Vete para llegar

La parashá comienza con la orden de Dios a Avraham: “Lej Lejá”, que significa “Vete para ti”.
Es una construcción extraña, puesto que sería suficiente haber dicho “Lej”, que es “Vete”.
En la Torá no hay superfluos ni errores, por tanto el “Lejá” tiene algo para enseñarnos.
Podría ser que no es simplemente irse, sino que sea una salida que conlleve algún tipo de cambio esencial en Avraham. Podría entenderse como una salida multidimensional, que no implica exclusivamente un irse de un territorio, sino una modificación profunda del ser.

Esta visión no se fundamenta en una mera opinión, sino que encuentra un primer asidero en el texto mismo de la Torá, cuando continúa diciendo:

“Vete para ti, de tu tierra, de tu lugar de nacimiento, de la casa de tu padre, a la tierra que Yo te mostraré”
(Bereshit / Génesis 12:1)

Es una salida múltiple, textualmente.
Avraham debía irse de su tierra Y de su lugar de nacimiento Y de la casa de su padre.
El “Y” no es casual, cada uno es una orden diferente en una misma frase.
Por tanto, no bastaba que Avraham sacara su cuerpo de su país, sino que debía desprenderse de las costumbres y conceptos de la sociedad que lo había visto nacer y crecer, pero además debía también romper con los lazos emocionales que lo retenían en la esfera familiar que le resultaba tóxica, de no lograrlo, estaría imposibilitado de alcanzar el grado de espiritualidad que podía alcanzar.

En nuestro interior se encuentra nuestro EGO, quien nos somete, nos debilita, nos impone en fantasías de impotencia, nos llena de miedos, no obstaculiza nuestro desarrollo, nos hace creer que somos otros que no somos en esencia.
El EGO hace uso de recursos limitados, pero efectivos.
El EGO quien debe ser siervo, termina siendo el amo.
Estamos encerrados en preconceptos, en creencias, en fantasías, en miedos, en irracionalidad, en fe, en mandatos externos, en “no puedo”, en “es imposible”, en “soy…” algo despreciable y de carácter impotente. Estamos encarcelados por barrotes emocionales, y por miedo seguimos aferrados a lo que nos lastima, a lo que nos invade, a los que no enferma, a lo que nos mata. Seguimos en relaciones sentimentales tóxicas, en trabajos que nos desagradan, en acciones incoherentes, seguimos y seguimos dando vueltas en círculos de vicios. En tanto, damos miles de excusas, nos agotamos para inventar justificaciones, mentimos, engañamos, regañamos…

La orden Divina viene a rescatarnos: vete, hay una tierra buena para ti.
Pero no sirve salir de tu casa, divorciarte, ir al seguro de paro, afiliarte a un partido, adoctrinarte en una religión, ganar la lotería, nada de eso es una respuesta en sí misma.
Debes tomarte el trabajo de salir de tus prisiones de forma multidimensional.
Reparar aquello que es pasible de ser mejorado, cerrar las heridas, dejar de escapar para huir hacia ninguna parte.

Es necesario encontrar el rumbo y el destino y actuar en el aquí y ahora.

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La seguridad de la rutina nos borra la capacidad de maravillarnos. Buscamos la rutina por ser segura; la capacidad de maravillarnos exige aventura. Si bien teníamos derecho y necesidad de ser ególatras para nuestra propia superviviencia en la infancia, lo normal sería que, pasada esa etapa, demandaramos el derecho a la vida con sentido. Lo anormal es lo que hacemos, renunciamos a la vida con sentido no solamente por la seguridad que brinda el ego, sino para renunciar a la vida al querer ser robots.

Olvide agradecer el texto. Muchas gracias por él.

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