El rabino Abraham Joshua Heschel enseñaba:
No hay dos horas iguales. Cada hora es única y la única dada en este momento, exclusiva e infinitamente preciosa. El judaísmo nos enseña a apegarnos a la santidad en el tiempo; para aprender a consagrar santuarios que emergen del magnífico arroyo de un año.
El mensaje es: ¿qué estás haciendo con cada minuto precioso e irrecuperable de tu vida?
¿Estás levantando palacios de gloria y santidad?
¿O estás desperdiciando este recurso inigualable para cambiarlo por espejitos de colores?
Es hora de ponernos a construir SHALOM, interno y externo, para que cada instante sea inolvidable y de cosecha placentera en la Eternidad.
¿No te parece?