Amarás a tu prójimo no es lo que dice la Torá exactamente

Se suele traducir, yo también lo hago, el famoso verso de la Torá «Vehaavta lereajá camoja» como «Amarás tu prójimo como a ti mismo».
Es una traducción correcta, pero como toda traducción necesariamente es invención, interpretación y a veces un pobre favor al original.
En este caso la Torá no está diciendo exactamente prójimo, aunque es correcto que también dice prójimo.
Lo que está diciendo es reajá, que también se puede entender como aquel que te afecta negativamente en algo, el que te hace una raa.
Entonces, para comprender más cabalmente el verso y cumplir con este imperativo que Dios impone a los miembros del pueblo judío, es necesario que lo comprendamos correctamente.
Nos ordena Dios que amemos al prójimo, es decir, al cercano, a quien está a nuestro lado, al que es vecino nuestro.
Pero también se nos manda a que lo hagamos incluso aunque esa persona no nos corresponda favorablemente, aunque ni siquiera se porte amablemente, aunque hasta nos provoque cierta afectación negativa.
¡Ojo!
NO está diciendo que demos la otra mejilla al agresor, ni que tampoco dejemos sin justicia las situaciones que quebrantan la ley.
No dice que seamos pasivos y permitamos que el malvado prospere en sus malos planes.
No, nada de eso.
Pero sí nos dice que tengamos paciencia con los defectos del otro, que no seamos puntillosos, que nos estemos atentos a cobrarnos cada fallo que comete el otro, que tengamos «tolerancia» y sepamos perdonar los errores. Que aprendamos a amar al otro, es decir, a que podamos vivir con bondad verdadera hacia él, incluso aunque desde el punto de vista de lo estrictamente legal no se merece nuestra bondad.
Nuevamente digo, el amor incluye amonestarlo cuando anda por malos caminos, corregirlo si es nuestra potestad, hacerlo comparecer ante la justicia si es lo correcto.
Porque el amor no es tapar el mal ni excusar lo que es ilegal.
El amor es la acción bondadosa, desinteresada y que busca el bienestar del otro sin esperar nada a cambio.
Por tanto, el verdadero amor necesariamente está salpimentado por el anhelo de justicia, para que haya equilibrio y shalom.

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