Experiencia de plegaria

A lo largo de mis jóvenes años, me he encontrado con gran número de personas (judías y gentiles) que están a la  búsqueda de satisfacer su pasión religiosa.
Es una necesidad que muchas personas enfrentan, antes o después en su ciclo de vida.
(Sobre si es una necesidad inscripta en la esencia humana e indispensable; o si es una construcción social, no lo discutiremos en esta oportunidad)
Con base en mi propia experiencia y mis conversaciones con personas (judías y gentiles), de mi ciudad y de otros lugares, sé que tal afán es la regla generalizada. 
Muchos, si no la mayoría, se sienten frustrados, con lo que el judaísmo tradicional y el noajismo –puro, sin mezclas extrañas- ofrecen como camino saludable de vida.
En particular la decepción se señala en la categoría de “la oración”, pues sienten que el rezo, al modo tradicional, no "hace nada" para ellos, no brinda resultados mágicos, ni somete a Dios al papel de un esclavo a la espera de las demandas y órdenes por parte del orante.
La plegaria tradicional es bastante diferente de los rezos que se acostumbran en esas comunidades evangélicas, católicas carismáticas, mesiánicas, netzaritas, judaicas místicas-metafísicas, religiones animistas varias, paganismo africano mezclado con americanismos, entre otras formas de religiosidad, en las que se vocifera, clama a vivo grito, se soborna al dios con pactos u ofrendas, se bailotea entre gestualidades teatrales, se entrega el diezmo (u otro dinero) a cambio de promesas de riquezas, y que más tarde se comprueba (sea real o no) que los “milagros” suceden, que el dios o los dioses acatan el clamor de sus fieles.
Sumado a un repertorio abundante de palabras claves (levanta la mano, amén, aleluya, en este día señor te pido, etc.), lemas reiterados hasta el cansancio (en nada seremos avergonzados, ¿diste tu diezmo al señor?, etc.), actuaciones y gestos programados (levantar la mano, aplaudir, arrodillarse, girar en torno a un punto, imposición de manos, mecer el cuerpo en sincronía con el resto de los congregados, etc.) y un etcétera variado, que no referiremos ahora, pero que tú puedas añadir para el esclarecimiento del lector (escríbelo en la zona dedicada a los comentarios, debajo de este texto).
Analicemos un poquito la temática de la oración, para ver si hacemos un poco de luz al respecto.

Hay dos tipos de la oración que es mencionada en la tradición sagrada.
El primer tipo de oración, que se encuentra al principio de la Torá, es la solicitud suplicante de asistencia:

  • Cáin ruega a Dios después de ser castigado.
  • Abraham utiliza la oración para implorar el perdón de Sodoma, y reza por un heredero para que continúe su legado.
  • Itzjak y Rivka no tienen hijos, rezan para pedirlos.
  • Iaakov tiene miedo de sus enemigos, de Esav y Labán y Esav, eleva su pedido a Dios por protección.
  • Los judíos en Egipto no soportaban más el tormento a causa de su penosa esclavitud, por lo que claman a Dios para el alivio de su dolor.

Notemos que en todos estos casos, sin excepción, son de personas que recibieron comunicaciones directas de parte de Dios.
A diferencia de nosotros, nuestras generaciones, que desde hace más de 2500 años ya no existe el canal de la profecía abierta directamente para ninguna persona.
Así pues, el ejemplo de aquellos antiguos no puede ser calcado completamente por los modernos.
Para ellos existía un canal abierto, una comunicación de un grado y tipo que ya no funciona más.
(Es sabido que hay mucho pordiosero espiritual –léase: clérigos de religiones- que insisten con que son “profetas” y reciben mensajes directamente de su dios. Un gran número de estos mensajes no son más que sus invenciones, fraguadas para estafar, adquirir bienes, someter a los seguidores, etc. Otro buen número de supuestas profecías pueden provenir de una ingenua, sincera, pero poderosa imaginación, que está fecundamente infectada por creencias tóxicas, ajenas a la santidad espiritual. Otro número de supuestas profecías, no dejan de ser revelaciones acordes a una mente desquiciada. En resumen, no hay profetas en la actualidad, especialmente NO entre los que adoran falsos dioses y siguen perversos salvadores.)

Por otra parte, es claro que este tipo de oración demandante tiene una lógica efectiva: yo necesito algo, Dios puede darlo, así que Le pregunto si me lo brinda.
Llevado al extremo, podemos afirmar que la persona ni siquiera tiene porqué creer en Dios… ¡qué más da! Si existe y quiere, que Lo haga. Si no existe, o no Lo quiere hacer,  ¿qué tengo para perder al intentarlo?
De hecho, conozco a más de un “ateo”, que llegado el caso, no tuvo mucho reparo en rezar pidiendo por salud, salir de la miseria, etc.. Luego de pasado el trance, algunos regresaron a la comodidad de hacerse el ignorante de Dios…
(También conozco gente que, lamentablemente, tenían su corazón tan endurecido que ni siquiera ante la agonía dolorosa de un ser amado, ni siquiera entonces, hicieron el mínimo intento de reducir un poco su EGO y clamar por misericordia de ese Dios para ellos inexistente).

Si ésta es la cualidad de nuestra relación con Dios, si nuestra unificación con Él se define en un intercambio de favores celestiales a cambio de plegarias (de alabanza, de ruego o de agradecimiento), ¿cuál es nuestro papel en la creación? ¿Para qué fuimos creados?
¿Acaso solamente para ser perpetuamente como bebes indefensos, a merced de todo tipo de peligros y necesidades, que incapacitados de un mínimo de autonomía dependen en plena impotencia de la misericordia y/o responsabilidad de un adulto a cargo?
¿Para eso fuimos creados? ¿Para llevar una existencia de opaca impotencia, de nada misma, a la espera de milagros constantes que nos provean y sostengan?
¿Solamente nacimos para elevar pedigüeñas voces, incapacitados de hacer siquiera un poquito por mejorarnos y perfeccionar el mundo que nos cobija?
¿Somos menos que las bestias del campo, quienes se valen por sí mismas, aunque estén por completo a merced de los elementos de la naturaleza?
¿Ese es el rol que Dios ha dispuesto para nosotros?
¿El de la plena impotencia que se manifiesta en un perpetuo ruego de bondades divinas?

Y, ¿ese es el rol de nuestro Creador?
¿Ser nuestro sirviente que corre detrás de nuestras necesidades para satisfacerlas?
¿O el del vil opresor, que por sádica malicia se regocija haciendo sufrir y padecer a los miserables bajo su mando?
¿O el de padre castrador, que impide el desarrollo de su hijo, para mantenerse siempre en un sitial de paternalismo asfixiante?

¿Tal es la imagen que tenemos de nosotros mismos y de nuestro Padre?

Bien, es cierto, es bueno que la persona reconozca su lugar en el Cosmos, que comprenda que tiene un inmenso poder, pero en modo alguno es ilimitado o todopoderoso.
Es bueno que en ocasiones la impotencia esencial del ser humano se manifieste, se sienta, moleste, se haga carne, para ponernos en nuestro lugar.
Es bueno que dejemos de creernos LA autoridad sobre el mundo, dioses, chispas de divinidad con ínfulas de poder.
Es bueno que elevemos con humildad nuestra voz pidiendo el auxilio de Aquel que todo lo puede.
Es bueno que dejemos de alabarnos y mirarnos al espejo/ombligo, para mirar al prójimo y ver qué precisa, y elevar la mirada a lo Alto y admirar a nuestro Rey, para de Él pedir sustento.
Claro que es bueno alabar al Eterno, pedir de Su Mano bondades, agradecerLe sin excusas.

Pero, no es tan bueno hacer de este mecanismo de yo-te-rezo-y-Tú-me-beneficias nuestro único sentido para entablar la comunicación con Él.
El encuentro de lo mundano con lo espiritual no se realiza de esta forma.
Nuestro lugar en la obra del Eterno es bastante más amplio y activo que el de ser hormigas orantes sin otro quehacer.

Se nos cuenta (TB Shabat 10a) que el sabio talmúdico Rava vio a un maestro pío que estaba orando  ya por un largo período de tiempo, Rava se reía de él, diciendo: "¡Él abandona la vida eterna [del estudio de la Torá y del cumplimiento de los mandamientos que corresponden a cada quien] con el fin de procurarse la vida temporal!" .

Aparte de esto, ¿no es un tanto contradictorio rezar pidiendo cosas de parte de Dios? ¿Acaso no las sabe Él mejor que nosotros?
¿No sería más correcto NO rezar, para dejar que Él haga Su Voluntad según Su sabiduría?
¿O es que Lo consideramos todopoderoso, pero ignorante de lo que es mejor para cada uno?
Y si Él en Su sabiduría perfecta decide que es mejor para nosotros la pobreza, la miseria, la persecución, la enfermedad, la calamidad, etc., ¿con qué derecho vamos nosotros a rezarLe para demandar que se haga según nuestro deseo y no según Su Sabiduría?
Una respuesta a esto sería: “no rezamos pidiendo para que Él se entere de nuestra necesidades, sino para que nosotros podamos darnos cuenta de lo que tenemos y de lo que nos falta. Rezamos para ser conscientes de nuestra situación y de que todo se lo debemos a Él”.
Es una buena respuesta, sin dudas, pero que abre otro flanco débil: ¿para qué queremos saber lo que nos falta o lo que tenemos, si sea como fuera (de acuerdo a esta visión opaca y nulificada del hombre) nada está en nuestro poder hacer, sino solamente rezar?
¿Rezamos para darnos cuenta de que tenemos que rezar?
¿Rezamos porque somos perfectamente impotentes y así rezando nos damos cuenta de que somos perfectamente impotentes?
¿No es otra contradicción que elevemos plegarias, cual ensalmos mágicos, ordenando acciones de parte de Dios, al mismo tiempo que nos reconocemos impotentes para hacer alguna cosa favorable en nuestro beneficio o en el del prójimo?
Pues, parece que –al menos a mí me parece- que hay algo aquí que no cierra.

Te propongo que antes de continuar releas, saques apuntes, pongas en claro las ideas, si quieres coméntalas aquí debajo, en la zona dedicada a los comentarios. Gracias.
Ahora continuemos.

En esta lógica de rezar para satisfacer necesidades, encontramos otro problema.
¿Qué pasa cuando la persona se ha nulificado a tal punto que ya no siente necesidades? ¿Dejaría de rezar?
O, si por el contario, la “vida” le ha sonreído con plenitud de todo, ¿habría de dejar de rezar hasta padecer de alguna dificultad?
O, si la persona no es consciente de lo que le falta, o lo que posee y debiera agradecer, ¿no dejaría por ello de rezar?
Es decir, si el motivo para el rezo está en pedir, en mover a Dios a nuestro servicio, en reaccionar como bebes recién nacidos que solamente atinan a llorar y gritar en reclamo de cancelar el sufrimiento de “la falta”, ¿cuál es el valor que tiene el rezo?
¿Es solamente el llanto más sofisticado, pero llanto al fin, del impotente que en nada puede valerse por sí mismo?
¿O es la presuntuosa demanda del que se cree con capacidad como para ordenar y exigir de Dios que le sirvan?

Y por si fuera poco, hay otro pequeño inconveniente.
Es muy frecuente que la respuesta a nuestras oraciones no sea "Sí", ni siquiera “Ní”, sino un rotundo “No”, o un silencioso silencio… lo que nos llevaría a preguntarnos: "¿Escucha Dios mis oraciones? ¿Escucha Dios la oración de alguien? ¿Existe Dios, ya que nunca responde como uno quiere?".

De paso, otro obstáculo en la oración está en aquellos que la hacen de manera mecánica, sin sentimiento, sin concentración, como un mero recitado, como un trámite, como una negociación que se debe hacer, un ritual falto de aliento espiritual y de satisfacción interna.

Una variante de este problema, es aquel que solamente se enfoca en lo que necesita, y en adular a Dios para “comprar Su buena voluntad”, es decir, no emplea el rezo como una forma de auto-conocimiento, de apertura al prójimo, de comunicación con Dios, sino como mero instrumento al servicio de su EGO.

Pero, ¿acaso Moshé no rogó a Dios por comida, por agua, por sanidad, por salvación, por perdón, por vida?
¿No es Moshé el gran maestro de las generaciones, del cual mucho podemos aprender y emular?
¿Acaso Moshé, quien es llamado por Dios “el más humilde de los hombres” pretendía dictar a Dios sus demandas y usarLo como sirviente?
¿No vemos que en verdad la oración tiene una cualidad de pedir, agradecer, alabar, y que está bien que así sea?

¿Y qué decir del rey David, con su poderoso libro de los Salmos?
¿O de tantos y tantos sabios y maestros que a lo largo de las generaciones usaron la oración como mecanismo para elevar pedidos al Eterno?

En síntesis: ¿es la oración una súplica o no?

Pasemos a un segundo modelo de la oración: la oración como vínculo.

La oración como vínculo no es frecuente en los primeros relatos de la Torá, pero está presente.  
Encontramos su presencia en el comienzo de la parashá “Vaierá” con Abraham convaleciente tras de su Brit Milá, entonces recibe la “visita” del Eterno.
Abraham no pide nada, no se queja de nada, no busca nada, no profetiza hacia futuro nada, simplemente están en un vínculo intenso y profundo, en un diálogo personal, sin otra finalidad que la comunicación en sí misma.

Muchos consideran que ésta es la forma ideal de la oración.
Yo rezo porque mi único deseo es vincularme con Dios por medio de la plegaria.
Hay otras formas de vincularse profundamente con Dios, tales como el estudio de Torá (para el judío, y lo que tiene permitido el gentil), como el cabal cumplimiento de los preceptos que corresponden a cada uno, pero el acto de “vincularse sin nada que medie” es el de la oración.
Por ello es conocido el rezo como “servicio del corazón”, ya que en la pureza del vínculo está la propia grandeza del mismo.

Cuando Dios ordena a los judíos “harán un santuario para Mí, y Yo habitaré en medio de ellos" (Shemot / Éxodo 25:2-8) se puede explicar que Él está pretendiendo exactamente esto, que cada uno de nosotros reviva el paradigma de esa visita Divina a Abraham, a través de una oración que no es pedido, sino simplemente vínculo entre Dios y el hombre que ora.

Tal como la Divina Presencia se mantenía sobre el Tabernáculo, sin esperar ruegos, sin correr a resolver los problemas de los que pedían de Dios, sino aguardando el momento del vínculo, cuando el orante puro ingresaba dentro de la nube opaca sin otro motivo ajeno al deseo de unificarse con el Eterno. Si entraba para pedir, reclamar, demandar, suplicar, clamar, alabar, agradecer, su presencia no era bienvenida. Pero si ingresaba con el sentido de solamente pretender nulificar su EGO para ser uno con Dios, entonces podía acceder al encuentro místico verdadero (y no esas bullangas que tan habituados tienen los pastores, predicadores, supuestos “rabinos” mesiánicos y/o cabalisteros).

El domesticar el EGO, es el ingrediente que permite que nuestra oración sea un verdadero vínculo con el Padre.

Todas nuestras relaciones que son vínculos, se basan en la confianza.
Quien quiera encontrar que su rezo es algo más que un rito, una observancia aburrida de reglas, un intercambio comercial con Dios, deberá someter primero a su EGO, y luego dejarse caer en los “brazos” de Dios, con confianza en Él.

Cuando se confía plenamente en Dios, se deja de lado el chismorreo, el recitado de rezos vacíos, el show para los demás, el exigir como si uno fuera el amo del mundo, los reclamos, el deseo de dominar, y se descansa en plenitud, paz, armonía con Dios y con el universo.
No es fácil llegar a este grado de verdadero misticismo, muy alejado de las ridículas enseñanzas de supuestos rabinos cabalisteros de internet, para nada semejante a rituales melodramáticos copiados al budismo –o similares-, en las antípodas de las parodias enfermizas de los que con gritos y aullidos pretenden sobornar a Dios.

Es una experiencia de plegaria.
Plegaria: plegarse sobre uno mismo, para encontrar aquello que es relevante y trascendente, el foco de luz espiritual que nos conecta en un vínculo de Shalom con Dios.

“En cuanto a ti … hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, y sírveLe de todo corazón y con ánimo dispuesto; porque el Eterno escudriña todos los corazones, y entiende toda tendencia de los pensamientos. Si Le buscas, El te dejará encontrarLe; pero si Le abandonas, El te rechazará para siempre.” (Divrei HaIamim 1 / 1 Crónicas 28:9)

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