Parashat Shelaj Lejá 5767

Shabbat: Sivan 22, 5767; 9/6/07

 

Un comentario de la Parashá Shelaj Lejá (Bemidbar 13:1 – 15:41)
*La paradoja del honor*
¡Bienvenidos nuevamente!
El tema que trataremos de nuestra parashá tiene relación con lo que trabajamos la semana pasada: el valor fundamental de la humildad.

 

Doce príncipes de Israel, uno por tribu fueron enviados a recorrer la
tierra de Canaan. Debían inspeccionar todos los detalles de la misma.
Sus ciudades y campos, su producción, sus fortificaciones, el tipo de
poblaciones, las capacidades defensivas, etc.

Habían sido encomendados para esta tarea pues había un cierto recelo en
el ánimo de la colectividad, ya que no confiaban plenamente en la
promesa del Eterno, de que Él les legaría la tierra a la cual se
estaban dirigiendo.

La única tribu que no quiso participar de esta cuestión fue la de Leví,
pues sus miembros no dudaban de la Palabra del Eterno, sabía que si Él
había prometido algo, sin dudas lo cumpliría en su tiempo y forma.

Ante este panorama de incertidumbre y de escasa confianza, a causa del
reclamo de la masa, Moshé solicita autorización del Eterno para enviar
esta comitiva de exploradores, y recibe el permiso para hacerlo.

Este acto de debilidad demuestra lo que anidaba en el corazón de muchos
de los israelitas de aquel entonces, pero, no podemos menos que
comprenderlos si recordamos que hacía pocos meses habían sido redimidos
de la esclavitud más salvaje, de la negación del individuo más atroz.
Recién estaban aprendiendo a «ser personas» y no era una misión para
nada fácil. Debían edificar su personalidad, nutrir su auto-estima,
cosa que en Egipto era absolutamente imposible.

Por tanto, no podemos medir con vara estricta a aquellos antepasados
nuestros, sino tan solo ser misericordes y atestiguar su debilidad, su
condición penosa; sin olvidar aplaudir las iniciativas positivas y los
destellos de madurez que en ocasiones fulguraban.

Y por supuesto, destacar las personalidades descollantes, Moshé,
Iehoshúa, Caleb, Betzalel, entre otros, (así como la mayoría de las
mujeres del pueblo) que marcaban el buen camino a seguir por el resto
de sus hermanos.

Los exploradores partieron rumbo a la tierra prometida.

La mayoría de ellos hicieron un concilio ni bien salieron, como
resultado del cual adoptaron una reseca postura: darían un informe
nefasto, que petrificara los corazones, que hiciera imposible la
conquista de la tierra.

Diez de los doce acordaron este plan siniestro, tétrico, penoso.

Y sus cuarenta días de travesía sirvieron solamente para recolectar
evidencias y testimonios que vinieran a confirmar su conclusión: mejor
morir en el desierto que siquiera probar ingresar a la tierra de
Santidad.

Nosotros sabemos esto, conocemos el oscuro plan y recordamos con dolor el resultado del mismo.

Pero, podemos y debemos preguntar: ¿por qué?

¿Por qué líderes de las tribus, sus príncipes, gente de la alta
sociedad, los que debían conducir con rectitud, por qué ellos diseñaron
y ejecutaron un plan tan perverso?

La respuesta la brinda la Torá Oral.

Los príncipes argumentaron que bajo el comando de Moshé, a ellos les
correspondían altos cargos, gran dignidad, poder e influencias.

Pero, con el ingreso a la tierra de Israel, Moshé dejaría su lugar a
otro líder, a uno  que fuera guerrero, más «espartano», con una
mentalidad diferente e intereses diferentes.

Con el nuevo líder nacional ellos perderían su influencia, serían dejados de lado, llegaría el ocaso de su poder.

Por tanto, escogieron lo peor para todos, pero lo que creían lo mejor para ellos.

Decidieron que obstaculizarían el ingreso a la tierra prometida, de
modo tal que Moshé continuara en el poder, y por tanto ellos no
perderían su parcelita de influencia.

Por ambición, por egoísmo, por falta de humildad, llevaron al fracaso a todo el pueblo.

Y, tontamente su plan no les acarreó beneficios, pues ellos murieron al
poco tiempo de haber provocado la perdición para la comunidad.

Solamente sobrevivieron y fueron realmente poderosos los dos
exploradores que no confabularon, que no eran esclavos de su egoísmo y
por tanto no se confundían respecto a su auto-estima.

Fueron los dos exploradores sinceros y leales, Caleb de Yehudá y
Iehoshúa de Efraím los que prevalecieron finalmente, ingresaron a
Israel, y dejaron una loable marca en la historia de la nación.

En palabras del Mesilat Iesharim (capítulo 11): «El deseo de una persona por honra y gloria corrompe su servicio al Eterno«.

Tal es la paradoja: aquel que se desespera por obtener gloria y honor, por sus propias acciones queda en las sombras.

En tanto que el humilde, aquel que labora con fidelidad y equilibrio, finalmente es quien obtiene el reconocimiento.

¡Te deseo a ti y a los tuyos que pasen un Shabbat Shalom UMevoraj!
¡Qué sepamos construir shalom!

 

Moré Yehuda Ribco

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