De acuerdo a nuestra Tradición es posible definir la Kedushá -santidad- como el nexo de vida, la energÃa que otorga existencia, que emerge desde el plano espiritual y se va canalizando por el resto de los planos de existencia.
El perfectamente Kadosh -santo- es el Eterno, que es “realidad y existente” más allá de condicionantes, variaciones, limitaciones o definiciones.
Él es santo en su perfección incomprensible (Vaikrá / LevÃtico 19:2).
De Él se derivan todas las kedushot -santidades-, sean éstas materiales, temporales o personales.
Él reservó el dÃa séptimo (Shabbat) y lo consagró como de bendición y kedushá (Bereshit / Génesis 2:3).
Shabbat es el dÃa central, en torno al cual giran el resto de los dÃas de la semana.
Es el dÃa que dota de sentido y trascendencia al tiempo.
Durante el año, es Iom haKippurim el dÃa de singular santidad, que marca el eje sobre el cual giran los tiempos.
Él escogió a Israel y le confirió el grado de pueblo santo, con la finalidad de que cumplan con los 613 mandamientos y de esa manera alienten el espÃritu de santidad por el mundo (Shemot / Éxodo 19:5-6).
El pueblo judÃo es por tanto el factor que promueve y difunde la energÃa vital al resto de las criaturas. PodrÃa considerárselo como el corazón de la humanidad (Devarim / Deuteronomio 14:2).
Todos los pueblos tienen su tarea, su rol, su particular importancia e identidad; el rol de Israel es servir al resto de los pueblo, tal como el corazón bombea vida a través de las arterias y venas.
Quizás al comprender este rol, podamos entender porqué un pueblo tan chiquito es tenido en cuenta constantemente por todos, poderosos o pequeños, amigos o adversarios, fieles del Eterno o sus opositores (Vaikrá / LevÃtico 20:26).
Santo es Israel, aún en épocas en las que se apartan un poco de la Buena Senda de la Torá y el cumplimiento de los preceptos (Irmiá / JeremÃas 2:3). A mayor adecuación de la conducta a los mandamientos de la Torá, mayor caudal de santidad canaliza la persona y difunde ondas positivas de vida.
Él señaló el lugar del Kodesh haKodashim (Santo de los Santos) del Beit haMikdash, en el monte Moriá, en Ierushalaim, como el centro del cosmos. El universo tiene un cierto grado de santidad, pues sino no podria existir.
La santidad se incrementa en varios grados en la tierra de Israel.
Aumenta considerablemente en Ierushalaim (Tehilim / Salmos 87:1).
Es superior aún en el monte Moriá (monte del Templo, lugar que está hoy usurpado y corrompido por la cúpula dorada tan famosa en postales).
Y llega a su ápice en el lugar del Santo de los Santos, marcado por la “Eben shtiá” (ver).
Mañana, 28 de Iyar, bien podemos recordar esto, cuando sea celebrado el Iom Ierushalaim. Especialmente debemos tenerlos presente el 9 de Av, dÃa que recuerda la destrucción de los dos Templos de Ierushalaim.
Pero, constantemente tenerlo en cuenta. Cuando los enemigos de la humanidad y de Dios anhelan Jerusalén para sÃ, están deseosos de acabar con ese nexo de santidad, corromper la vida, promover el caos, llevar al mundo a un estado de confusión y marginalidad para hacer prevalecer su propio poder. Entregar Jerusalén en manos de impÃos, es participar en la destrucción del mundo, en la eliminación del Shalom.
Cuando secularizamos cualquiera de estos tres componentes: pueblo judÃo, Ierushalaim y Shabbat, estamos trastocando el orden y sentido de las cosas.
Estamos provocando bloqueos en la canalización de la energÃa espiritual que vivifica la realidad.
Nuestra tarea pues es vivir de acuerdo a los patrones de conducta que nos revela la Torá, cumpliendo cabalmente con los mandamientos que nos corresponde, pues los mandamientos son nuestra vida en Este Mundo y en la Posteridad:
“Llamo hoy por testigos contra vosotros a los cielos y a la tierra, de que he puesto delante de vosotros la vida y la muerte, la bendición y la maldición.
Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tus descendientes, amando al Eterno tu Elokim, escuchando su voz y siéndoLe fiel.
Porque Él es tu vida y la prolongación de tus dÃas, para que habites en la tierra que el Eterno juró que habÃa de dar a tus padres Avraham [Abraham], Itzjac [Isaac] y Iaacov [Jacob].”
(Devarim / Deuteronomio 30:19-20)




