Homenaje cabalístico a la mujer

Cuando Hadasá se convirtió en la reina Esther de Persia,
hace unos 2500 años ya,
el mundo estaba hundido completamente en idolatría y lejanía del espíritu.

La NESHAMÁ de toda persona estaba en conexión con el Creador,
obviamente y sin dudarlo,
pero la conciencia de este hecho se mantenía en oscuro exilio.

El EGO era aquel que prevalecía, en pensamientos, palabras y acciones concretas,
el EGO, con todo lo que ello conlleva,
aunque quizás y tal vez, en los rituales y creencias idolátricos se escondía una chispa de ansia por el Eterno.

El remolino tormentoso también arrastraba hacia las profundidades a los hijos de la nación judía,
quienes se encontraban desperdigados entre las naciones,
humillados y echados de su hogar, pero con el anhelo de Sión a más no poder ardiendo en alguna parte de su ser.

En ese paisaje lúgubre, despoblado de la Presencia,
solo los judíos mantenían la sagrada llama encendida, como podían, como les permitían,
con una luz que provenía de la LUZ para provecho de todo el que quisiera el destello infinito en la noche.

Esther, aquel Yo Vivido que escondía al Yo Auténtico de Hadasá,
el cual ocultaba al Yo Esencial de aquella bella NESHAMÁ,
una heroína que hizo sacrificios que la mayoría del público ignoró y desconoce, pero que nos dieron la vida y el sendero correcto.

Son tantas y tan profundas las enseñanzas en estas pocas y lerdas frases,
que no me atrevo a continuar quebrando el silencio con ellas.
Aquel que quiere y puede, sabrá deleitarse.

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