Sabemos que la Torá es parca, no abunda en detalles que resultan irrelevantes.
Escribe lo que ha de ser escrito.
Sin embargo, al llegar a la parashá Nasó sucede algo un poco extraño, encontramos párrafos que se repiten idénticos, una y otra vez.
Es en la sección que cuenta cuando el prÃncipe de cada tribu traÃa su ofrenda para la inauguración del santuario en el desierto.
Todos aportaron lo mismo, y asà la Torá se encarga de anunciar, reiterando y repitiendo.
Realmente, ¿no hubiera sido más razonable y apropiado, más al estilo literario del Libro, que se hubiese declarado una única vez el regalo principesco, anunciando que cada tribu aportó exactamente lo mismo?
Nos ahorrarÃamos letras y letras, tiempo de lectura, una abundancia repetitiva cansina.
Sin embargo, no es un libro cualquier, ¡es el libro de Dios!
Por lo tanto, seguramente una gran enseñanza, al menos, deberÃamos obtener de este hecho inusitado.
Yo te propondré una idea, a la espera de que aportes las tuyas o aquellas que has aprendido y te parece interesante compartir con nosotros aquÃ, en la zona de los comentarios.
Tal vez la Torá nos quiere enseñar que la ofrenda, el servicio, la tarea, el aporte de cada uno es importante y valioso y merece ser remarcado individualmente. Tal como cada uno procuró su parte, con mayor o menor esfuerzo, con más o menos amor y dedicación, el hecho cierto es que contribuyó con él al bien común. Pudiera anonimizarse, hacerlo un integrante más de las estadÃsticas, señalar al grupo en su conjunto como depositario; pero nos quedamos sin conocer y apreciar el valor individual. Y la Torá quiere que lo reconozcamos. Que todos tengan su nombre y su aporte, porque es lo que corresponde.
Asà en las otras cuestiones, en las cosas diarias, saber reconocer el trabajo de cada uno, aunque fuera mÃnimo, aunque estuviera perdido en el océano de la tarea colectiva. Es al individuo en particular, asà como también al grupo en general, que se debe destacar.
Lo que aparenta repetido lleva detrás su propia historia y marca su propio presente que abre un futuro.
Entonces, no hay trabajo duplicado, ni rezo reincidente, ni conducta que no varÃa, siempre y cuando estén realizados con sentido de plenitud.
Siendo asÃ, ¿cómo no anunciarlo y agradecerlo?
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