El paraíso perdido

¿Qué podemos aprender de los primeros párrafos de la Torá, donde leemos acerca de la creación del universo, de la aparición de la especie humana y de nuestro tosco primer pecado?

En breve: que nuestra vida tiene sentido, que hemos sido creados con intención, que cada uno de nosotros es valioso y que no estamos jamás abandonados de la Presencia de Dios.
Si estamos acá, es porque Dios quiere y para hacer que este tiempo valga la pena ser vivido.

Se cuenta la historia de una persona extraordinariamente rica, el Sr. Wunderbar. Quería irse de vacaciones exóticas, así que envió a un empleado en una misión para preparar el camino. Éste descubrió una isla ideal con un hotel de lujo. Al llegar, el empleado quedó impresionado con el espléndido vestíbulo donde fue recibido por el gerente del hotel. El emisario sugirió, ya que al Sr. Wunderbar le gusta muchísimo el color dorado, si pudieran decorar pomposamente el vestíbulo de acuerdo a esa predilección. El gerente estuvo de acuerdo: “Claro, ¿para el Sr. Wunderbar? ¡Lo que pida!’ Luego, el gerente abrió la suite real para mostrarla al empleado. El hombre quedó favorablemente impresionado, pero propuso al gerente que al Sr. Wunderbar le gustan bastante las cascadas interiores. “Si pudieran arreglar que hubiera una, el Sr. V. quedaría muy emocionado”. El gerente alegremente asintió y dijo: “¿Para el Sr. Wunderbar? ¡Lo que pida!». Luego fueron a inspeccionar la playa. La arena fina y las aguas azules estaban a la vista. El empleado del Sr. Wunderbar le informó nuevamente que a su jefe le gusta la arena fina y suave al tacto. Preguntó si podrían ocuparse para que eso fuera posible. El gerente respondió: “¿Para el Sr. Wunderbar? ¡Lo que pida!». Dirigiendo su atención al cielo azul claro y las condiciones climáticas ideales, el gerente se jactó: ‘¡Siempre es así!'»: “Al Sr. Wunderbar le gusta alguna nube en el cielo. ¿Hay algo que se pueda hacer?” Con todo el profesionalismo que pudo reunir, el gerente le aseguró: “¿Para el Sr. Wunderbar? ¡Lo que pida!».

Dos semanas después llega el Sr. Wunderbar. Al entrar al vestíbulo, está deslumbrado por el dorado por doquier. En la suite de lujo, contempla con deleite la pura elegancia de la cascada interior. Caminando hacia la playa, sus pies se complacen con excelsa arena delicada. Se recuesta en la cómoda poltrona y contempla el profundo cielo azul, donde un avión acaba de fabricar una suave nube blanca. El Sr. Wunderbar exhala un profundo suspiro expresando su más sublime deleite y luego declara en voz alta: “Este lugar es tan exquisitamente hermoso. ¿Quién necesita dinero para ser feliz?”.

Nosotros, la humanidad, somos el Sr. Wunderbar, a quien llamaremos ahora Adam, el primer humano.
El gerente del hotel, que se ha encargado de que tengamos un mundo hermoso y agradable, es Dios.
Él hizo todo para nuestro bienestar, para que no tuviéramos que angustiarnos ni buscar el sustento.
Por supuesto que Dios lo hizo sin esfuerzo, con infinita sabiduría y bondad planificó y ejecutó la obra, nos la dio y solamente nos pidió que viviéramos en armonía, que cuidáramos nuestro ambiente, que hiciéramos lo posible para no destruir innecesariamente, y que disfrutemos de todo lo permitido.
Nos puso en este paraíso para que la neshamá que somos, el espíritu inimaginable que somos, pudiera aprender y experimentar lo que en estado de espíritu descarnado es imposible.
Como instrumento para este aprendizaje nos prohibió comer del árbol del conocimiento, del bien y del mal, porque a través de la limitación, ejerciendo el sano control, imponiéndonos por sobre nuestros deseos desbocados, es que conseguimos fortalecernos y empoderarnos.
Nos dejó todo maravillosamente preparado, pero no supimos aprovechar el regalo y lo echamos muy pronto a perder.
Adam comió del árbol prohibido, luego quiso esconder su error, más tarde echó la culpa a Dios de lo que había ocurrido y por si fuera poco, mostró una espantosa falta de agradecimiento.

Como consecuencia, el Sr. Adam Wunderbar de pronto perdió toda su riqueza, fue despojado de sus bienes, se le invitó a retirarse de la espléndida isla que estaba diseñada para su beneplácito y debió afrontar el camino del sufrimiento para adquirir el conocimiento y crecimiento espiritual.

Sin embargo, quedaba un tesoro que Dios mantuvo al alcance de su mano, que es la teshuvá, el arrepentimiento, el retorno al buen camino, el desarrollo de la mejor versión de uno mismo.
A través de la teshuvá se llega a descubrir que nuestra vida no es casualidad, que hay un Creador detrás de todo, que el universo tiene sentido y es nuestro deber, y recompensa, elaborar la conexión hacia ese sentido trascendente.

El rabino Ierujim Levovitz  enseñó: “Tan pronto como comienzas a estudiar la Torá, desde el primer verso, te das cuenta de que hay un Creador y Gobernante del universo. Esta primera toma de conciencia ya hace un gran cambio en ti para el resto de tu vida. Te das cuenta de que hay una verdadera razón para todo. El mundo tiene significado y propósito”.

Ahora, es nuestra tarea saberlo y vivirlo a pleno, para que ese buen comienzo tenga una maravillosa continuidad.
Es posible recrear el paraíso en la tierra, así como está a nuestro alcance disfrutar de deleites sin igual en el paraíso celestial.

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