Cada parte hace un todo

Hace algún tiempo, en una pequeña comunidad, había un hombre llamado David, quien era un líder respetado y querido por todos en su vecindario. Siempre actuaba con justicia y compasión, y todos acudían a él en busca de consejo y ayuda.

Un día, una familia enfrentó una situación difícil. Habían perdido su hogar debido a una serie de circunstancias desafortunadas y se encontraban en una situación desesperada. Sin un lugar donde vivir, se vieron obligados a dormir en la calle.

Cuando David se enteró, inmediatamente decidió tomar medidas. Se acercó a su comunidad y compartió la historia de esta familia necesitada. Explicó la difícil posición en la que se encontraban y cómo el apoyo de todos podría marcar la diferencia en sus vidas. ¡Pero ojo! Hizo hincapié que el todos no implicaba que la acción se iba diluir y desaparecer, porque cada uno confiaba que era el otro el que iba a hacer algo. Todos no es sinónimo de nadie, sino del mancomunado esfuerzo de cada uno.

La comunidad, inspirada por las palabras de David, se unió en solidaridad. No se quedaron en rezos y buenas intenciones, no sumaron palabras bonachonas sobre palabras amables, no buscaron generar lindos sentimientos hacia esa familia solamente, sino que, cada persona contribuyó según sus posibilidades: algunos ofrecieron alojamiento temporal, otros donaron ropa y alimentos, mientras que algunos brindaron orientación y apoyo emocional.

David, como líder auténtico, coordinó los esfuerzos y trabajó incansablemente para asegurarse de que cada necesidad de la familia fuera atendida. Utilizó su influencia para conectarse con organizaciones locales y obtener recursos adicionales que pudieran ayudar a la familia a recuperarse y encontrar un hogar permanente.
Hizo que cada integrante de la comunidad estuviera coordinado en el trabajo de ayudar a esta familia a salir de la precaria situación y pudieran estar en condiciones de recomenzar una vida de auto respeto y provecho comunitario.

Gracias a la compasión y la acción colectiva de la comunidad, la familia pudo superar su difícil situación. Encontraron un nuevo hogar y recibieron el apoyo necesario para comenzar de nuevo. La comunidad se convirtió en un ejemplo vivo de cómo la justicia y la compasión pueden transformar vidas y construir un entorno más solidario.
Ayudaron a que el hambriento obtuviera nuevamente una caña y le permitieron encontrar un lago donde pescar, pero no lo agobiaron con falsa generosidad, ni le impidieron hacer su propia parte para retomar su camino de integridad.

La historia de David y la comunidad que se unió en solidaridad nos recuerda que cada uno de nosotros tiene el poder de marcar la diferencia en la vida de los demás. Al seguir los principios de justicia y compasión, podemos crear un impacto positivo y construir comunidades más fuertes y unidas.

Esta historia es solo un ejemplo de cómo la enseñanza de la parashá Ki Tetzé puede manifestarse en nuestras vidas diarias. Nos insta a ser personas justas y compasivas, y a utilizar nuestras habilidades y recursos para ayudar a aquellos que lo necesiten.
No desde el paternalismo ni impidiendo el desarrollo personal con el buenismo castrador, sino con el aliciente para que cada uno tome impulso y vuele alto con su propio aleteo, con la ayuda de Dios.

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