Desde el abismo

Hay gente muy religiosa (que recordemos, es lo absolutamente contrario a espiritual) que con mucha mansedumbre y sinceridad están a la espera piadosa de que sea del Cielo que venga todo lo que precisan, quieren o anhelan.
”Dios proveerá”.
”Todo viene de Arriba”.
”Si Dios quiere, será”.
”Todo es bueno, está diseñado de lo Alto”.
”Él tiene Sus planes y esto encaja en ellos, aunque no lo comprendamos”.
Y así por el estilo.
Supongo que conoces gente que siente y dice de esta manera, o hasta quizás tú lo seas.

Te pido que recordemos al joven extranjero, hebreo para peor, de corta edad, esclavo, encarcelado, abandonado de la vida, acusado de un tremendo crimen –que no cometió-, el muchacho Iosef.
Él tenía sueños, los había alimentado durante muchos años.
Los había propagado, para que todos los conocieran.
Él sabía, tenía la firme convicción, de que eran mensajes desde el plano sobrenatural, que le estaban mostrando lo que sería su espléndido y glorioso futuro.
Actuaba acorde a ellos, hasta que de un momento al siguiente todo se cayó de manera espantosa.
La gloria y el brillo fueron borrados, la esperanza se marchitaba hasta la extinción.
Nada quedaba que permitiera suponer que los sueños de grandeza algún día darían al menos 1% de sus frutos.
Quedaba solamente resignarse, aceptar la derrota, guardar en el fondo de los olvidos esos sueños engañosos y hacer lo posible para seguir adelante, llegar a lo que pudiera en su vida, tan lejana e imposible de conquistar la visión del sueño.

Estaba por completo acomodado a su triste realidad, no precisaba delirar ni fantasear, sino solamente sobrellevar la carga y hacer lo que estuviera a su alcance.
Poco o mucho, pero con integridad, con la convicción de que si nos toca un plato amargo, esa es nuestra comida del día.
Quién sabe, tal vez mañana haya un postre… u otra plato de amargura.
Pero, al día de hoy lo que toca es lo que hay.
No por ello dejaremos de soñar, ¿o sí?

El hecho es que con gran dignidad y entereza no se dejó caer, aunque rotos estuvieran sus sueños.
Tampoco se quedó sentado en un rincón de su tumba, a la espera de la muerte en vida.
Porque, bien podría haberse echado a dormir y que la morfina de la desesperanza lo consumiera.
O dedicarse a cualquier actividad estupidizante, que lo anestesiara y le llevará a mundos ficticios que le taparan el sufrimiento.
Pero no, así no era Iosef.
A él se lo conoce en la Tradición como “el justo”, no porque haya sido perfecto… ¡lejos él de serlo!
Sino por su actitud ante la vida, en la cual primaba la rectitud, el balance, que no admitía la derrota aunque estuviese derrotado.
La batalla no es la guerra.

Entonces, de su parte dejaba todo en la cancha, jugando el partido que le tocaba cada día.
No escatimaba esfuerzos, no se excusaba, no hacía pedigüeños reclamos al Creador esperando el milagro, aunque sintiera que era merecedor de uno quizás.
¡No!
Iosef era justo, por tanto era la base de su entorno, un apoyo firme sobre el cual el resto se sustentaba y proliferaba.

Entonces Iosef hacía su parte, con todo lo que tuviera a disposición.
Sea en las tareas prácticas de la cárcel, o con la capacidad de gerenciamiento para administrar primero la casa de su amo y luego el presidio que lo alojó, o con sus dotes naturales/adquiridas para conocer a las personas y decirles aquello que era necesario decir. Dotes que recién después de mucho sufrimiento logró afianzar.
Tenía trabajo para hacer, y lo hacía con esmero, con rigor, con dedicación, aunque hubiese estado destinado a ser un gran príncipe, aunque fuera de los escogidos por el Eterno para liderar la evolución multidimensional de este mundo.

Llegada la ocasión, el joven Iosef supo que si no abría la boca para interpretar los sueños de los ministros en la cárcel, Iosef se pudría en la cárcel.
Él tenía una parte para hacer, la hizo.
La parte de los demás, es de los demás.
La de Dios, es de Él.
Uno no ha de hacer la del otro.
Puede dar una mano, ayudar, cubrir ciertos aspectos por un rato, pero lo que le toca a cada uno, es de cada uno de hacer.

Cada uno a su propia tarea.
Y a no esperar el milagro, si no mejor crearlo.

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