar hombres (ni siquiera “rabinos” que bendicen), ni animales, ni entidades, ni alienígenas, ni Santa Claus, ni el multimillonario, ni el dictador de turno, ni el líder de la secta, ni el jefe del partido, ni salvadores colgados, ni fuerzas de la naturaleza, ni objetos, ni conceptos científicos.
    Dejamos de lado las piruetas religiosas, descubrimos la vanidad de los rituales rebuscados, no precisamos más de caretas de seudo espiritualidad: somos libres, construimos shalom con acciones de bondad Y justicia.

    A alguien se le podrá ocurrir una pregunta interesante: ¿cómo sabemos que Dios no es otro invento cultural, tal como el resto de los dioses?
    ¿Podrías tú dar alguna respuesta satisfactoria y que no implique la “fe”? Gracias por tus palabras y por haber leído hasta aquí.