La mirada al cielo

«Partieron del monte Hor con dirección al mar de las Cañas, para rodear la tierra de Edom. Pero el pueblo se impacientó por causa del camino, y habló el pueblo contra Elohim y contra Moshé, diciendo: –¿Por qué nos has hecho subir de Egipto para morir en el desierto? Porque no hay pan, ni hay agua, y nuestra alma está hastiada de esta comida miserable. Entonces el Eterno envió entre el pueblo serpientes venenosas/quemantes, las cuales mordían al pueblo, y murió mucha gente de Israel. Y el pueblo fue a Moshé diciendo: –Hemos pecado al haber hablado contra el Eterno y contra ti. Ruega al Eterno que quite de nosotros las serpientes. Y Moshé oró por el pueblo. Entonces el Eterno dijo a Moshé : –Hazte una venenosa/quemante y ponla sobre un asta. Y sucederá que cualquiera que sea mordido y la mire, vivirá. Moshé hizo una serpiente de cobre y la puso sobre un asta. Y sucedía que cuando alguna serpiente mordía a alguno, si éste miraba a la serpiente de cobre, vivía.»
(Bemidbar/Números 21:4-9)

El pueblo murmura en contra de Moshé y de Dios por haberlos sacado de Mitzraim, porque no tienen agua, y porque están hartos de maná.
Mucho podríamos comentar sobre este hartazgo del maravilloso alimento que los acompañó durante el viaje de cuatro décadas, como así también podríamos enfocarnos en la terrible conducta que es la falta de agradecimiento. Ese fuego ingrato que quema desde las entrañas y devora a su alrededor. Esa glotonería que se aprovecha de la beneficencia y es incapaz de retribuirla de la manera más modesta y sincera.
La ingratitud, que es como una víbora que serpentea en nuestro interior y nos corroe el alma, nos separa de nuestra sagrada esencia así como del prójimo.
Es espantoso el infierno que se genera aquel que rechaza reconocer las bondades que se le han hecho, sea por Dios o por las personas.
En parte, ese es el mensaje que estaba queriendo dar Dios al permitir que los depredadores naturales de ese desierto atacaran a los mal agradecidos. Durante cuarenta años les estuvo protegiendo de los daños múltiples que conlleva la vida salvaje desértica, pero en esta ocasión, levantó esa cortina protectora y entraron los dañadores naturales.
Que actúan de la misma forma rastrera, subrepticia, escondida que los que no agradecen.
Dios permite que serpientes del desierto muerdan y envenenen a los pecadores.
A modo de remedio, Dios ordena a Moshé que haga la imagen de una serpiente en metal y la coloque sobre lo alto de un pedestal, para que aquel que alce los ojos y la vea, sea curado. No era magia, ni superstición, ni una convocatoria a la idolatría, pero lamentablemente mucha gente lo vio así, en épocas posteriores y hasta la actualidad. En realidad era un llamado a que dejen de vivir arrastrados en el fango de sus miserias egoístas, que dejen de reptar entre quejas y faltas de agradecimiento; por el contrario, que usen su ánimo materialista para elevarse y elevar el entorno. Que pongan todo de su ser para construir Shalom, acercando el cielo a la tierra, la tierra al cielo. Pero, como siempre, la gente es tosca y está embotada por el EGO.
Entonces, siguen convirtiendo símbolos de elevación y redención en otros fetiches, en amuletos, en protectores mágicos que no tienen ningún poder ni hacen ningún servicio.
Me parece que debemos aprender la lección.

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