Dar y recibir, en su medida

La lectura pública del pueblo judío de Torá de esta semana comienza con las palabras:

"Estas son las generaciones de Noaj / Noé … la tierra estaba llena de corrupción…"
(Bereshit /Génesis 6:9-11).

Se brinda explícitamente una razón para la catástrofe que vendrá:  "la tierra estaba llena de corrupción".

El Midrash y el Talmud (Bereshit Raba tratado de Sanhedrin) dice que los habitantes de la tierra estaban sumidos en idolatría, asesinato, el robo y el hurto, además de que habían pervertido los modos sexuales (orgías, swingers, infidelidad, prostitución como forma de idolatría, incluso teniendo relaciones sexuales entre diferentes especies).
Para ser precisos, los seis mandamientos universales en vigor, de los siete dados por Dios a Adam, eran violentados a cada rato por aquellas personas.
La degradación era cada día peor y peor.
Las advertencias no surtían efecto, la corrupción avanzaba a pasos agigantados.
Los pocos que sobresalían de esa masa enfermiza, prontamente eran desaparecidos, por las buenas o las malas.
Sí, la tierra estaba podrida por la acción del hombre.
Como si viéramos el espejo de la actualidad, por ejemplo, en donde la gente torpemente iguala a un rehén inocente sometido a vejámenes como si fuera idéntico a 1027 humanos bestiales, asesinos a sangre fría, instrumentos de terrorismo del imperialismo árabe-musulmán, que están presos por justicia imparcial.
Así también era aquella generación en bancarrota, liderada por mafiosos, plagada de “religiosos”, llena de mentiras para adormilar las conciencias y continuar con la depravación y depredación.
Era un mundo espantoso, como estamos haciendo con el nuestro.

Ahora, interrumpamos las malas noticias de antaño y procedamos a aprender algo muy interesante.

Sabemos que el ser humano es un organismo intercomunicado que da y recibe.
Ambas funciones son indispensables para una vida saludable, equilibrada, de desarrollo, de trascendencia.
Ni siquiera somos conscientes del continuo mecanismo de vida que a cada instante nos sostiene y se produce en este dar y recibir. Nos ventilamos, inhalamos y exhalamos, estamos en un flujo permanente de intercambio de gases. Pero no solamente, estamos también sometidos a otro tipo de procesos, pensemos en la temperatura, presión, contacto, etc.
En esto no intervenimos voluntariamente, sumemos a los intercambios que hacemos de forma más o menos consciente.
Damos y recibimos.
Ambos importantes y buenos.
No debemos creer como esos religiosos que ven en el recibir algo “del mundo”, de “la carne”, materialista y por tanto malo. ¡Nada que ver! Es parte de nuestra naturaleza, es tal como nos diseñó Dios.
Dar y recibir en su justa medida.
Porque pensemos, que pasa si nos restringimos fuera de límites saludables, tanto en el dar como en el recibir.
Si no pudiéramos contener nuestros esfínteres excretores, por ejemplo; o nos negáramos a expeler la materia fecal; o nos prohibiéramos respirar, etc.
Es imprescindible entenderlo, dar y recibir son buenas, todo en su justa medida.

Volvamos a la generación del Diluvio, la hermana gemela de la nuestra.
Dijimos idolatría, asesinato, depravación y robo.
Voy a pedirte que nos centremos un momento en los dos últimos.

El robo es un acto de "recibir" de otro sin su consentimiento, al tomar de otro estoy en cierta forma “recibiendo”.
Se podría decir que el robo es la corrupción del recibir.

La depravación sexual se puede entender como un acto de "dar", particularmente si lo vemos desde la posición “masculina” o activa.
Se está dando la semilla de la vida, aunque probablemente no sea fructificada en una nueva vida. En la posición activa se procura brindar placer al otro, si bien se lo obtiene también como efecto secundario. Es un proceder de la esencia masculina, al menos desde el punto de vista cabalística, el gozar por haber dado placer a otro.

En ambas acciones, robar y depravación, hay un desajuste entre el donante y el receptor.

Su EGO se apañó para deformar el dar y recibir para transformarlo en una viciosa herramienta de esclavitud.
Se convirtieron en receptores egoístas, que procuran llevar a la impotencia a otro, dominarlo, someterlo, privarlo de lo que le corresponde.
Así también con el dar fuera de cauce, en donde se es dador egoísta, se trata de dominar y someter a otro, aunque en apariencia a veces el otro pueda estar conforme con lo que ocurre (o no pueda o quiera expresar su disconformidad).
Tanto en este dar como en este recibir se está actuando a instancias del EGO, no a favor de la bondad, no por justicia, no con armonía, sino por EGO.
Ese EGO que se nos presenta como salvador, como un dios interno, como una fuerza poderosa, como un amo controlador, pero que no es más que un payaso impotente que usurpa nuestro liderazgo y nos pone en posición dudosa y de impotencia.

Con el EGO al poder, el egoísmo es la meta, lo que sienta bases para el abuso desenfrenado.
Sea en el interior de cada uno, en el microcosmos familiar, en el ecosistema mundial, en el universo.
Cuando el EGO es el que controla, estamos en la senda del dolor.

Por supuesto que Dios nos ha dado dos poderosas herramientas para canalizar al EGO, dejarlo en su lugar, tenerlo como siervo y no como amo.
Por una parte nos ha dado una esencia espiritual intachable, nada puede perjudicarla. Es lo que somos eternamente. Es nuestro lazo de Luz. Es nuestra conexión sagrada con Dios y con todo lo creado. Está en nosotros, somos nosotros, es esa vocecita constante y dulce que nos llama, pero que atareados, consumidos por el EGO no alcanzamos a escuchar o a comprender.
Por otra parte, Él nos ha dado los mandamientos. Los siete principios universales para los gentiles, los 613 para el pueblo judío. Son el manual de vida, de bendición, de “salvación”, en este mundo y para la eternidad.
Cuando la esencia espiritual resplandece a través de las acciones sintonizadas con los mandamientos, el EGO pierde el poder, el egoísmo deja de consumir a la persona, el equilibrio interno se posibilita, lo que brinda la ocasión para el equilibrio del ecosistema general.

Podemos dar y recibir de forma desajustada, entonces nos corrompemos, corrompemos al mundo.
Podemos atender a nuestra propia esencia espiritual, sea de gentil o de judío, dotarla de “alas” por medio de las acciones afines a los mandamientos correspondientes, entonces brindamos un crecimiento y shalom multidimensional a nuestro ser, al entorno, al cosmos.

Noé fue encomendado a construir un arca, una embarcación que contenía un mundo en miniatura.
Noé se vio obligado a entregarse totalmente al cuidado de cada uno de los animales, así como los humanos, que estaban instalados en el arca.
No tenía tiempo ni excusa para dejarse conquistar por el EGO.
Su deber era salvar al mundo, y lo estaba haciendo.
Estaba armonizado con su esencia espiritual, alumbrado por la Luz del Eterno, porque cumplía cabalmente con lo que le correspondía.
Toda su existencia era un trabajo constante de alimentación y de cuidado de las criaturas a su cargo, cada uno según sus necesidades específicas y horarios, y al mismo tiempo un acto de protección para él y su familia. Había límites claros, eran respetado. 
Así que por un lado, que estaba siendo protegido de las fuerzas externas de la inundación, y por otro lado, su función principal era ser protector de los demás, y por tanto de sí mismo.

Afuera había gobernado el EGO, con la corrupción.
El dar y recibir trastocados, enfermos, mortales.
En el Arca estaba el EGO bajo la bota del hombre, aquel que actuaba en sintonía con la Voluntad de Dios.
Por ello el dar y recibir eran ajustados, cabales, saludables.

Noé debía de aprender para luego ser capaz de reconstruir una humanidad basada en un equilibrio satisfactorio de dar y recibir.
Pero, al poco tiempo que descendió del buque, cuando aflojó su compromiso con “la causa”, el EGO nuevamente hizo trampas y lo llevó al abismo.
Recordemos, no estamos libres del EGO, nunca. Ni siquiera los sabios, ni los “santos”, todos cargamos el EGO, porque somos en parte EGO.
Noaj había recién recibido nuevamente los Siete Mandamientos, vislumbró la señal del arcoíris que lo simboliza, pero había salido del Arca, volvió a la vida “llana”.
Pensó que ya tenía el poder sobre el EGO, que podía ser libre y sin atención a las trampas del mismo.
Pero se equivocó:

Gen 9:20  Entonces Noé comenzó a labrar la tierra, y plantó una viña.
Gen 9:21  Y bebió el vino y se embriagó, y se desnudó en medio de su tienda.

Sí, la corrupción en el dar y recibir.
Le dio a la tierra la semilla de la vid, plantó, cuidó, cosechó, produjo vino y se emborrachó. Eso lo llevó a… bueno, es otro tema…
Tuvo sus buenas intenciones, pero poco fundamentadas.
El EGO se los comió a través de la bebida.

Para crear un equilibrio armonioso debemos estar seguros de que así como nosotros nos protegemos y a nuestros seres queridos, de hacerlo con el universo.
A fin de dar hay que saber recibir, y para poder recibir correctamente debemos aprender el arte de dar, de esta manera se completa el circuito del flujo de la vida.

Podemos construir un Arca de vida, que nos lleve, que nos contenga, que nos canalice, que nos haga crecer.
Nos convertimos en un arca, una embarcación, en donde hay reciprocidad en la energía de dar y recibir el flujo sin problemas a través de nosotros, creando un universo armonioso, equilibrado.

Podemos hacerlo, debemos hacerlo.
Es nuestra tarea en esta vida.

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