«Pero el Eterno estuvo con Iosef [José], y el hombre tuvo éxito. Él estaba en la casa de su señor, el egipcio, quien vio que el Eterno estaba con él y que todo lo que él hacÃa, el Eterno lo hacÃa prosperar en su mano.»
(Bereshit / Génesis 39:2-3)
¡Menudo éxito!
El muchacho era esclavo y extranjero, nada de lo cosechado engrosaba su capital, ninguna o muy poca ventaja le daba el bienestar de su ya rico y poderoso amo.
Todo lo que hacÃa servÃa para beneficiar a quien lo mantenÃa como esclavo.
¿No es terrible?
Cada victoria iba a parar a manos de su opresor.
SÃ, gracias a estos dotes el amo le habÃa dado un trabajo de mayor responsabilidad, ahora era el administrador de todos sus bienes. Pero, a la hora de la hora, Iosef seguÃa siendo un esclavo y extranjero. Quizás no tenÃa que cargar pesados fardos bajo el inclemente sol de Egipto. Por ahà no veÃa un abultado capataz a molerlo a palos para que haga su trabajo de bestia. Hasta tal vez podÃa vestir de manera agradable y comer con provecho.
Pero, poco beneficio le reportó su nuevo cargo dentro de la casa, que de hecho lo puso en una situación inesperada y temible ya que estaba siendo sexualmente acosado por la esposa insatisfecha de su jefe. Ella lo tenÃa a disposición a diario, podÃa seducirlo, atraerlo, tentarlo y el pobre muchacho no tenÃa escape. Él era joven, hermoso, con sus hormonas masculinas funcionando a más no poder. La señora era apetecible y hubiese sido pan comido consumar el acto sexual. Pero, él muchacho se resistÃa, sufriendo por ello. No habÃa ninguna autoridad que lo salvara, ni todo el bien que le habÃa provisto el Eterno le resolvÃa este drama.
Entre esto y aquello, terminó siendo acusado en falso como abusador y con sus huesos encarcelados por castigo.
De haber estado medianamente mal, pasó a estar absolutamente peor.
Nadie que contemplara la situación presente de este hebreo, extranjero, preso, esclavo, acusado de violador, podrÃa envidiarle su situación.
Me supongo que tampoco ni un alma bendecirÃa al Dios del chico, ni le alabarÃa por Su poder y sabidurÃa, constatando el espantoso estado en el cual se encontraba.
SÃ, nosotros sabemos el resto de la historia, ¿no?
Recordamos que tras dolorosos años consiguió escalar hasta el lugar de máximo poder en la tierra.
Todo el sufrimiento quedó por siempre detrás.
¿Valió la pena la tortura de tantos años?
¿Lo que llamamos realidad, es lo que parece?
Claramente valió la pena la tortura.
Aunque sigue siendo tan difÃcil comprender las tristezas, aún asà quiero seguir fortaleciéndome.
Mucho cariño y Jag Sameaj!
Perdón, Jag Urim Sameaj!!!
felicidades abundantes