"¿A qué te compararé? ¿A qué te haré semejante, oh hija de Ierushalaim [Jerusalén]? ¿A qué te haré igual a fin de consolarte, oh virgen hija de Tzión [Sion]? Porque grande como el mar es tu quebranto. ¿Quién te podrá sanar?
Tus (falsos) profetas vieron para ti visiones vanas y sin valor. No expusieron tu pecado para así evitar tu cautividad, sino que vieron para ti visiones proféticas vanas y engañosas.
Aplaudían contra ti todos los que pasaban por el camino. Silbaban y sacudían sus cabezas ante la hija de Ierushalaim [Jerusalén], diciendo: ‘¿Es ésta la ciudad de la cual decían que era perfecta en hermosura, el gozo de toda la tierra?’
Abrían su boca contra ti todos tus enemigos. Silbaban y rechinaban los dientes diciendo: ‘¡La hemos destruido! Ciertamente éste es el día que esperábamos; ¡lo hemos alcanzado, lo hemos visto!’
Ha hecho el Eterno lo que se había propuesto; ha ejecutado Su palabra. Como lo había decretado desde tiempos antiguos, destruyó y no tuvo compasión. Ha hecho que el enemigo se alegre a causa de ti; ha enaltecido el poder de tus adversarios."
(Eijá / Lamentaciones 2:13-17)

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