Addicted to love

El enamoramiento, que no es lo mismo al amor, tiene una base biológica.
Ante la presencia, o el recuerdo, de la persona de la que estamos enamorados, ciertas zonas del cerebro intervienen en la liberación de sustancias químicas que estimulan y generan sensación de placer.
El organismo desea repetir la experiencia placentera, por lo cual se buscará el estímulo externo, a la persona (o interno, si es un pensamiento que la evoque), tal y como una adicción. De hecho, lo es. En nombre de la ciencia te lo explican, los artistas (link no tzanúa para algunos) te lo reflejan, tú lo vives. El famoso enamoramiento, al cual muchos confunden con amor. La tan renombrada ceguera del amor.
Es que efectivamente, es una cuestión ciega, carente de sentido, sin proyecciones al futuro, sin evaluaciones de idoneidad, sin compromiso o responsabilidad, es una atracción producto de la química cerebral.
No hay cálculos, solo el deseo de experimentar ese placer. Un gozo que no depende realmente de la otra persona (como tal), ni de lo que hace o dejar de hacer para enamorarnos, ya que es una oscura propiedad la que hace resonar las ondas de la pasión. Es aquello que (de forma inconsciente) provoca que nuestro cerebro se active en el proceso de segregación de la dopamina y nos llene de sensación placentera (y de alguno de esos síntomas típicos de la persona enamorada).
¿Qué será lo que dispara esta reacción en cadena?
¿Algún aroma que ni siquiera identificamos conscientemente que nos haga sentir seguros, como cobijados?
¿La mirada? ¿La postura? ¿Un gesto? ¿Un parpadeo que nos recuerda a alguien de valor? ¿El leve movimiento de la cabeza a un lado?
Cualquiera de estas, cualquiera de las que no mencionamos, pero que activan el proceso del placer.
Entonces, ya poco importa si la persona no es muy hermosa (incluso en nuestra valoración personal), ni su clase social, ni su nivel cultural, ni su estado civil, ni… nada importa porque el efecto se produce en un lugar más allá (o acá) de la conciencia, de la toma de decisión voluntaria. Aquello que nos activó se impone a nuestra realidad y se desea, porque el placer es intenso, es profundo, se quiere repetir. Sí, es una droga.

Puede ser extraño que particularmente cuando la relación no es racionalmente positiva o saludable, la necesidad de repetir la sensación se refuerza.
Aquí también interviene otro factor del cerebro, al que nosotros denominamos EGO.
Entran a jugar otras cuestiones, tan primitivas y básicas como lo anterior. El poder, la impotencia, el obtener seguridad, el controlar al medio, todo en lo que participa el EGO.

No valen de nada explicaciones, racionalizaciones, elaboraciones intelectuales que demuestren que la relación no es saludable o insatisfactoria en niveles más elaborados, ya que la necesidad del estímulo químico es más poderoso.
El enamorado está “poseído”, sueña con su objeto de deseo, anhela su presencia, codicia cada instante, y no se da cuenta de que detrás hay una adicción al placer que se suscita en su química neuronal.

Esta etapa de enamoramiento tarde o temprano se desvanece. El efecto del otro no se mantiene.
Se perdió la “química” en la relación.
Cuando además de enamoramiento se pudo construir una relación multidimensional, la pareja puede subsistir, ya en un plano diferente.
Cuando solo el placer mantenía viva la relación, se evapora una y se lleva la otra.
Tal vez se quiera recuperar ese idilio, el loco romance, la fuerza de la droga con mecanismos no saludables, como un adicto dependiente psíquico y físico que busca recuperar el efecto aumentando la dosis o con el policonsumo.

¿Qué podemos hacer para superar el trance de la adicción del enamoramiento y que no derive en situaciones tóxicas?
¿Cómo conducirnos para que el lapso del enamoramiento sirva como una base para una relación saludable, si es lo adecuado?
Son algunas de las preguntas cuyas respuestas esbozamos en el texto y otras puedes tú aportar aquí como comentario.

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