Parashot Matot y Masei: La fuerza de la palabra y el sentido del camino

Las parashot de esta semana parecen hablar de asuntos muy distintos: votos, guerras, viajes, ciudades de refugio y fronteras. Sin embargo, todas giran alrededor de una misma idea: cómo se forma una persona íntegra. La Torá no solo relata hechos históricos; nos enseña a construir una vida con responsabilidad, propósito y conciencia.

Matot: cuando la palabra crea realidad

La parashá Matot comienza con leyes sobre los votos (nedarim). A primera vista parece un tema técnico, casi jurídico. Pero en realidad nos enfrenta a una de las enseñanzas más profundas de la Torá: la palabra de una persona tiene valor. Lo que decimos nos compromete. La palabra no es un sonido que desaparece en el aire; es una extensión de nuestro carácter.

Vivimos en una época en la que prometer resulta muy fácil y cumplir parece opcional. La Torá plantea exactamente lo contrario: una persona vale tanto como vale su palabra. Quien promete sin intención de cumplir se debilita a sí mismo. Quien cuida lo que dice, fortalece su identidad.
Por ello, ¡cuán valioso resulta el uso del «bli neder»! No te prometo nada, no me comprometo, pero haré lo posible para que suceda.

No es casualidad que inmediatamente después aparezca la guerra contra Midián. Este pueblo no intentó destruir a Israel únicamente mediante la fuerza, sino seduciéndolo, confundiendo sus valores y debilitándolo desde adentro. Ese es siempre el enemigo más peligroso. Muchas veces los mayores peligros no llegan con violencia, sino envueltos en discursos atractivos, promesas seductoras o ideas que parecen inofensivas pero terminan alejándonos de nuestro propósito.

Por eso la Torá contrapone el poder destructivo de ciertas palabras con el enorme poder creador del buen hablar. El lashón hará, la palabra que destruye, tiene su contracara en el hablar responsable, respetuoso y verdadero. Recordemos a Bilam: quiso maldecir y terminó bendiciendo. No fue magia. Fue una enseñanza sobre el enorme poder que tiene la palabra cuando está alineada con la verdad.

La campaña contra Midián concluye con un dato sorprendente: los soldados informan que ninguno de ellos había faltado. Más allá del aspecto militar, hay aquí una enseñanza espiritual muy valiosa. Cuando una comunidad actúa unida alrededor de una misión clara, el resultado supera la suma de los esfuerzos individuales.

También encontramos uno de los momentos más duros de Moshé, cuando reprende a los jefes militares por haber perdonado a las mujeres midianitas que habían participado voluntaria y directamente en la corrupción espiritual del pueblo, lo que acarreo la matanza de miles de buenos hebreos. Es un episodio difícil, que exige ser leído dentro de su contexto histórico y cultural. Pero también nos recuerda una verdad muy actual: la compasión nunca debe confundirse con la pérdida de criterios. Hay situaciones en las que proteger aquello que da sentido a nuestra vida exige establecer límites claros. No todo lo que resulta atractivo nos hace bien.

Masei: el desierto también educa

La parashá Masei enumera las cuarenta y dos etapas recorridas por Israel desde la salida de Egipto hasta la entrada en la Tierra Prometida. Para quien lee rápidamente parece apenas una lista de nombres geográficos. Sin embargo, nuestros sabios siempre entendieron que ese listado es mucho más que un itinerario: es un mapa del crecimiento humano.

Cada estación representa una etapa distinta de la vida. Hay momentos de entusiasmo y momentos de agotamiento; tiempos de claridad y otros de confusión; períodos de avance y otros donde parece que no ocurre nada. Pero cada parada tiene un sentido.

Nadie madura de un día para otro. Tampoco un pueblo.

Esta idea coincide con algo que hoy también reconoce la psicología. Abraham Maslow explicó que resulta muy difícil desarrollar la vinculación con la dimensión espiritual cuando las necesidades básicas permanecen insatisfechas. La propia Torá lo muestra con enorme honestidad. Los israelitas muchas veces protestaron porque tenían hambre, sed o estaban exhaustos. No era simplemente falta de emuná; eran seres humanos atravesando condiciones extremadamente difíciles.

Maimónides lo expresó con gran claridad: quien está dominado por el hambre, el frío o el sufrimiento difícilmente pueda concentrarse en las ideas más elevadas. El judaísmo nunca desprecia el cuerpo en nombre del espíritu. Al contrario: entiende que ambos forman una unidad. La espiritualidad auténtica no se construye ignorando la realidad humana.

Masei también establece las ciudades de refugio, donde podía protegerse quien había causado una muerte sin intención. Es una institución extraordinariamente moderna. La Torá distingue entre el mal deliberado y el error involuntario. Reconoce la responsabilidad, pero también reconoce la complejidad de la condición humana.

No propone únicamente castigar; propone reparar. Enseña que una sociedad justa debe proteger a las víctimas, pero también ofrecer caminos para la reconstrucción de quien ha errado sin intención criminal.

El desierto como escuela

Quizás la gran enseñanza de Matot y Masei aparezca cuando leemos ambas parashot juntas.

Primero aprendemos que nuestra palabra tiene peso.

Después descubrimos que debemos luchar contra aquello que intenta desviarnos de nuestro propósito.

Y finalmente entendemos que toda vida está hecha de etapas, algunas luminosas y otras difíciles, todas necesarias para llegar a destino.

El desierto representa precisamente ese espacio donde desaparecen las distracciones. Allí no hay máscaras ni artificios. Solo queda la persona frente a sí misma y frente al Eterno. Muchas veces queremos escapar del desierto de nuestra vida, cuando en realidad es allí donde más crecemos.

No es casual que la Torá fuera entregada en el desierto. Antes de construir una sociedad, era necesario formar personas.

Por eso quisiera dejar tres preguntas para acompañarnos durante esta semana.

¿Mi palabra sigue teniendo valor? No me refiero solamente a votos «religiosos». También cuando digo «voy a cambiar», «voy a dedicar más tiempo a mi familia», «voy a pedir perdón» o «voy a hacer aquello que corresponde». ¿Mis palabras generan confianza o simplemente expresan buenos deseos?

¿Qué Midián tengo delante? Cada uno conoce aquellas seducciones que lo apartan de su misión: el orgullo, la comodidad, las adicciones, el resentimiento, la búsqueda permanente de aprobación o cualquier hábito que termine gobernando nuestra vida.

¿Estoy aceptando la etapa que estoy viviendo? Hay momentos para avanzar rápidamente y momentos para detenerse. Hay desiertos que no son un castigo, sino una preparación. Incluso nuestros errores, cuando aprendemos de ellos, pueden convertirse en parte del camino hacia una vida mejor.

La Torá nunca nos exige perfección. Nos exige honestidad. Nos pide cuidar la palabra, sostener nuestros valores, aprender de los errores y seguir caminando, aun cuando el paisaje parezca repetirse una y otra vez.

Porque, al final, el verdadero viaje nunca fue solamente desde Egipto hasta la Tierra Prometida. El viaje más importante es el que transforma al esclavo en una persona libre, responsable y capaz de construir un hogar para la Presencia divina en este mundo.

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