Este Shabat próximo pasado tuvimos en mi comunidad una importante visita, el rabino Isaac Sacca, quien desde Buenos Aires vino acompañado por una joven y atenta comitiva.
Impactó el rabino por su presencia, inteligencia, cultura, educación, ubicación, tino, amabilidad, apego a la Torá, conciencia, todos aspectos que resaltaban no solamente cuando tomaba la palabra y se dirigía fluida y poderosamente a los presentes, sino en cada instante.
A mí, confieso y espero no importunar, me dio también la impresión de que en familia debe ser el típico tío buena onda, divertido y compañero de sus sobrinos.
Sin dudas, agradable visita.
En este post no quiero destacar algún concepto ni enseñanza que haya vertido el rabino, sino algo mucho más poderoso: la actitud del hijo hacia su padre.
Allí estaba “Abrumi”, de maravillosa voz y entonación, quien miraba con una mezcla de respeto, admiración, ternura y atención cuando el rabino impartía sus instrucciones. No era una actitud fingida, sino que era plenamente honesta y revelaba facetas que las palabras no manifiestan.
¡Qué orgullo debe ser para el padre (y madre) haber criado un hijo así!
Un hijo que destaca positivamente entre lo que es la cultura actual, de la pereza, la queja, la ramplonería, el echar culpas, el demandar derechos pero obviar los deberes, el reclamar más y más de los padres y sus subrogantes, que se envalentona en la rebeldía y no produce bienestar.
Pero, allí estaba Abraham el hijo de R. Isaac, demostrando que es posible otra juventud, y que el amor/respeto filial basado en las tradiciones y valores de nuestra Familia es un bien precioso que está al alcance.
Mucho depende de los padres, también de los hijos.
Gracias rabino Sacca por esta notable enseñanza, gracias Abrumi.
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