Condición para bendición

En nuestra parashá encontramos el siguiente ruego:

"Mira, desde Tu santa morada, desde los cielos, y bendice a Tu pueblo, a Israel y al suelo que nos diste, como juraste a nuestros padres: tierra que fluye leche y miel."
(Devarim / Deuteronomio 26:15)

Sifri (302) comenta al respecto de este versículo que: "Él bendecirá a Sus hijos -Su pueblo- con hijos e hijas".

¿Cuál es la novedad del señalamiento del Midrash?
Pues, que la bendición es realmente cuando los padres pueden compartir su espiritualidad con sus hijos e hijas.
Por ejemplo, cuando todos están sentados a la mesa de Shabbat comiendo juntos, cantando juntos, aprendiendo y enseñando Torá juntos y bendiciendo juntos.
¡Esa es una verdadera bendición y deleite!
Gozo que difícilmente se obtiene cuando están amontonados alrededor de una mesa pegados a lo que pasa por la pantalla de la TV, o entreverados en discusiones superficiales y ociosas, o cada uno en su propia actividad ajeno al otro y a la santidad del encuentro.
Es cuando padres e hijos, hijos y padres se envuelven de actividades espirituales en conjunto cuando en el interior del ser se percibe una paz y una dicha que es imposible describir con palabras.

El profeta Malaji/Malaquías lo expone de la siguiente manera:

"Él hará volver el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres; no sea que venga Yo y golpee la tierra con destrucción."
(Malaji / Malaquías 3:24)

¿Qué nos está diciendo este versículo en referencia al tema que tratamos?
Pues, que si el corazón de padres e hijos no están en armonía, si no hay un estrecho lazo de espiritualidad entrambos, entonces están en condición de sufrir dolores, rompimientos, falta de serenidad.

Recordemos que la espiritualidad no es una cuestión de meditaciones, aislamiento o penurias del cuerpo, sino todo lo contrario. En nuestra Tradición se reconoce que el cuerpo es el vehículo privilegiado en Este Mundo para desplegar el potencial espiritual y de ese modo que reciba los goces de su desarrollo.
Por tanto, cuando los miembros de la familia están físicamente cercanos1 y actuando acorde a los mandamientos del Eterno, reciben un influjo bendito desde Arriba que les provee de crecimiento espiritual y deleite percibido también en lo corporal.

Por su parte, y en concordancia con este pensamiento, en el "Avnei Nezer" se señala que una persona cumple con el mandamiento de entregar sus primeros frutos al Eterno2, no solamente trayendo al Templo las frutas que nacen de la tierra, sino también aquellas que salen de sus propias entrañas: sus hijos.
Es un deber de cada padre, durante los años de la tierna infancia, inspirar santidad en la vida de nuestros hijos, por medio de la enseñanza de la Torá y sus valores. Cuando esta enseñanza es apropiada, el niño siente la proximidad con el Eterno, Lo siente como parte de su vida cotidiana.
De esta manera, los padres son bendecidos juntos a sus hijos e hijas, que son la verdadera bendición para el pueblo judío.
En palabras del Proverbista:

"Mucho se alegrará el padre del justo; el que engendró un hijo sabio se gozará con él."
(Mishlei / Proverbios 23:24)

Desde una perspectiva mayor, universalista, podemos apuntar que la bendición para el mundo se percibirá cuando las naciones acepten la presencia de Israel, para que habiten en paz y armonía con él.
Prestemos atención al versículo de la Torá:

"Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga maldeciré. Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra."
(Bereshit / Génesis 12:3)

Para concluir, una bella historia:

Una vez, tres hombres – uno pobre, un simplón, y un soltero pasado de años y pobre- vinieron a Eliahu el Profeta, para pedir su bendición.
El primer hombre dijo: “Soy tan pobre que ni siquiera puedo alimentar y vestir a mi familia. Por favor, bendígame para que me convierta en millonario”
Eliahu estuvo de acuerdo, pero con una condición: “Cuando seas rico, debes prometer dar caridad y compartir tu riqueza con otros”. El hombre prometió, y Eliahu le dio una moneda. “Esta moneda te hará rico,” aseguro el profeta. “No olvides tu promesa.”
El segundo hombre vino e hizo su demanda: “Lo único que deseo es convertirme en un estudioso de la Torá. Por favor, ayúdeme”
Eliahu consideró su petición, con una condición: “Cuando te vuelvas un estudioso de Torá, debes prometer instruir a la gente más simple que venga a ti pidiendo estudiar Torá.”
“Claro, lo prometo” dijo el hombre. “Será un honor para mí enseñar a mis prójimos judíos”
Eliahu tomó una hoja de pergamino en la que estaba escrito el alfabeto hebreo y la dio al hombre. “Si estudias de esta página te volverás un gran estudioso. Pero no olvides de tu promesa” dijo. El hombre partió con el pergamino apretando a su pecho.
Entonces, el tercer hombre se acercó al profeta. “Por favor, tenga piedad de mí. Ya no soy joven. Además soy muy pobre y no tan sabio. Estoy solo en el mundo, sin esposa. Pero no deseo cualquier consorte- sólo me casaré con una mujer inteligente”
Eliahu le dijo: “Tengo la mujer perfecta para ti. Pero debes prometer escuchar a tu esposa, todos los días de tu vida”. El hombre estuvo de acuerdo y Eliahu lo llevó a las profundidades del bosque. Entraron en una choza pequeña dónde una mujer anciana y su hija estaban sentadas. “Esta es la esposa perfecta” dijo al profeta, señalando la hija. Ambas partes aceptaron y la boda tuvo lugar.
Pasaron dos años y Eliahu volvió para ver si los tres mantuvieron sus promesas. Primero, visitó la casa opulenta del anteriormente hombre pobre. En la gran puerta había un cartel: “Mendigos y Entregas por la puerta de servicio”. Eliahu fue a la puerta trasera y recibió una moneda. “Deseo hablar con su patrón,” exigió el profeta. “No me está permitido. Puede recibir una moneda y una hogaza de pan.”
“No,” insistió Eliahu. “¡Quiero ver al dueño de casa!”
Eliahu provocó semejante alboroto, que el dueño fue llamado.
Eliahu le pidió una suma más sustancial, pero éste se mofó: “¡Una moneda es bastante para ti!”
“Veo que no me reconoces y has olvidado tu promesa,” Eliahu dijo. “Debes devolver mi moneda”
“¿Acaso piensa que la tonta moneda hizo algo?”. El hombre devolvió la moneda y al poco tiempo empobreció.
Luego, Eliahu fue a visitar la gran Ieshivá dónde el simple era ahora un renombrado estudioso de Torá. “Perdóneme Rabino, pero me gustaría aprender Torá,” dijo el profeta
“¿Ha estudiado el Talmud entero y todos sus comentarios?”
“No, no he tenido la oportunidad de estudiar”
“Lo siento, no tengo tiempo para instruir a los principiantes. ¡Soy el director de la Ieshivá y tengo cosas más importantes que hacer!”
Eliahu insistió, pero sin efecto. Entonces dijo: “Veo que no me reconoces. No has mantenido tu promesa. ¡Debes devolver mi pergamino!”
“¡Este pergamino no tiene valor!” El estudioso se rió. “Tómelo”. Al poco tiempo olvidó todo lo aprendido.
Tristemente Eliahu caminó a la choza de la pareja. La esposa vio Eliahu y dijo a su marido: “Nunca tuvimos el privilegio de recibir a un invitado, y ahora se acerca un hombre que parece distinguido. Tomemos nuestra vaca y sacrifiquémosla para servir a nuestro huésped adecuadamente”
El marido no podía imaginar cómo se arreglarían sin la vaca- pues vivían de su leche- pero estuvo de acuerdo.
Eliahu comió y cuando terminó, dijo a la pareja: “Veo que has vivido de acuerdo a tu promesa, y por ello tengo dos regalos para ti -una moneda y un pergamino…”

¡Les deseo a usted y los suyos que pasen un Shabbat Shalom UMevoraj!
Shaná Tová – Ketivá vaJatimá Tová
¡Qué sepamos construir shalom!

Moré Yehuda Ribco

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