El mejor remedio

Un grupo de burlones quiso hacerse el día con un rabino conocido por su bondad y sabios consejos.
El jefe de los pillos le dijo al rabino:
-Me dijeron que usted además de sabias palabras también receta alimentos y ungüentos para enfermedades, ¿podría ayudarme?
-Por supuesto querido, dime en qué podría ayudarte.
-Sabe que no me funciona el gusto y eso me causa mucha pena. Como, bebo y nada… no siento nada. No existe más placer.
-Oh, qué triste.
Mientras tanto, el grupete que estaba detrás no podía más contener la risa de la burla. En eso, siguió el majareta hablando:
-También tengo alguna especie de dolencia que me hace mentir, yo no quiero, pero miento y miento.
-Oh, eso es terrible. Que dolor.
Y la banda ya estaban atrás a las carcajadas, lo cual le daba la pauta al sabio que algo no era muy prolijo en esta presentación.
-Y por si fuera poco, mi memoria es un asco. No me acuerdo de nada, es como que se me borran las cosas.
-Todo muy lastimoso querido mío –dijo el rabino.
Mientras tanto, los bribones no paraban de mofarse de la situación.
El rabino entendió que debía darle el remedio necesario para resolver esta situación, porque ameritaba una terapia en serio. Así que le dijo con total honestidad:
-Vuelve en media hora, que para entonces tendré la cura para todas tus dolencias.
-Sí, claro, en media hora vuelvo. Claro que sí.
Y la bandita se fue a molestar por ahí, para hacer tiempo con las cosas que sabían hacer.
Mientras tanto, llegó una campesina a lo del rabino y traía boñiga de sus cabras, porque ella intuía que los animales estaban enfermos y el rabino podría resolverlo observando las deposiciones de las mismas.
El rabino le indicó a la buena señora cual hojitas darles a sus cabras para curarlas y allí quedó la bola de estiércol para ser lanzado al resumidero. Entonces el rabino mezcla un poco con harina, hace como pildoritas y las deja preparadas.
Al llegar el pícaro con sus amigotes le dice que le preparó el santo remedio que precisaba y le muestra esas pildoritas. Debía tomar ya mismo unas cuantas. No, no podía esperar más, porque era para ser consumidas al rato de ser fabricadas y no, no precisaba ninguna bendición porque son remedio y no se bendice por ellos.
Entonces el burlón se metió algunas bolitas en su boca, masticó un poco y escupió asqueado gritando con horror:
-¡Qué me dio! Eso es caca de animal, un asco.
-¿Viste? Ya te cure el paladar, ya puedes degustar. Primera dolencia solucionada de inmediato. Y, ¿te diste cuenta? Dijiste totalmente la verdad, porque en efecto es estiércol de animal. Por lo tanto, la segunda enfermedad fue curada también. Y te aseguro que de mí y de esta enseñanza no te vas a olvidar nunca más. ¡Éste ha sido el mejor remedio para lo que te aquejaba!

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