El cuerpo conoce

El cuerpo conoce, aprende, recuerda, actúa, se relaciona.
Quizás algunos de los verbos parezcan obvios, pero otros te puedan resultar novedosos o hasta sorprendentes. ¿El cuerpo recuerda? ¿No recuerda el cerebro o el recuerdo se graba en conexiones entre neuronas? ¿Qué tiene que ver el cuerpo en su totalidad?
¿El cuerpo conoce y aprende? Quizás pueda resultar innecesario decirlo, pero tal vez podemos descubrir mayor profundidad de lo que surge a primera vista.

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El primer banco de memoria es nuestro cuerpo.
El primero en aprender es nuestro cuerpo.
El primero en responder, incluso en edad adulta, es el cuerpo.

Cuando nacemos, cuando nos vemos sumergidos en un océano de plena impotencia, es el cuerpo el que padece, el que memoriza el trauma espantoso.
Es el cuerpo el que mantiene el recuerdo, no con palabras, no con imágenes, no con vínculos lógicos y racionales, no de forma consciente, pero el cuerpo guarda aquellos momentos y los revive.
Existen ciertos gatillos, por ejemplo sucesos que vuelven a someter a la persona a situaciones de impotencia, que activan esos recuerdos y producen efectos en el cuerpo. Nos encontramos nuevamente sometidos a los mecanismos rudimentarios para sobrevivir a la impotencia, somos reactivos, incapaces de pensar racionalmente, imposibilitados de poner en palabra o concepto lo que nos arremete, desconectados en la capacidad de contextualizar los hechos.
Repito, el recuerdo plasmado en el cuerpo no maneja un lenguaje compartido, ni relaciones lógicas, ni sentido temporal, ni convenciones, sino su propia forma de expresión, única, primitiva, inaccesible de traducción directa por parte del cerebro “superior” (corteza cerebral), son sensaciones sensoriomotoras que se expresan fuera de control mental. Es el cuerpo expresándose a través de su enlace con el sistema cerebral límbico, de forma automática, sin premeditación.

Es por ello que sentimos el terror, nos invade el miedo, no somos capaces de penetrar intelectualmente en su esencia, puesto que queda absolutamente por fuera de lo que es conocido y cognoscible por el cerebro “superior”.
Podemos sentir miedo, adivinar qué es lo que nos atemoriza, inventar excusas para temer o no hacerlo, pero el terror original, la marca indeleble, la base de todo miedo permanece por fuera del registro de pensamiento.
Incluso los sueños con sus imágenes y sensaciones más próximas al mundo del conocimiento corpóreo, están en un escalón más alto que el recuerdo grabado en el mismo.

De acuerdo a lo que nosotros hemos ido aprendiendo, el EGO encuentra en la impotencia del hombre su potencia, su dominio.
Si bien como mecanismo rudimentario para la supervivencia ha sido provechoso, luego se transforma en un obstáculo para el desarrollo y superación personal y colectiva.
Sus instrumentos (gritos, llanto, pataleo y desconexión de la realidad y los derivados de estos), nos atormentan por dentro cuando sucumbimos al miedo, también son las acciones que nos relacionan enfermizamente con el entorno, con el mundo y las otras personas.
Cuando nos sentimos impotentes, sea porque lo estamos realmente o porque esa es nuestra creencia, se ponen en funcionamiento alguno de estos instrumentos del EGO, que en lugar de permitir liberarnos y encontrar poder, nos someten a enfrascarnos en huidas, luchas imposibles, fracasos y exacerbación del sentimiento de impotencia.

Para complicar las cosas, según estamos comprendiendo, el pensamiento positivo, las buenas ondas, el optimismo pueden ser muy bonitos y ayudar en algo, pero no tienen como controlar el recuerdo que aflora desde el cuerpo ni mediar para que el recuerdo terrible que nos afecta desde la memoria corporal sea modificado.

¿Qué podemos hacer?

Dejo pendiente la continuación de esta línea de pensamiento, mientras te pido que pienses en lo que te acabo de explicar, en lo que recién pregunté y te ruego que procures unir estas ideas con el camino espiritual que Dios ha marcado para cada uno: noajismo y judaísmo, para gentiles y para judíos respectivamente.

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