Tus mochilas de la felicidad

Imagina por un instante un niño pequeño, que camina torpemente, aún inseguro en su andar.
Velo seguir su ondulante camino, lleno de zigzags, trastabillando, quizás a punto de caer.
Tenlo en tu imaginación por un ratito, siente lo que él podría estar experimentando con esa aventura novedosa que es el conquistar el mundo por intermedio de la locomoción independiente, capturando imágenes del mundo desde la altura humana, recorriendo metros y rincones con su poder.
Un rato después que en tu mente aparezca un par de manos adultas que cargan una mochila (morral), se ve bastante pesada, aunque no la llevas en tu espalda ni la puedes pesar, ciertamente parece de muchos kilos.
Esas manos adultas toman al niño y le imponen la mochila sobre sus lomos.
Al niño se le aflojan las rodillas, está al caer a causa del peso, su rostro ya no es de placer y curioso reconocimiento del mundo, sino que ha cambiado a una mueca, dura, dolorosa, dudosa, aquejada. Quizás tu niño hasta llorisquea un poco, se revuelve incómodo, se ajusta los hombros y reanuda su marcha. Ahora es mucho más torpe, ya no con naturalidad sino producto del peso insoportable en su trasera. Se inclina hacia adelante, para mantener el equilibrio, se esfuerza, empuja, tropieza y cae. Llora y al rato vienen esas manos adultas, le dan unas palmaditas en su cabecita, lo levantan y lo lanzan a seguir caminando con la carga detrás de sí.
El niño mira hacia arriba, con pena, con dolor, con sufrimiento, con anhelo, pero las manos lo impulsan a seguir, no a pararse, mucho menos a sacar de sobre sí el peso incorporado injustamente.
El niño cansado arrastra sus pies, se queja, se lamenta, implora, insulta, grita, patea, manotea, muerde sus labios, larga lágrimas, y camina sin soltar el yugo.
Así pasa un tiempo hasta que otras manos adultas añaden otra mochila a la anterior. Ahora son dos, pesadas, gruesas, cansonas, demandantes y el niño extenuado no sabe qué hacer, solo quejarse, lamentarse, llorar, violentarse, removerse el peso para acomodarlo a su espalda y continuar tembloroso, debilitado, angustiado, agonizante a causa de la pesada tarea.
Ya pareciera ser ese su destino, entonces unas manos adultas, las anteriores o quizás otras diferentes, suman más peso a la carga, más y más.
El niño, ya tal vez joven, se arrastra, apenas avanza, su movimiento lejos está del espíritu aventurero, creador, creativo, descubridor, independiente, saludable, es un esclavo atrapado en su faena dura y mortal.
Pasado un tiempo vemos al joven tomar unas piedras de su camino, darse vuelta y meterlas en una de las mochilas. Luego gira y sigue en su espantosa marcha de muerte.
En una parada adquiere a gran costo un conjunto de piedras sucias, feas, de pesadilla, inservibles, insalubres y las acomoda como puede entre los resquicios de sus mochilas.
No tiene placer de esta actividad, pero sí mucho mal humor, desgano, miedo de dejar de ser lo que está haciendo, temblores, enfermedades variadas
No sabe, no quiere, no puede, no le interesa, no sabe el detalle de lo que está cargando con tanto sacrificio, su curiosidad está muerta, su voluntad por vivir en plenitud ha sido encarcelada. Solo sabe subsistir esperando a la muerte que acecha en cualquier  momento y de paso ir añadiendo piedras a sus morrales. ¿Por qué piedras? ¡Quién lo sabe! Ni él mismo se lo cuestiona…
Nosotros sí sabemos con exactitud que tienen esas mochilas: solamente piedras sin valor, pero con extremo peso. Piedras como las que él adquiere con sus experiencias y dinero, piedras que no son suyas, que son de otros, pero que asimila como si fueran de su propiedad, de su identidad, de su esencia, de su eternidad.
Si alguna persona le hace ver de lo estrafalario de su postura, de lo forzada de su poca marcha, de su rostro sufrido, de su evasión de la libertad, él pronto deja de escuchar, se excusa, se ofende, humilla, amenaza, defiende su patrimonio, su “identidad”, su derecho a seguir haciendo “lo que le da la gana”. Si alguno le ofrece descargar un poco de su lastre, se siente robado, estafado, discriminado, maltratado, se escuda, se justifica, ataca para seguir siendo lo que está haciendo. Se encierra en su celdita mental, allí hace de cuenta que no sufre, o que se merece sufrir, o que es bueno sufrir, y se aferra a sus mochilas llenas de inútiles piedras, en tanto agrega alguna roca más, algún guijarro tirado o fabricado por su amargura.
Se resiste al cambio positivo, sufre y se excusa para seguir haciéndolo. Siente como si fuera su obligación y hasta su deber, como si fuera a obtener un beneficio de tal sacrificio, como si fuera una traición el despojarse de las cargas que en un antiguo pasado gente le incorporó indignamente.
Y así llega a tener a un niño a quien criar, a quien enseñar a vivir como él.
A ese niño le pondrá una mochila pesada, una de las tantas que él mismo viene trayendo. Sus adultas manos impondrán esa mortal carga sobre las espaldas de su niño, le impulsarán a andar así por la vida, a hacer así su vida.
¿Se alegra de esclavizar a su niño tal como sus adultos lo hicieron con él?
¿Se siente menos pesado?
¿Se ha libertado de su espantoso sufrimiento?
¿Tiene más sentido y santidad su vida?

¿Qué cambio generarás ahora para vivir a plenitud, con libertad, felicidad, bondad y bendición?

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Opiniones y respuestas

  1. Netanel (385) ‍‍19/02/13 - 10 Adar II 5773 {Link}
    Morenu no salio el articulo... y hay otro mas viejo de hace unos dias que tampoco salió... fijese si puede arreglarlo, me gustaría mucho poder deleitarme de sus perlas de sabiduría. :)
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