Comienza por estas horas el mes de Adar II (año 5774).
Como es habitual se menciona el lema “mishenijnas Adar marbin mesimja” – “desde que entra Adar se abunda en alegría” (TB Taanit 26b).
Entre los diversos discursos y oratorios que me ha tocado oír, leer, participar en estos días, me encontré reiteradamente con un mensaje con el cual no sintonizo mucho.
Es ese que dice, más o menos así: “Hay una mitzvá en la Torá de servir a Dios con alegría, porque de no hacerlo sobrevienen los terribles castigos mencionados en el libro de Devarim/Deuteronomio. Por ello, aunque te sientas terrible, no tengas ganas de nada, debes obligarte a sentirte feliz, porque de no hacerlo estarás pecado, estarás demostrando tu poca “fe”, no estás haciendo la hishtadlut necesaria, te dejas arrastrar por tu ietzer hará. O estás feliz, o estás en estado de alejamiento y ocultamiento de Dios".
Como dije, estoy parafraseando a algunos de los que expusieron sobre el tema, según lo que yo entendí y vierto ahora aquí.
Y por supuesto, no coincido con ello.
Daré un breve punto de vista, pequeñito, de un tema que quizás sirva para abundar en otras ocasiones.
Primero, mencionaré el pasaje de Deuteronomio y veremos una luz un tanto diferente:
"Por no haber servido al Eterno tu Elokim con alegría y gozo de corazón por la abundancia de todo"
(Devarim / Deuteronomio 28:47)
Primero, si buscamos en el “Sefer haJinuj” si este párrafo corresponde a alguna de las 613 mitzvot, encontramos que no está registrada como tal.
Entonces, si tomamos esta referencia ya encontramos una pequeña falacia, pues no se trata de una mitzvá en si misma.
Por supuesto que está en la Torá y tiene una enorme importancia y enseñanzas, pero al menos con la base del “Sefer haJinuj” no podemos equipararla con un mandamiento.
Entonces, tal vez no haya una mitzvá de estar alegre en todo momento, (aunque algunos cantitos así nos quieran hacer creer), pero sí existe el estar auténticamente alegre por cumplir una mitzvá porque estamos haciendo la Voluntad del Creador, y no hay otro motivo secundario más que ello (ver TB Shabat 30b).
Luego, el pasaje no dice que el judío debe servir a Dios todo el tiempo con alegría y gozo de corazón, leamos con precisión; dice específicamente: “por la abundancia de todo”.
Al respecto comenta Rashi: “mientras aún estaba todo bien para ti”.
En tanto que Ibn Ezra dice: “con todo lo que deseas o precisas”.
Es decir, no se trata de estar alegre en un estado de calamidad, de angustia, de real falta, caído en desesperación por no tener lo indispensable.
Sino, de ser agradecido cuando se alcanza la satisfacción. ¿Cómo? Siendo pleno, sincero, amplio en la gratitud, en la bendición a causa de estar saciado.
Como en otro pasaje menciona y dicta la Torá:
"Comerás y te saciarás, y bendecirás al Eterno tu Elokim"
(Devarim / Deuteronomio 8:10)
Que se interpreta generalmente como: “cuando comas y te sacies, entonces bendecirás realmente al Eterno”.
Esa es la misma idea que expresa el párrafo en 28:47, de ser agradecido, de sentirse a gusto, en paz y no desesperado siempre por más, ansioso por devorar lo que es de otro, nunca satisfecho. De no ser un quejica, nunca reconocer lo que se ha obtenido y disfrutado, siempre criticando y sin dar muestra de reconocimiento y agradecimiento.
Así pues, no hay base firme para los que insisten en señalar culposamente a los que por uno u otro motivo no están alegres, cuando las condiciones no les permiten estarlo.
Sabemos que hay personas que sufren de ciertas alteraciones en su química cerebral y que están impedidas o se les dificulta despegarse de un estado apático, o de terrible desazón, o insoportable tristeza. No hay terapia psicológica, ni bailoteos emocionales, ni buena voluntad, ni fe, ni empeño que modifique favorable y sustancialmente esas alteraciones. A Dios gracias, y con el intenso trabajo y apoyo de científicos, empresas, pacientes, médicos, etc., al día de hoy contamos con un interesante arsenal, por lo general en manos de psiquiatras, que permiten estabilizar el humor, compensar las variaciones en la química neuronal.
La gente necesitada, realmente, de esas prescripciones médicas, no pueden ser atormentadas con sentimientos de culpa inexistente, de ser culpables de pecados que no cometen.
Pero, además, en la vida suceden acontecimientos, grandes o pequeños, que acongojan a la persona.
No existe un parámetro único y universal para determinar qué afecta, a quien, en qué medida.
Lo que a ti puede sumergir en una espantosa pesadilla, a tu vecino le pude resultar un asunto sin importancia y casi inadvertido.
Aquello que a ti contenta, a tu amigo apena.
Cada uno con sus circunstancias, experiencias, realidades.
Entonces, cuando toca el momento del dolor, del llanto, de la tristeza, es bueno que uno la sienta, la reconozca, no la niegue, la procese y convierta esa señal y energía en algo positivo. En la medida de lo posible.
Pero, si por escuchar las palabras de este o aquel rabino, uno se siente en el compromiso de obligatoriamente estar contento, porque si no lo está es culpable de graves pecados, ¿acaso alguien admitirá su pena? Al no hacerlo, se la esconde, por lo cual tiende a crecer, a complicarse, a afectar mucho más, a obtener un poder que no hubiese alcanzado si se reconocía el sentir en su momento, se lo canalizaba de la manera adecuada. Sin manías, sin presiones para usar máscaras de supuesta alegría “religiosamente” obligatoria.
Si una persona se siente abatida, triste, y trata de sobreponerse genuinamente y no puede.
no se regodea en su sufrimiento, no lo usa como estrategia de manipulación, no obtiene la ventaja secundaria de la enfermedad.
¿Es justo acusarla de pecadora y merecedora de terribles castigos?
¿Eso es misericordia?
¿Así se consigue elaborar una vida de armonía y shalom?
¿Obligarla a aparentar felicidad, sea consciente o inconscientemente, es la senda de la Torá?
¿No sería mejor hacer algo, un poco más saludable e inteligente, que simplemente etiquetarla, acusarla, oprimirla?
En su genialidad habitual, el sabio Salomón nos enseñó:
"tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de estar de duelo y tiempo de bailar"
(Kohelet / Predicador 3:4)
Sí, porque si bien esperamos que cada día sea de regocijo, de alegría, de deleite de lo bueno, también es posible que ocurran situaciones gravosas, que nos llevan al llanto, al duelo, a la angustia. No es lo deseable, pero es lo posible.
Reconocerlo, aprender a manejarnos con inteligencia emocional en esas situaciones, nos permite tener el poder y no ser payasos con una risotada falsa dibujada en el rostro y a merced del EGO y sus maquinaciones.
Porque, no es bueno perpetuarse en el dolor, en el sufrimiento, en la queja, en la impotencia.
Lo bueno es poder gozar cada día de lo que tenemos permitido, y no estar enfangados en el pesar.
Pero, para hacerlo verdaderamente no podemos usar métodos irreales, tales como el escapismo de usar máscaras de alegría, o empastillarnos hasta perder el foco del origen y sentido de nuestro sentir.
¿Comprendes la idea que te estoy compartiendo ahora?
Hoy estamos tristes, bueno, sepamos que es así y aprendamos a manejar nuestras emociones, nuestra energía, para alcanzar el shalom interno.
No por una obligación mística, no por miedo a estar pecando, sino para alcanzar el estado de salud que nos corresponde.
Y si estamos necesitados de la muleta química, la que nos provee la ciencia moderna y está prescrita por un profesional competente y ético, ¡no desaprovechemos esa bendición! Pero, tampoco nos aferremos a ese bastón ni hagamos de nuestra vida una esclavitud a las drogas legales. Probemos de a poco avanzar en la superación, si ello es posible.
Pero, cuando has comido, estás satisfecho, entonces ¡bendice!
Y no esperes que la satisfacción sea de cada deseo, hasta el más ínfimo detalle, que todo esté a pedir de boca, porque esa es una fantasía del EGO, que te aleja de ti mismo y de la felicidad.
Come, obtén satisfacción real, aquí y ahora, y agradece.
Agradece, aprende a contentarte sin por eso caer en apatía o conformismo mediocre.
Sé feliz con tu porción, sin por ello dejar de trabajar por alcanzar una mejor posición el día de mañana.
Sé agradecido, aunque aún no estés en lo que consideras “te mereces”.
Aprende de todo, tanto de lo que sientes bueno como de lo que no.
Reconoce tus emociones, no las niegues, no las entierres y hagas de cuenta que no tienen motivo para estar en ti. Cuando sean emociones que son un lastre, trabaja sobre ti mismo para perfeccionar tu carácter y ser más feliz, más pleno, de mayor bendición.