Las primeras palabras que describen la Creación refieren a luz, en lugar de hacer énfasis en el vacío, la oscuridad y la nada.
¿Por qué?
Uno de los motivos,
para que aprendamos a aplicarnos en construir…
¿Qué era la Luz del Primer Día si el Sol se creó el cuarto? 🤯 Esta es la pregunta que la mayoría de los expertos evita. Pero la respuesta es el OR HAGANUZ: la Luz Primordial, una energía tan poderosa y reveladora que D-s tuvo que esconderla después de solo 36 HORAS de existencia.
En este video, te revelamos por qué el Talmud (Jagigá 12a) describe esta luz, cómo le permitía a Adán ver toda la creación, y lo más importante: dónde está escondida hoy y cómo puedes acceder a destellos de ese conocimiento trascendente. ¡Esto no es misticismo, es Torá Pura!
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La primera pareja humana vive en un entorno ideal: sin esfuerzo, sin dolor, sin conflictos. Todo está dado. No necesitan ganarse el pan, ni enfrentar desafíos, ni siquiera elegir… salvo por un solo límite:
“De todo árbol del jardín podrás comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él, serás mortal.” (Bereshit 2:16–17)
No hay prohibición caprichosa, que no contiene un parámetro fundamental. No hay un dios discapacitado emocional que precisa aferrarse a su orgullo y falso poder para divertirse haciendo sufrir al débil. No hay imposiciones torpes, de una deidad aburrida de su propia existenca.
Hay una enseñanza esencial: la libertad sin límites se destruye a sí misma.
El jardín representa el estado de inocencia, pero también de inmadurez. Vivir allí era existir sin tensión, sin responsabilidad. Dios, en Su sabiduría, no quiere niños eternos sino adultos morales. Por eso da una mitzvá: un límite que permite la elección.
Sin la posibilidad de decir “no”, no hay libertad. Y sin libertad, no hay humanidad.
El Midrash Bereshit Rabá comenta que, cuando dice la Torá que el Creador colocó a Adam “para trabajar y cuidar el jardín”, no lo hizo porque hiciera falta un jardinero, sino para enseñarle que la existencia humana tiene propósito y misión.
“El que no trabaja ni cuida: destruye”, dicen los sabios. La vida no se trata de disfrutar el jardín, sino de mantenerlo vivo.
Por eso, cuando Adam y Java comen del fruto, no se trata de un acto gastronómico, sino moral. Han querido “ser como Elohim, conocedores del bien y del mal” (Bereshit 3:5). Es decir, quisieron decidir ellos qué es bueno y qué es malo, en lugar de reconocer que el bien y el mal no son inventos humanos, sino realidades que trascienden el deseo individual.
El Zohar enseña que en ese momento “la luz pura se mezcló con la sombra”, y desde entonces el ser humano debe distinguir entre ambas. El mundo no se volvió “malo”, sino complejo.
El paraíso no fue destruido, fue oculto detrás de la niebla de nuestras decisiones.
El Eterno no los “castiga como a niños desobedientes”, sino que les revela las consecuencias naturales de su acto: el trabajo, el dolor, la dificultad, la muerte.
En términos modernos: la adultez.
Quien elige, asume.
El paraíso no se pierde por comer una fruta, sino por querer vivir sin límites, sin responder por lo hecho.
El Midrash Tanjumá dice que, cuando el Creador los viste con túnicas de piel (kutnot or), no lo hace como castigo sino como gesto de compasión. Les enseña que aun después de errar, hay cobertura, hay reparación. No los elimina del mundo; los envía a construirlo.
La vida fuera del Edén es difícil, sí, pero es también el lugar donde se puede crear, amar, reparar, aprender y crecer.
En otras palabras: la expulsión del paraíso es el comienzo de la verdadera humanidad.
Preguntas para reflexionar:
¿Qué significa realmente “ser libre”? ¿Hacer lo que uno quiere o elegir con conciencia?
¿Qué límites de la vida te ayudan a crecer en lugar de oprimirte?
¿Cómo respondés cuando tus decisiones traen consecuencias inesperadas?
¿Qué “jardín” te fue confiado para cuidar hoy?
La historia de Adam y Java no es un mito antiguo sobre desobediencia; es el mapa de nuestra condición humana.
Cada día tenemos delante el árbol de la vida y el árbol del conocimiento mal usado. Cada decisión puede alejarnos del Edén o abrirnos el camino de regreso.
Y ese camino —dice el Midrash— está custodiado por “espadas flameantes” no para impedirnos entrar, sino para iluminarnos el regreso, cuando finalmente aprendamos que libertad y responsabilidad son una sola cosa.
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Los primeros hermanos de la especie humana, Caín y Hevel, traen ofrendas al Creador. Una es aceptada, la otra no. En lugar de aprender y mejorar, Caín se deja dominar por la envidia, y termina cometiendo el primer asesinato.
La Torá nos muestra así el primer conflicto humano: no entre pueblos, sino dentro del corazón de una persona. Es el drama eterno de la humanidad: la lucha entre el impulso destructivo (ietzer hará) y la voz de la conciencia. Es el combate del EGO contra el camino espiritual. No por odio en realidad, sino por envidia. No por deseo del mal, sino por sentirse impotente para hacer el bien.
El texto de Bereshit (Génesis 4) es breve, casi enigmático. Pero los sabios de Israel lo ampliaron en multitud de midrashim, que no buscan “rellenar huecos” sino iluminar lo que está oculto entre líneas.
El Midrash Bereshit Rabá enseña que Caín trajo su ofrenda “del fruto de la tierra”, mientras Hevel ofreció “de los primogénitos de su rebaño, lo mejor de ellos”. No se trata de que Dios prefiera carne a vegetales, sino de la intención interior. Hevel dio lo mejor que tenía, mientras Caín dio algo, sin cuidado ni esfuerzo. El midrash dice que Caín ofreció lino, una planta sin valor alimenticio, como quien cumple un rito vacío, por compromiso.
El Creador no mira la ofrenda: mira el corazón del que la ofrece.
¿Qué tipo de ofrendas damos nosotros: las mejores, o las que no nos cuestan nada? Cuando hacemos el bien, ¿lo hacemos por convicción o por costumbre? ¿Esperamos obtener algún beneficio o es un genuino acto de bondad?
El midrash también relata que Caín y Hevel discutieron antes del crimen. Algunos dicen que fue por posesiones, otros que por mujeres, y otros —como R. Yehudá ben Betera— que por el deseo de supremacía espiritual. Es decir, el conflicto no fue externo, sino interno: la necesidad de ser reconocido, de ser el “preferido”.
Así, la historia de Caín y Hevel no es un relato antiguo, sino un espejo de lo que sigue ocurriendo hoy, en familias, comunidades y sociedades: la incapacidad de aceptar que otro brille sin sentir que uno pierde.
El Eterno, antes del asesinato, le habla a Caín con una advertencia y una esperanza:
“¿Por qué te has enojado y por qué ha caído tu rostro? Si mejoras, serás elevado; pero si no mejoras, el pecado acecha a la puerta, y hacia ti es su deseo, mas tú puedes dominarlo” (Bereshit 4:6–7).
Es un versículo que contiene toda una psicología moral: el enojo no es el problema; el problema es dejarse dominar por él. El midrash comenta que “el pecado está a la puerta” significa que el impulso negativo siempre está disponible, siempre cerca, pero no es invencible. Dios no le dice “no te enojes”, sino “domina tu enojo”.
Es la primera lección de autocontrol, de responsabilidad emocional.
El ser humano no elige lo que siente, pero sí lo que hace con lo que siente.
¿Qué diferencia hay entre sentir enojo y dejarse arrastrar por él? ¿Qué recursos tenés para manejar tus emociones antes de que te manejen a vos?
Después del crimen, Caín no se escapa del diálogo divino.
“¿Dónde está Hevel, tu hermano?”
Y Caín responde: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”
Los sabios dicen que esa pregunta fue la segunda caída de Caín: no sólo mata, sino que niega su responsabilidad. Pero el Creador no responde con venganza, sino con corrección: Caín será errante, no destruido.
La justicia divina busca reparación, no revancha. El Eterno deja abierta una puerta: que el asesino aprenda a ser, finalmente, guardián de su hermano.
En ese sentido, la semilla destructiva de Caín sigue viva dentro de cada uno: cada vez que envidiamos, competimos sin sentido o negamos nuestra responsabilidad hacia el otro.
El Zohar comenta que el nombre “Caín” proviene de kanití, “he adquirido”, porque Java dijo “he adquirido un hombre con Dios”. El nombre ya anticipa su problema: la obsesión por poseer. Hevel, en cambio, significa “vapor, soplo”, aquello que no se aferra, que fluye.
Entre Caín y Hevel se juega toda la tensión del ser humano: ¿vivir aferrado a lo que uno tiene, o fluir con lo que uno es?
¿Qué te mueve más: tener o ser? ¿Cómo se expresa hoy tu modo de “ser guardián de tu hermano”?
La historia narrada en pocas líneas, elaborada por generaciones de sabios, contiene una poderosa advertencia y una oportunidad.
La advertencia: el mal no siempre viene de fuera, sino de dentro.
La oportunidad: cada uno puede elegir dominar sus impulsos, elevar su ofrenda y cuidar al otro.
Porque la creación sigue en marcha, y sólo se completa cuando aprendemos a vivir como hermanos.
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Con parashat Bereshit (“En el comienzo”) iniciamos el ciclo anual de lectura de la Torá. Cada semana, en todo el mundo, las comunidades judías leemos una parashá, una sección del texto sagrado. Así, durante un año recorremos toda la Torá, desde la creación del mundo hasta encontrarnos a un paso de ingresar a la Tierra Prometida para asentarnos en ella.
Cuando llegamos al final de la lectura, en Simjat Torá, volvemos inmediatamente a Bereshit. No porque “ya la terminamos”, sino porque el estudio de la Torá nunca se termina: cada lectura nos muestra algo nuevo, según quiénes somos y en qué momento de la vida estamos.
La creación: orden, sentido y responsabilidad
Bereshit cuenta cómo el Eterno crea el mundo en seis días (etapas) y descansa (deja de crear) en el séptimo. Luz, agua, tierra, vida, humanidad. Todo con medida y propósito. No es un relato de ciencia, sino de sentido: enseña que el mundo no es un accidente, sino una obra con dirección, y que el ser humano tiene un papel activo, no de espectador.
En la parsahá se nos pide, explícitamente e implícitamente, que tomemos conciencia de nuestro rol en el mundo, somos socios del Creador.
Adam y Java: libertad y consecuencias
La primera pareja de humanos viven de manera increíble, sin tener ninguna molestia, tampoco ninguna expectativa. Ellos reciben un jardín entero para disfrutar, pero con un límite: no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal; y un par de responsabilidades: cuidar y trabajar el huerto que es su hogar.
La historia que plantea en pocas líneas la Torá, no trata de que a un dios poco coherente le molesta que los humanos coman de una fruta, sino de elección. En la vida fácil del paraíso, las personas tienen que escoger, entre lo que es vida, y aquello que resta de la misma. Deben aprender que elegir es una cuestión constante e implica consecuencias.
Cuando rompen el límite, no son “castigados” como niños, sino que tienen que asumir las secuelas de sus acciones: ya no viven en un mundo de inocencia, sino en uno donde hay responsabilidades, ¡hay que responder! Y, por tanto, darse cuenta de lo que han quebrado con su conducta y entonces, ponerse a construir una mejor realidad.
Caín y Hevel: la sombra de la envidia
Los primeros hermanos de la especie huamana, Caín y Hevel, traen ofrendas al Creador. Una es aceptada, la otra no. En lugar de mejorar, Caín se deja dominar por la envidia y termina cometiendo el primer asesinato.
La Torá nos muestra así el primer conflicto humano: no entre pueblos, sino dentro del corazón de una persona. La historia narrada en cortas frases, elaborada luego por multitud de midrashim, contiene potentes enseñanzas, por lo que invito a indagar en buenas fuentes y continuar aprendiendo.
El diluvio anunciado: la corrupción del mundo
El relato avanza contando con rapidez las diez generaciones que separan a Adam de Noaj, esa época perturbadora, cuando la violencia y la injusticia llenan la tierra. Es una advertencia sobre qué pasa cuando la humanidad olvida que hay límites, valores y respeto mutuo. La sociedad se desintegra cuando la ética se apaga.
El diluvio no es sólo agua, es símbolo de caos: cuando todo se desborda, el mundo “se ahoga”.
El Eterno encontró en Noaj la persona que merecía, por sus acciones y potencial, ser el germen del nuevo intento de la humanidad, lo cual se continúa en la siguiente parsahá.
Reflexión final: volver al comienzo, pero mejor
Cada año volvemos a Bereshit porque volver al comienzo nos da la oportunidad de repensar cómo estamos usando la vida que se nos da. La creación sigue en marcha: cada acción justa, cada palabra buena, cada decisión ética, es una forma de continuar la obra del Creador.
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Desde el inicio de la Torá, el libro de Bereshit (Génesis), en su comienzo mismo, abre con el relato de la creación del mundo, aunque podría haber comenzado directamente con el primer mandamiento dado al pueblo de Israel. Según Rashi, uno de los comentaristas bíblicos más reconocidos (1040-1105), la Torá empieza por la creación para establecer una base espiritual y moral que responde a una pregunta fundamental: ¿Por qué Israel tiene derecho a la Tierra de Israel?
Rashi, citando al rabino Itzjak, explica que el relato de la creación está ahí «porque el poder de Sus obras ha declarado a Su pueblo para darles la herencia de las naciones» (Tehilim/Salmos 111:6). Así, Dios creó el mundo y, como el Creador, tiene el derecho absoluto sobre la tierra y la potestad para entregarla a quien Él desee. Dios le otorga la tierra al pueblo de Israel, y puede decidir retomarla y dársela a otros según Su voluntad. Esa entrega, a no judíos, fue prometido que sería algo momentáneo, para beneficiar posteriormente a los judíos en su retorno.
Rashi utiliza este concepto para responder a aquellos que podrían acusar a Israel de ser «ladrones» por haber conquistado las tierras de otros pueblos; la Tierra de Israel fue entregada a Israel por decreto divino, según el plan establecido desde la creación.
Este concepto no es solo de Rashi, sino que ya estaba presente en el Midrash, una colección de enseñanzas mucho más antigua. En el Midrash Raba (Bereshit Raba 1:2), el Rabi Iehoshúa de Sijnin, en nombre del rabino Levi, desarrolla una idea similar: Dios creó el mundo y reveló en detalle a Israel lo que sucedió cada día de la creación. La razón de esta revelación fue darles una respuesta a las futuras naciones paganas que acusarían a Israel de apropiarse de tierras que, supuestamente, no les pertenecían. Israel, con el conocimiento de la Torá, puede responder que el mundo y todo lo que contiene pertenecen a Dios, y que Él decidió asignar la tierra según Su voluntad.
El Midrash utiliza un ejemplo histórico, recordando que los propios pueblos que habitaban la región de Canaán en su momento también habían reemplazado a poblaciones anteriores. Así, el derecho a la tierra no proviene de la fuerza humana, sino de la soberanía divina, quien concede y retira según Su propósito.
De hecho, y miren que simpático, se especifica claramente que de Creta vinieron los invasores que luego fueron conocidos como «plishtim», que usurparon y expoliaron la zona que hoy es conocida como «Gaza». De ese nombre, plisthim, cuando ya estaban extintos, los romanos imperialistas y colonialistas tomaron el nombre para la ZONA que llamaron «Siria-Palestina», como manera de ofender y maltratar a los verdaderos poseedores y habitantes de la tierra: LOS JUDÍOS que vivían en Judea.
Estos textos de Rashi y el Midrash nos enseñan que la conexión de Israel con la Tierra de Israel no es fruto de caprichos humanos, sino que está arraigada en el mismo acto de la creación, en la voluntad del Creador y en Su propósito eterno. La historia de la humanidad es testigo de que la Tierra de Israel ha sido un espacio destinado a expresar esa relación única entre el pueblo de Israel y su misión espiritual en el mundo.
Hoy día, el relato tergiversado y maligno busca hacer lo mismo que hace milenios ya se sabía que iban a hacer, mentir en contra de los judíos y pretender eliminarlos de la sagrada tierra de ISRAEL.
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La parashá Bereshit, más allá de narrar la creación del universo en seis días (períodos de tiempo), nos presenta un relato cosmogónico que se extiende hasta la degradación que llevó al diluvio universal, para introducir luego lo que sucederá en la parashá Noaj y las generaciones posteriores a Noé.
En resumidas cuentas:
La Creación: Como ya hemos mencionado, Dios crea el universo de la nada, paulatinamente imponiendo orden al caos. Cada día de la creación tiene un propósito y culmina con la declaración divina de que «era bueno». Continuamos en el día séptimo, el Shabbat de Dios, que dará paso al octavo día, mejormente conocido como «Era Mesiánica».
El Jardín del Edén: Dios crea al ser humano, Adán, y lo coloca en un paraíso, el Jardín del Edén. Adán recibe el mandato de trabajar y cuidar el jardín y se le prohíbe comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Posteriormente, Dios separa al Adán original, formando así a la primera pareja humana como compañeros antagónicos.
La Expulsión: El serpiente (que pudiera ser una criatura que vivía en aquella época y compartía algunos rasgos con nosotros; o un símbolo del EGO), incita a Eva a desobedecer a Dios y comer del árbol prohibido. Eva se deja llevar por su propio celo de pretender hacer bien las cosas sin atender a las reglas, y come de lo que Dios había prohibido. Luego, le da a Adán, quien también come y como consecuencia, son expulsados del jardín y condenados a una vida de sufrimiento y trabajo. Serpiente también recibe su castigo.
Recordemos que castigo no es algo que se impone externamente, sino la consecuencia lógica de una acción negativa.
Caín y Abel: Eva tiene dos hijos, Caín y Abel. Caín, el creador de la primera religión humana, está envidioso de su hermano, y en una pelea entre ambos, lo mata. Este es el primer asesinato registrado en la historia y marca el inicio de una espiral de degradación y violencia en el mundo.
La Multiplicación de la Humanidad: Adán y Eva tienen a un tercer hijo, Shet, quien nace a imagen y semejanza de su padre. Luego, a pesar de la tragedia, la humanidad continúa multiplicándose y corrompiéndose cada vez más.
El Diluvio Universal: Ante la maldad generalizada, Dios decide destruir a toda la humanidad con un diluvio universal. Sin embargo, Noaj/Noé, es encontrado como meritorio para ser el que reinicia la humanidad.
Enseñanzas Relevantes para Nuestros Días:
La importancia del orden y la creación: Al igual que Dios impuso orden al caos, nosotros también podemos buscar el orden en nuestras vidas y contribuir a crear un mundo mejor.
La responsabilidad del ser humano: El ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios, lo que significa que puede formar un mundo nuevo, romper con las estructuras del pasado, pero esto implica que tiene la responsabilidad de cuidar la creación y de vivir de acuerdo a los valores divinos.
Las consecuencias del pecado: El pecado, apartarse del camino correcto, tiene consecuencias tanto individuales como colectivas. La historia de Caín y Abel nos muestra cómo la envidia y la violencia pueden destruir vidas.
La esperanza y la redención: A pesar de la expulsión de Edén, del asesinato de Abel, y otros eventos tremendos narrados en la parashá, Dios muestra que existe el camino del retorno a la buena senda, de mejorar nuestra existencia en este mundo. Es la TESHUVÁ.
La importancia de la familia: La familia es la unidad básica de la sociedad y juega un papel fundamental en la transmisión de valores y tradiciones. Es resaltado este aspecto en la parashá.
Bereshit nos enseña que somos parte de un gran plan divino y que tenemos la capacidad de dejar nuestra huella en el mundo. Al igual que Dios creó algo hermoso a partir del caos, nosotros también podemos transformar nuestras vidas y el mundo que nos rodea a través de la creatividad, la innovación y el respeto por la creación.
Crear, recrear, procrear, sostener la creación, pueden ser excelentes pilares para nuestra rutina diaria.
¡Shabat Shalom!
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Shalom/hola
Hola buenos días distinguido moré Y. Ribco quisiera saber si usted tiene algún conocimiento sobre en dónde se encuentra situado actualmente el jardín del Edén. R Shlomó ben David (Rashbed) científico y filósofo judío vivo en Tzfat (Israel) mi ciudad natal.
En la tradición judía, el relato del pecado de Adán y Eva en el Jardín del Edén es una historia poderosa que nos enseña lecciones valiosas sobre la naturaleza humana y nuestra relación con Dios. Aunque suene antiguo, este relato sigue siendo relevante incluso en el mundo moderno. Permítanme compartir con ustedes algunas enseñanzas sabias que podemos extraer de esta historia y aplicar a nuestras vidas hoy en día.
1. La importancia de la responsabilidad personal:
El pecado de Adán y Eva nos recuerda que cada uno de nosotros tiene la responsabilidad personal de nuestras acciones y decisiones. En la historia, Dios les dio instrucciones claras, pero aún así, eligieron desobedecer. Cuando tuvieron la oportunidad de obtene el perdón, por medio de la sincera teshuvá, prefirieron hacer lo contrario.
Esta lección nos insta a reflexionar sobre nuestras propias elecciones y comprender que nuestras acciones tienen consecuencias. Tomemos responsabilidad por nuestras decisiones y actuemos con conciencia.
2. La tentación y la capacidad de resistir:
El relato nos muestra cómo Adán y Eva fueron tentados por el serpiente (el EGO) para desobedecer a Dios. Esta lección nos enseña que todos enfrentamos tentaciones en nuestras vidas, pero también tenemos la capacidad de resistirlas. Aprendamos a reconocer las tentaciones que se nos presentan y a fortalecer nuestra voluntad para resistirlas. No permitamos que las distracciones y los deseos momentáneos nos desvíen de nuestros valores y objetivos.
3. El poder de la autoconciencia y la mejora personal:
Después de pecar, Adán y Eva sintieron vergüenza y se dieron cuenta de su desnudez. Esta experiencia les brindó una mayor autoconciencia y la oportunidad de reflexionar sobre sus acciones, se apenaron, ¡pero no hicieron teshuvá!
En nuestras vidas, es importante ser conscientes de nuestras fortalezas y debilidades, y estar dispuestos a aprender y crecer a partir de nuestros errores. Usemos nuestros fracasos como oportunidades para el autoconocimiento y la mejora personal, no para empeorar nuestro estado, siendo tercos para no arrepentirnos.
4. La búsqueda de la reconciliación con Dios y con los demás:
Adán y Eva fueron expulsados del Jardín del Edén como consecuencia de su pecado, pero Dios aún les mostró misericordia y les proporcionó ropa. Esta lección nos enseña sobre la posibilidad de la reconciliación y la redención incluso después de cometer errores. En nuestras vidas, debemos esforzarnos por reconciliarnos con aquellos a quienes hemos lastimado y buscar la reconciliación con Dios. Aprendamos a perdonar y ser perdonados, construyendo puentes de amor y comprensión.
Dios no quiere el castigo, ni el sufrimiento de quien anda por una senda errónea, sino que quiere que la persona venza a su EGO, cada día la batalla que se presenta.
Conclusión:
El relato del pecado de Adán y Eva nos ofrece valiosas enseñanzas que trascienden el tiempo y son relevantes para el mundo moderno. Aprendamos de su experiencia, asumiendo la responsabilidad de nuestras acciones, resistiendo las tentaciones, cultivando la autoconciencia y buscando la reconciliación. Al hacerlo, podemos crecer espiritualmente y vivir vidas más plenas y significativas. Recordemos que siempre hay una oportunidad para volver al camino correcto y vivir en armonía con nosotros mismos, con los demás y con Dios.
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¡Shalom a todos! Es un honor compartir con ustedes un resumen de la Parashá Bereshit y brindar un mensaje de ánimo, confianza y amor basado en el concepto hebreo de emuná.
La Parashá Bereshit marca el inicio de nuestra sagrada Torá, donde se relata la creación del mundo y de la humanidad. En este relato, vemos cómo Dios, con Su infinita sabiduría y amor, da origen a todo lo que existe. Cada detalle de esta creación es una manifestación de Su bondad y perfección.
ue se traduce como «fe» en muchas ocasiones, es en realidad mucho más profunda. Emuná implica una confianza inquebrantable y una conexión íntima con Dios, basada en el conocimiento y la experiencia. En Bereshit, encontramos múltiples ejemplos de emuná, tanto de Dios hacia la humanidad como de la humanidad hacia Dios.
En medio de los desafíos y las incertidumbres de la vida, recordemos que la emuná nos brinda fortaleza y esperanza. A través de la historia de la creación, aprendemos que Dios está presente en cada aspecto de nuestras vidas, guiándonos y sosteniéndonos en todo momento. Podemos confiar en que, incluso en los momentos más oscuros, Su amor y cuidado nos rodean. Nuestra vida tiene sentido y propósito, no somos accidentes del azar o de fuerzas inconscientes del Cosmos, sino fruto del amor infinito del Creador. Por supuesto que nuestra existencia terrenal conlleva múltiples desafíos, es parte del plan del Creador para que Su amor pueda manifestarse de manera más bondadosa y no vivamos del pan de la vergüenza, de estar todo el tiempo recibiendo de gracia, sin darle ningún valor a nuestra vida.
En este nuevo comienzo, en Bereshit, queremos recordarles a todos que el amor es un pilar fundamental de nuestra relación con Dios y con los demás. El amor nos une, nos da fuerza y nos permite encontrar significado y propósito en nuestras vidas. En cada interacción, en cada palabra y en cada acto de bondad, podemos manifestar el amor divino que fluye a través de nosotros. Recordando siempre que el amor no implica un mero sentimiento, sino conciencia, pensamiento, acción positiva que beneficie al otro sin esperar ninguna retribución por ello.
Y ahora, ¡un desafío para ti! Te invito a crear una breve frase que refleje la belleza de la creación, la confianza en Dios y el amor que nos impulsa a seguir adelante. ¡Que esta obra original tuya sea un recordatorio constante de nuestra conexión con el Creador y de la importancia de vivir con emuná en cada momento! Luego, pones como comentario aquí mismo esta frase original. Gracias.
Que todos tengamos un Shabat maravilloso y lleno de emuná, y que podamos compartir este mensaje de ánimo, confianza y amor con todos los que nos rodean. ¡Juntos, construyamos un mundo más luminoso y lleno de emuná!
Bendiciones,
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¿Qué podemos aprender de los primeros párrafos de la Torá, donde leemos acerca de la creación del universo, de la aparición de la especie humana y de nuestro tosco primer pecado?
En breve: que nuestra vida tiene sentido, que hemos sido creados con intención, que cada uno de nosotros es valioso y que no estamos jamás abandonados de la Presencia de Dios.
Si estamos acá, es porque Dios quiere y para hacer que este tiempo valga la pena ser vivido.
Se cuenta la historia de una persona extraordinariamente rica, el Sr. Wunderbar. Quería irse de vacaciones exóticas, así que envió a un empleado en una misión para preparar el camino. Éste descubrió una isla ideal con un hotel de lujo. Al llegar, el empleado quedó impresionado con el espléndido vestíbulo donde fue recibido por el gerente del hotel. El emisario sugirió, ya que al Sr. Wunderbar le gusta muchísimo el color dorado, si pudieran decorar pomposamente el vestíbulo de acuerdo a esa predilección. El gerente estuvo de acuerdo: “Claro, ¿para el Sr. Wunderbar? ¡Lo que pida!’ Luego, el gerente abrió la suite real para mostrarla al empleado. El hombre quedó favorablemente impresionado, pero propuso al gerente que al Sr. Wunderbar le gustan bastante las cascadas interiores. “Si pudieran arreglar que hubiera una, el Sr. V. quedaría muy emocionado”. El gerente alegremente asintió y dijo: “¿Para el Sr. Wunderbar? ¡Lo que pida!». Luego fueron a inspeccionar la playa. La arena fina y las aguas azules estaban a la vista. El empleado del Sr. Wunderbar le informó nuevamente que a su jefe le gusta la arena fina y suave al tacto. Preguntó si podrían ocuparse para que eso fuera posible. El gerente respondió: “¿Para el Sr. Wunderbar? ¡Lo que pida!». Dirigiendo su atención al cielo azul claro y las condiciones climáticas ideales, el gerente se jactó: ‘¡Siempre es así!’»: “Al Sr. Wunderbar le gusta alguna nube en el cielo. ¿Hay algo que se pueda hacer?” Con todo el profesionalismo que pudo reunir, el gerente le aseguró: “¿Para el Sr. Wunderbar? ¡Lo que pida!».
Dos semanas después llega el Sr. Wunderbar. Al entrar al vestíbulo, está deslumbrado por el dorado por doquier. En la suite de lujo, contempla con deleite la pura elegancia de la cascada interior. Caminando hacia la playa, sus pies se complacen con excelsa arena delicada. Se recuesta en la cómoda poltrona y contempla el profundo cielo azul, donde un avión acaba de fabricar una suave nube blanca. El Sr. Wunderbar exhala un profundo suspiro expresando su más sublime deleite y luego declara en voz alta: “Este lugar es tan exquisitamente hermoso. ¿Quién necesita dinero para ser feliz?”.
Nosotros, la humanidad, somos el Sr. Wunderbar, a quien llamaremos ahora Adam, el primer humano.
El gerente del hotel, que se ha encargado de que tengamos un mundo hermoso y agradable, es Dios.
Él hizo todo para nuestro bienestar, para que no tuviéramos que angustiarnos ni buscar el sustento.
Por supuesto que Dios lo hizo sin esfuerzo, con infinita sabiduría y bondad planificó y ejecutó la obra, nos la dio y solamente nos pidió que viviéramos en armonía, que cuidáramos nuestro ambiente, que hiciéramos lo posible para no destruir innecesariamente, y que disfrutemos de todo lo permitido.
Nos puso en este paraíso para que la neshamá que somos, el espíritu inimaginable que somos, pudiera aprender y experimentar lo que en estado de espíritu descarnado es imposible.
Como instrumento para este aprendizaje nos prohibió comer del árbol del conocimiento, del bien y del mal, porque a través de la limitación, ejerciendo el sano control, imponiéndonos por sobre nuestros deseos desbocados, es que conseguimos fortalecernos y empoderarnos.
Nos dejó todo maravillosamente preparado, pero no supimos aprovechar el regalo y lo echamos muy pronto a perder.
Adam comió del árbol prohibido, luego quiso esconder su error, más tarde echó la culpa a Dios de lo que había ocurrido y por si fuera poco, mostró una espantosa falta de agradecimiento.
Como consecuencia, el Sr. Adam Wunderbar de pronto perdió toda su riqueza, fue despojado de sus bienes, se le invitó a retirarse de la espléndida isla que estaba diseñada para su beneplácito y debió afrontar el camino del sufrimiento para adquirir el conocimiento y crecimiento espiritual.
Sin embargo, quedaba un tesoro que Dios mantuvo al alcance de su mano, que es la teshuvá, el arrepentimiento, el retorno al buen camino, el desarrollo de la mejor versión de uno mismo.
A través de la teshuvá se llega a descubrir que nuestra vida no es casualidad, que hay un Creador detrás de todo, que el universo tiene sentido y es nuestro deber, y recompensa, elaborar la conexión hacia ese sentido trascendente.
El rabino Ierujim Levovitz enseñó: “Tan pronto como comienzas a estudiar la Torá, desde el primer verso, te das cuenta de que hay un Creador y Gobernante del universo. Esta primera toma de conciencia ya hace un gran cambio en ti para el resto de tu vida. Te das cuenta de que hay una verdadera razón para todo. El mundo tiene significado y propósito”.
Ahora, es nuestra tarea saberlo y vivirlo a pleno, para que ese buen comienzo tenga una maravillosa continuidad.
Es posible recrear el paraíso en la tierra, así como está a nuestro alcance disfrutar de deleites sin igual en el paraíso celestial.
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Bereshit («En el comienzo») es la primera parashá del primer tomo de la Torá, el sefer Bereshit, conocido en español como «Génesis».
Es una porción riquísima y variada, que ha dado motivo para miles de libros, millones de artículos, infinidad de enseñanzas, ya que relata la visión espiritual del comienzo de nuestro universo, y en especial los inicios de la humanidad.
Para facilitar este encuentro, vamos a señalar las siguientes temáticas en ella:
Creación La Torá comienza con el relato del Creador creando todo lo existente, tanto en lo material como espiritual. De acuerdo a Su Voluntad fue una obra paulatina, originando el caos, introduciendo la energía y la materia, dando forma y orden, estableciendo leyes y dejando que la maquinaria infinitamente compleja continuara laborando y desarrollándose.
A esto lo conocemos como los seis días de la creación, que en realidad hace alusión a seis etapas de este proceso, que luego se continuó en un período especial al cual conocemos como «shabat», es decir, de cese de la actividad creativa del Creador.
Creación del ser humano y el árbol del Conocimiento del Bien y del mal Durante el sexto período/día, la Divina Voluntad forma al primer ser humano, que era al mismo tiempo varón y hembra en un solo ser, que es conocido como Adam.
Este ser, difícil de concebir por nuestra mente, en determinado momento reconoció su soledad, por ello buscó denodadamente compañía entre las otras criaturas vivientes, pero no la halló. Entonces, el Eterno continuó su trabajo de formación, ya que separó a Adam para transformarlo en dos individuos, el varón y la hembra, que al encontrarse se reconocieron como complementarios, y así formaron la primera pareja humana.
Ambos vivían en el Gan Eden, donde libremente comían de toda la inmensa abundancia vegetal que había, en armonía con todo lo creado. Sin embargo, el Eterno había establecido que el ser humano no comiera del árbol del Conocimiento, del bien y del mal, pues aún no era el momento para hacerlo. En un confuso incidente, la mujer, comió del fruto y luego dio de comer al varón. Como consecuencia de este acto, vieron afectada su estatura espiritual, por lo cual no pudieron morar más en el Paraíso. Hay mucho más que pudiéramos contar y comentar, pero nos extenderíamos demasiado. Invito a que estudien con ánimo y profundidad toda esta sección de la Torá.
Caín y Abel Adam y Java tuvieron muchos hijos e hijas. Los dos primeros varones fueron Caín y Abel. El primero se dedicó a la agricultura, el segundo al pastoreo. Caín sintió la necesidad de relacionarse con el Creador, aquel que había sido muy cercano a la experiencia de sus padres, pero que para él aparecía lejano, por lo cual, tuvo la idea de relacionarse con Él por medio de elevar aromas de alimentos quemados. Es el origen de lo que conocemos como korbanot, ofrendas o sacrificio. Así pues, fue el primero que se dedicó a lo que podríamos llamar «religión». Abel copió su idea, y la desarrolló hasta mejorarla, pues ofrendó un animalito sabroso en lugar de vegetales ya pasados, de acuerdo a lo que narra nuestra tradición. La ofrenda de Abel fue aceptada por el Creador, lo que vino a agravar rivalidades mutuas, que iban aumentando el enfado, que devino en agresiones físicas, hasta que finalmente Caín asesinó a Abel. El Eterno castigó a Caín por su acto sanguinario y por su indolencia para no sobreponerse a sus malos deseos, haciéndolo errante sobre la tierra.
Generaciones siguientes, la época ante-diluviana Los hijos e hijas de la primer pareja procrearon y la tierra se fue llenando de personas. Diez generaciones pasaron desde Adam hasta Noaj/Noé, en ellas ocurrieron muchas cosas, hubo avances en la cultura y la civilización, que son someramente contadas en breves líneas de la Tora.
Entre tantas personas, solamente hubo dos justos, Janoj/Enoc y Metushelaj/Matusalén. Con cada generación la humanidad iba perdiendo cada vez más el Norte espiritual, lo que aparejaba una degradación moral y física. Tanto era la corrupción que los hijos de la décima generación, desde Adam, llegaron a no vivir totalmente de acuerdo a las facultades inherentes a humanos. Sus actos plagados de maldad fueron llevando a la humanidad al desastre y al mundo a la corrupción, lo que provocó un descalabro ambiental que trajo como consecuencia el diluvio.
Sin embargo, Noaj/Noé se comportaba de tal modo que pudo obtener un juicio favorable por parte de Dios, lo cual continuaremos estudiando, si Dios quiere, en la parashá siguiente.
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«Vio la mujer que el árbol era bueno para comer, que era codiciable a la vista y que el árbol era agradable para ser sabio. Tomó de su fruto y comió. Y también dio a su marido que estaba con ella, y él comió.» (Bereshit/Génesis 3:6)
La mujer no estaba viendo al árbol realmente, sino que veía a través del filtro de su deseo. Por tanto, la visión no era clara y lo más próximo a la objetividad, sino netamente teñida de subjetividad, de creencia, de imaginación fuera de foco.
Es por ello que la mujer vio que el árbol era bueno para comer.
¿Cómo iba a ver la cualidad bondadosa como comestible del árbol?
Eso era imposible, por tanto, lo único que ella estaba haciendo era inventar una excusa para hacer lo que tenía prohibido.
La codicia le perturbaba el entendimiento, creaba justificaciones para hacer plausible el acto ilegal.
Lo único que estaba siendo importante era su deseo, nada más.
Entonces, ¿cómo no iba a realizar la acción prohibida? Si en su mente no existía ninguna prohibición, sino tan solo el deseo.
En tanto, el marido se dejó guiar, perezoso, remiso, falto de voluntad, haciendo de cuenta que no tendría ninguna responsabilidad.
Se estaba dejando llevar por la corriente, no oponía resistencia, fluía para no generar conflicto.
Era arrastrado por la corriente, lo cual resultaba cómodo, puesto que no le obligaba a esforzarse.
Se había acomodado en la zonita de confort, por tanto, dejaba de lado cualquier voluntad o sacrificio; ¡y no se daba cuenta de que su actitud lo llevaba a enormes sacrificios y sufrimientos!
Ya que, un pequeño trabajo ahora, ciertamente tendría el poderoso efecto de prevenir terribles consecuencias más adelante.
Pero, la mente del hombre es limitada, suele escoger el placer cercano, aunque eso le traiga efectos espantosos en el futuro. Puesto que es más placentero el aquí y ahora, en vez de construir un más próspero y benéfico mañana.
Entonces, el hombre se desentendió de lo que estaba pasando. Se dejó llevar, para tener luego la justificación al echar culpas a su mujer.
Porque el ser humano detesta esforzarse, salir de su celdita mental; y detesta también asumir responsabilidad.
Son evidentes trampas del EGO (alias Ietzer haRá) para someternos y mantenernos bajo su dictadura. Porque nos obliga a continuar en impotencia, desentendernos de nuestro poder y potencial a realizar. En cambio, nos debilita, nos empobrece, nos llena de miedos, nos puebla la imaginación de inseguridades, nos niega las chances de estar mejor si nos dedicamos a manifestar el bien que está a nuestro alcance.
Con la excusa de no sufrir, de no entrar en conflicto, de no privarse de placeres, de no ser un perdedor… con cualquier excusa, terminamos en la ruina, empobrecidos, miserables.
¿Se entiende que está en nosotros revertir este automatismo generalizado en nuestra especie?
Plantear metas a corto, mediano y largo plazo y ponernos de inmediato a realizarlas.
Permitir al plano espiritual orientarnos, al plano mental diagramar estrategias, al plano social vincularnos, al plano emocional, llenarnos de energía y al plano físico ejecutar la obra.
De esta manera no solamente domesticaremos el deseo, haciéndolo aliado de nuestras victorias y deleites, sino que estaremos evitando dolor y derrotas.
Todo resumido en un sólo versículo sumamente poderoso.
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