Con tus sentimientos heridos

¿Qué hiere tus sentimientos?
Estoy casi seguro que si analizamos hasta la raíz encontraremos que algo te ha hecho sentir impotente.
Sea el contenido de una frase ofensiva; o el “tonito” con el que fue dicho; o la persona que lo hizo; o el no poder atinar a responder asertivamente; o el saber que el otro está en lo cierto pero te he dejado en evidencia; o una acción de la que te cuesta defenderte; o que alguno ha traspasado los límites de tu confort o seguridad; escoge tú lo que está en la base de tu sentimiento actual.

Pongamos algunos sencillos y cotidianos ejemplos.
La clase que no presta atención al maestro, éste demanda silencio y orden, pero el bullicioso continúa.
El vivillo que sea cuela en la fila y nadie atina a ponerlo en su lugar.
La empleada detrás del mostrador que no atiende al público pues está muy emocionado en su chateo privado.
El jefe que por novena vez en la semana te pide que hagas una tarea que no te corresponde y para empeorar fuera de horario, y no esperes compensación salarial.
Tu pareja que te acusa de vaya a saber que desastre del cual eres totalmente ajeno, pero nadie presta oídos a tus justos reclamos.
El esposo que insulta a su esposa; y/o viceversa.
Por milésima vez uno de los cónyuges propone realizar gastos innecesarios sabiendo que la situación económica de la familia está en pésimas condiciones.
La mujer agobiada por las tareas del hogar que ve a su marido acomodado frente al televisor viendo un aburrido partido de fútbol y a sus hijos cada uno en su jueguito, ninguno es capaz de colaborar con los trabajos de la casa y asumen que es deber y responsabilidad de la buena señora.
La madre que dice cualquier disparate de su hijo a sus amigas, estando el chico presente pero haciendo de cuenta que es sordo o no entiende el idioma.
El muchacho que pasa corriendo, te empuja y todavía tiene tiempo para darse vuelta para insultarte por estorbarle en su camino.
Tu hijita que no entiende tus explicaciones de biología para completar la tarea que deberá entregar mañana en la escuela, y tú le sigues explicando y la niña como si nada.
Tu abuela por enésima vez te reclama que no la visitas, cuando estuviste el fin de semana almorzando en su casa.
Los padres angustiados porque el nene salió a la noche habiendo acordado regresar antes de la 1AM. Ya son las 5, no atiende el celular y los amigos dicen que no saben donde está. Resulta que el nene apagó el teléfono y olvidó por completo avisarles que se quedaba a dormir en casa de un amigo.
El amable ladrón que te demanda gentilmente para que colabores con su salario mensual.
El compañerito abusivo del colegio que sigue maltratándote, así como a otros compañeritos, y nadie hace realmente nada por cambiar la situación.
El padre que grita e insulta a su hijo para “criarlo”, o al menos sentirse con autoridad.
Los ciudadanos de Israel siendo atacados por terroristas y luego doblemente agredidos con los infames y falsos reportes de los medios masivos de desinformación.
Y podría seguir con ejemplos en donde tus sentimientos son heridos.

En todos ellos hay una real o sentida impotencia.
Como hemos enseñado en reiteradas oportunidades, de forma natural se disparan automáticamente las respuestas del EGO: llanto, grito y/o pataleo, y/o cualquiera de sus derivados. Así como también es posible que se manifiesta la reacción pasiva de desconectarse de la realidad.
Que esto sea automática y natural no implica que sea la respuesta adecuada y operativa para cada situación.

A veces es necesario e imprescindible actuar automáticamente, porque es la manera para evitar un daño mayor.
Pero por lo general nuestra respuesta desde el EGO no viene a solucionar nada, sino a aumentar el sufrimiento, distanciarse de las resoluciones constructivos, agrandar los conflictos, hundir en sufrimiento, es decir, nada que aporte a la felicidad, bienestar, libertad, salud.

Entonces, ¿cómo deberíamos responder?
Ante todo, contener la respuesta automática. Ésta se dispara en breves micro segundos luego de percibida la amenaza, sea real o imaginaria.
Si trabajamos en nuestra atención e intención podremos darnos cuenta de que estamos por actuar desde el EGO y tomarnos unos segundos más para evaluar la idoneidad de la respuesta.
Sí, estamos dolidos y enojados; sí, el grito, el insulto, el llanto, el golpe, lo que fuera desde el EGO está por brotar como un poderoso huracán. Sí, en esos primeros instantes el mundo parece detenerse a la espera de que reaccionamos con violencia, para manifestar poder que nos sobreponga al sentimiento de impotencia, o al menos para aullar reclamando atención y que alguien con poder nos atienda y rescate.
Pero, en la gran mayoría de las situaciones está en el autocontrol la respuesta más saludable.
No por ello debemos rechazar nuestro sentimiento de impotencia, por el contrario, es muy importante tomar conciencia de él para luego descubrir qué lo ha provocado, así como aquellos puntos débiles que están en nosotros y nos hacen tan vulnerables a sentirnos impotentes.
Porque si estamos conscientes de nuestras debilidades y queremos mejorar, podremos dar algunos pasos para fortalecernos.
Pero, si solamente reaccionamos automáticamente, como títeres del EGO, llevados por pensamientos primitivos y repetitivos; será muy difícil avanzar en nuestro perfeccionamiento.
Como también es negativo pretender tener la última palabra, ser siempre el que tenga la razón, sentirte en control de todo y todos.

Mantenerse en silencio y no responder desde el EGO.
Pero, al mismo tiempo ejercer el poder necesario para obtener justicia.
Expresar el disgusto, exigir respeto, ubicar las cosas en su lugar, comunicar auténticamente, solicitar la intervención de figuras de autoridad competentes, son algunas de las respuestas que pueden reemplazar el silencio escapista o los gritos desde la impotencia.
Si quieres, puedes orar. Comunicarte sincera y directamente con el Padre Celestial, sin intermediarios. Pero no uses esto como otra forma de escapismo, o como una fórmula mágica para resolver misteriosamente lo que se debe arreglar humanamente.

Recuerda que si respondemos al sentimiento de impotencia con las reacciones del EGO, probablemente estaremos aumentando el conflicto y llenando de más impotencia el sistema.
Por el contrario, si nos decidimos por respuestas saludables, estaremos ejerciendo realmente el poder que disponemos e incluso incrementándolo.

Obviamente no es sencillo dejar de lado la respuesta del EGO.
No será algo que podrás hacer de buenas a primeras ni sin un coste.
Pero luego, si eres constante y detallado en tu tarea, podrás ir observando muy buenos resultados, una mayor energía, más felicidad, comprensión, libertad, disfrute, etc.
Y si te equivocas y caes en los patrones de conducta repetitivos, no por ello deberás enjuiciarte y maltratarte. Solamente reconocer que todavía estás en el camino de perfeccionarte, que es esperable que cometas errores pero que bueno que te has dado cuenta y estás dispuesto a superarlos.

Recuerda, el EGO te ataca desde dentro, por tanto aquello que proviene de fuera tiene solo una parte del poder para lastimarte.

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