La Incapacidad de autoevaluación. Un corazon endurecido

 

He notado personas que han perdido totalmente su capacidad de autoevaluarse. En palabras románticas, han “endurecido su corazón” al punto de vedarse la posibilidad del cambio y  manifestarse al mundo como nuevas criaturas siempre.

Será que la repetición de hábitos elaboran creencias tan sólidas que se transforman en indestructibles, será que mientras más viejo más egocéntrico o ególatra, o que por inimputable ignorancia se han despreciado las oportunidades de aprender, de uno mismo y de otros, el arte de vivir.

No tengo muy claro el por qué en algún momento perderemos completamente la capacidad de mirar nuestra vida en perspectiva e inventariarnos para hacer cambios, tomar decisiones, o aceptar el destino respondiéndole creativa y proactivamente.

Pero lo cierto es que cuando perdemos la propia capacidad de autoevaluación, estamos ya muertos.

Primero porque cada segundo de vida presenta circunstancias cambiantes (según mi escaso entendimiento de lo leído de la física cuántica para amateurs); y segundo porque el ser humano no es un sistema cerrado, sino que es el único ser multidimensional conocido con una abertura existencial (según lo leído en la CB Terapia y Logoterapia).

Si la propia existencia nos presenta circunstancias cambiantes, y por nuestra propia naturaleza estamos capacitados a los cambios, el perder la facultad de autoevaluación para responder, decidir, o aceptar, transforma al hombre en un objeto inerte; en una cosa marchita sin vida, que hace metástasis de su necrofilia a todo lo vivo que le rodea, sean oportunidades nuevas, a relaciones interpersonales, proyectos de vida que realizar, cambios que reactivan energías, etc.

Porque el existir presenta serios retos y cambios que requieren una autoevaluación para responder: en un segundo te dicen que tienes cáncer y un mes de vida; en un segundo te pegas el premio gordo de la lotería, en un segundo te enteras que eres padre de una criatura de 4 años, en un segundo perdiste el capital que ahorraste durante años o, en otro segundo, logras el trabajo por el que estuviste preparándote largas décadas; así ad infinitum.

Cada circunstancia nueva requiere una respuesta nueva, una que tal vez nadie ha probado antes, que depende solamente de uno, y que requiere de todo nuestro ingenio y creatividad; y que además pone en riesgo el propio automatismo y las añejas costumbres, creencias e ideas que nos forman o inculcaron.

Pero en lugar de evaluar con objetividad las circunstancias presentadas así como las propias respuestas con las que se responderán, me he topado con personas incapaces de hacer el ejercicio analítico, y que responden desde el rigor mortis de la subjetividad, desde esas creencias que han sido la zona de confort segura, aunque les cueste la vida; porque así es como se ha aprendido a responder, sin creatividad, responsabilidad, ni compromiso con la vida y lo vivo.

Personas que se atrincheran en el fortín mental que hace sus propias verdades, sin la mínima intención de autoevaluarlas, ni mucho menos acudir en ayuda para su evaluación; momifican su propia existencia reduciéndola a un nicho de cementerio, pues reúsan a expresar su humanidad ante la vida, como nuevas criaturas siempre.

La triste conclusión que saco es que para algunas personas esa capacidad esta irreversiblemente perdida, o esa es la impresión que me dan por las respuestas que han dado a las circunstancias presentadas. Y temo que esa pérdida sea propia del hombre, algo así, como especie de enfermedad crónica.

Y tal vez, no me escape tampoco. Es por eso la razón de estas líneas, para que cuando se lean, o las lea nuevamente, sirvan como llamada a la consciencia, de que los cambios son inevitables, las autoevaluaciones constantes y las respuestas a las circunstancias sean pro-vida.

Porque, para citar a mi viejo amigo Felipe Flores, lo que no se mueve y cambia se pudre y muere; o como lo planteó científicamente en su momento el maestro E. Fromm: “toda teoría que no cambia… ya no es, por ese mismo hecho, igual a la teoría originaria del maestro; es una repetición fosilizada, y al ser una repetición es realmente una deformación”

Así pues en síntesis, evalúate, conversa con alguien, expone tus ideas y creencias, estudia constantemente, responde a las circunstancias con creatividad y con compromiso a la vida, comparte tu humanidad (tus deseos, miedos, vicios, creencias, etc) con un buen amigo,  y vive.

No dejes de estar evaluando tus propias abstracciones (amor, dios, justicia, noajismo, lo bueno, el bien, lo correcto, lo malo, lo ético, etc), ni tus propias circunstancias concretas. No des por verídico nada, ni por seguro nada, ni discrimines lo que acontece en tu vida según tus creencias. Abraza la vida y bendícela viviendo hasta morir.

 

 

 

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