Ayudarte a encontrar el tesoro escondido

Alguien depositó, sin avisarte nada, un inmenso tesoro en el centro de tu casa, está bajo una montaña de muebles, utensilios, vestimentas.
Tú no tienes noción de su existencia, ni remotamente sospechas que eres muy rico.
Por el contrario, te crees pobre, necesitado, siempre al límite de tus fuerzas, carente de muchas cosas, buscando con desesperación aquello que sientes en falta.
Si te encontraras con el tesoro, si alguien te indicara su paradero, si tropezaras con él, si de alguna forma se hiciera presente en tu vida, ¡cuántas cosas cambiarían o cambiarías!
Pero, sigue oculto, invisible, como inexistente.
¿Eres rico o no?

Somos un Yo Esencial, una neshamá que nos mantiene en constante conexión con Dios y todo lo creado.
Esa es nuestra identidad más firme, perpetua, irremplazable.
Fuente de bienestar, recipiente de bendiciones.
Pero, nadie nos muestra su existencia.
Por el contrario, se nos insiste en que usemos máscaras, que nos identifiquemos con fugaces personajes al que llamamos Yoes. Creemos que el hacer, que el tener, que el llenarnos de objetos y vivencias pasajeras es lo que somos. Amontonamos cosas encima de nuestro Yo Esencial, lo mantenemos escondido, invisible, como si no existiera, como si no lo fuéramos.
Pero, nos arropamos con los disfraces que nos imponen, nos hacemos pasar por otros, jugamos a creernos importantes, pero cuando estamos a solas, cuando nos atrevemos a reconocernos, nos damos cuenta de que estamos como vacíos, que vivimos como pobres.
¡Siendo inmensamente ricos!

Nos llenamos de cosas, buscamos un pedazo más de pizza, otra copa de alcohol, un litro más de helado, otra prenda de vestir, una nueva TV, el celular con una “S” que se supone nos darás más “S”atisfacción, otro auto aunque el nuestro solo tenga mil kilómetros recorrido, relaciones totalmente superficiales y vacías con otros como nosotros, pedimos dioses, adoramos santos, nos llenamos de rituales, nos llenamos de cosas y más cosas, nos atiborramos, estamos hasta la coronilla de cosas, para sentirnos algo, para creernos poderosos, para no sentir miedo, para hacer de cuenta que estamos acompañados, para olvidarnos las penas, para…
Y todo ello no deja de ser confusión, caos, desorden, destrucción, sombras, obstáculos para ir descubriendo nuestra neshamá y permitir que su Luz nos alumbre y alegre.

Pero, el EGO nos asigna otras metas, ganar otra medalla, coronarnos con otro éxito, vencer otra disputa, tener la razón, adquirir otro ritual e imponernos un nuevo rigor carente de sustento, ser el que sabe y domina, luchar permanentemente, o manipular, o hacerse la víctima.
Cualquier cosa viene bien, con tal de mantener amurallada la Luz, estar absortos a nuestra verdadera identidad.

Ahí está el gran tesoro, a nuestro alcance, si quisiéramos, si nos permitiéramos ser libres de violencia, de gritos, de golpes, de gimoteos, de quejas, de afanes inútiles, de quejas vacías, de enojos, de llenarnos de cosas para sentirnos “algo”.

El EGO no es malo.
Es una función natural de tu sistema nervioso, está para ayudarte en los momentos de real impotencia, cuando no tienes otros recursos más que los primitivos que permiten la supervivencia o la llamada de atención para recibir auxilio.
Pero, cuando ocupa el sitial que no le corresponde, cuando se convierte en el capitán en lugar de ser el ayudante de limpieza, entonces es cuando el drama se desarrolla.
Sin embargo, cuando aprendemos a reconocer al EGO, a darnos cuenta de nuestras carencias, a dejar fluir lo incontrolable, a hacernos cargo de nuestra parte, a superar las pruebas del EGO, es que nos convertimos en nosotros mismos. Allí somos poderosos.
Entonces, el EGO dejó de ser un problema, EL problema, para volver a ser un ayudante provechoso. También es como la pesa que emplea el que está ejercitando para desarrollar el músculo. Es un socio en la tarea de encontrarnos y vivir a plenitud, si hacemos las cosas como debe ser.

Te propongo dejar los dramas y los papeles impuestos por el EGO, o la sociedad agobiada por el EGO.
Si te enojas, date cuenta, acéptalo, es normal, pero no actúes desde el enojo.
Si no puedes, no por ello te tildes de inútil, no te dejes caer en la impotencia, aprende a reconocer tus límites para que uses tu poder y seas poderoso.
Si te equivocas, admítelo, subsana lo que es corregible, pide disculpas si corresponde, aprende, modifica tu conducta.
Como ves, tienes otros modos para vivir, que te vayan sincronizando con tu verdadera esencia espiritual, que te permitan ser tú y no una sombra de lo que podrías ser en este mundo.

También con la ayuda del EGO, si aprendes las lecciones, entonces estarás a un paso de encontrar el tesoro que tienes escondido en el centro de tu hogar.

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