Alumbrar la Victoria

Al hanisim: Por los milagros, y por la redención, y por las poderosas acciones, y por las salvaciones y por las guerras que Tú has hecho para con nuestros antepasados en aquellos días, en esta época.
En los días de Matitiahu , hijo de Iojanán el Sumo Sacerdote, el jashmonái y sus hijos, cuando se levantó el malvado imperio griego contra Tu pueblo Israel, para hacerles olvidar de Tu Torá y hacerles violar los decretos de Tu voluntad. 
Pero Tú, por Tu gran misericordia, Te erigiste junto a ellos en su momento de aflicción, libraste sus luchas, defendiste sus derechos y vengaste el mal que se les había infligido.  Entregaste a poderosos en manos de débiles, a numerosos en manos de pocos, a impuros en manos de puros, a malvados en manos de justos y a lujuriosos en manos de los que se dedican a Tu Torá.  Y para Ti hiciste un Nombre grande y Santo en Tu mundo, y para Tu pueblo Israel hiciste una inmensa salvación y redención como este día.  Luego, Tus hijos entraron al Santuario de Tu Casa, limpiaron Tu Templo, purificaron Tu Santuario, encendieron luces en Tus sagrados atrios, y fijaron estos ocho días de Jánuca para agradecer y alabar Tu gran Nombre.

Desde el comienzo mismo de Jánuca lo que fue prescrito es “agradecer y alabar” el gran nombre del Eterno, lo cual realizamos entonando el Halel completo cada mañana, así como añadiendo esta plegaria de “al hanisim” en cada Amidá.
Es la regla cuando de una gran victoria se trata, elevar las loas en forma de Halel.
Es la tremenda victoria militar, con su consiguiente libertad e independencia, lo que festejamos durante la festividad de Jánuca.

Notarás que en el pasaje que citamos no se menciona nada de encender las luces de la Menorá de Jánuca. De hecho, en las fuentes antiguas apenas si es considerado este asunto, mencionado escasamente y sin la trascendencia que le damos hoy.
Según sabemos, la costumbre de prender las luces de Jánuca nació en el seno del pueblo, incluso antes de la libertad militar a manos de los macabeos, con la ayuda de Elohim. Las llamitas eran una señal de rebelión contra el imperio helenista, eran una esperanza viva en los corazones y mentes de preservar el judaísmo a pesar de las luces y oscuridades de Grecia.
Fue el pueblo judío quien decidió celebrar Jánuca encendiendo llamitas durante los ocho días de la fiesta, además de los rezos y alabanzas incorporados por la obligación de la autoridad espiritual.

Pasó el tiempo, las proezas militares se fueron olvidando, luego otras sombras cubrieron el sano orgullo militar judaico, cuando otro imperio oscuro aplastó el ánimo libertario de Israel. Entonces, quedó el rezo escrito en los libros, las palabras para ser repetidas, sin tanta emoción, sin comprender cabalmente su poder de realizarse nuevamente, hasta hace poco, cuando el sano orgullo renació y el León de Yehudá retornó a su tierra eterna y milenaria y ya no admite que se le irrespete o trate de maltratar con armas.
Y también quedó la costumbre de encender las luces de Jánuca, esa práctica nacida por el deseo y cariño del pueblo que se mantuvo y creció en importancia.

Hoy tenemos nuestros candelabros para prender, para que iluminen, para que nos conduzcan sanamente entre las tinieblas que el EGO con sus tentáculos (religión, politiquería, mercantilismo, fanatismo, etc.).
Hoy tenemos nuestros rezos y loas, para agradecer y reverenciar al Conductor de los Ejércitos de Israel; para fortalecer a los muchachos y muchachas que defienden con dignidad y nobleza la existencia de su patria.
Hoy tenemos el recuerdo, la anécdota, el compromiso y la visión de un futuro lleno de luces de santidad.
Podemos alumbrar (dar luz, dar a luz) nuevas victorias, que sean permanentes.

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Opiniones y respuestas

  1. Shaul Ben Abraham (1348) ‍‍10/12/15 - 28 Kislev 5776 {Link}
    Tal como lo dice, el encendido de las nerot fué uno de muchos elementos contenidos en Januká, de hecho es diciente como el libro apócrifo de los Macabeos (1, 4: 36-60) reporta el hecho, cita que trasmito integramente aquí:

    "Yehudá y sus hermanos dijeron: "Nuestros enemigos han sido aplastados; subamos a purificar el Santuario y a celebrar su dedicación". Entonces se reunió todo el ejército y subieron al monte Sión. Cuando vieron el Santuario desolado, el altar profanado, las puertas completamente quemadas, las malezas crecidas en los atrios como en un bosque o en una montaña, y las salas destruidas, rasgaron sus vestiduras, hicieron un gran duelo, se cubrieron la cabeza con ceniza y cayeron con el rostro en tierra. Luego, a una señal dada por las trompetas, alzaron sus gritos al cielo. Judas ordenó a unos hombres que combatieran a los que estaban en la Ciudadela hasta terminar la purificación del Santuario. Después eligió sacerdotes irreprochables, fieles a la Toráh, que purificaron el Santuario y llevaron las piedras contaminadas a un lugar impuro. Luego deliberaron sobre lo que debía hacerse con el altar de los holocaustos que había sido profanado. Tuvieron la feliz idea de demolerlo para que no fuera un motivo de oprobio, ya que los paganos lo habían contaminado. Lo demolieron, y depositaron sus piedras sobre la montaña del Templo, en un lugar conveniente, hasta que surgiera un profeta y resolviera lo que había que hacer con ellas. Después recogieron piedras sin tallar, como lo prescribe la Toráh, y erigieron un nuevo altar, igual que el anterior. También repararon el Santuario y el interior del Templo, y consagraron los atrios. Hicieron nuevos objetos sagrados y colocaron dentro del Templo el candelabro, el altar de los perfumes y la mesa. Quemaron incienso sobre el altar, y encendieron las lámparas del candelabro que comenzaron a brillar en el Templo. Además, pusieron los panes sobre la mesa, colgaron las cortinas y concluyeron la obra que habían emprendido. El día veinticinco del noveno mes, llamado Kislev, del año ciento cuarenta y ocho, se levantaron al despuntar el alba y ofrecieron un sacrificio conforme a la Toráh, sobre el nuevo altar de los holocaustos que habían erigido. Este fue dedicado con cantos, cítaras, arpas y címbalos, justamente en el mismo mes y en el mismo día en que los paganos lo habían profanado. Todo el pueblo cayó con el rostro en tierra y adoraron y bendijeron al Cielo que les había dado la victoria. Durante ocho días celebraron la dedicación del altar, ofreciendo con alegría holocaustos y sacrificios de comunión y de acción de gracias. Adornaron la fachada del Templo con coronas de oro y pequeños escudos, restauraron las entradas y las salas, y les pusieron puertas. En todo el pueblo reinó una inmensa alegría, y así quedó borrado el ultraje infligido por los paganos. Institución de la fiesta de la Dedicación y otras medidas. Yehudá, de acuerdo con sus hermanos y con toda la asamblea de Israel, determinó que cada año, a su debido tiempo y durante ocho días a contar del veinticinco del mes de Kislev, se celebrara con júbilo y regocijo el aniversario de la dedicación del altar".
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