A tus ojos

Llegaron los exploradores enviados a recorrer durante cuarenta días la tierra que Dios había prometido para los judíos.
Traían frutos de allí, informes, así como también sus preconceptos y angustias: «Y le contaron diciendo: -Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, la cual ciertamente fluye leche y miel. Éste es el fruto de ella.» (Bemidbar / Números 13:27).

Al principio así la describían, como una tierra maravillosa, productiva, estupenda. Sin embargo, había personas muy poderosas viviendo allí, con ciudades fortificadas, lo cual les hacía temer y ellos pronosticaban el fracaso.

Cuando uno de los exploradores dijo que no hay nada para temer, pues el Eterno había prometido que ellos tomarían la tierra, esto es lo que los exploradores amargados dijeron: «-No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros. Y comenzaron a desacreditar la tierra que habían explorado, diciendo ante los Hijos de Israel: -La tierra que fuimos a explorar es tierra que traga a sus habitantes. Todo el pueblo que vimos en ella son hombres de [grandes] medidas.» (Bemidbar / Números 13:31-32).

¿Cómo es esto?
En una primera versión mencionaron una tierra fértil y de vida; pero ahora, ahogados en sus propios miedos, la desacreditaban y hacían resaltar aspectos negativos, que eran reales o solamente imaginados por ellos.
Es lo que pasa, los datos se cuelan a través de nuestro sistema de creencias, entonces no percibimos la “realidad como es”, sino la realidad que creemos que es.
Si en nuestro sistema de creencias la tierra es buena, encontraremos detalles que lo confirmen; pero si creemos que es mala, también habrá evidencias para demostrarlo.

Tal como creemos, percibimos.
Entonces, no es “ver para creer”; sino “como creo, veo”.

Por supuesto que podemos dejar de depender de la imaginación y de los preconceptos, para dedicar esfuerzo, trabajo, paciencia, tiempo a analizar con relativa objetividad y de esa manera dibujar una realidad menos contaminada por nuestra creencias y más acorde a lo que es en sí mismo. Pero claro, ¿quién va a querer dejar de vivir en su propia versión del mundo para animarse a descubrir otra realidad?

En palabras simples, si crees que no puedes, lo más probable es que no puedas. Y si crees que puedes, entonces harás lo necesario para convertirlo en un hecho.

Tenemos más datos en la misma sección de la Torá, cuando los exploradores desanimados afirman: «También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de gigantes. Nosotros, a nuestros propios ojos, parecíamos langostas; y así parecíamos a sus ojos.» (Bemidbar / Números 13:33).
Ellos suponían que los habitantes del lugar los despreciaban, porque ellos mismos se creían despreciables. Como no se querían, creían que los demás tampoco los querían. Y lo confirmaron porque aquellos moradores no les dirigían la palabra, ni siquiera parecían interesados en saber qué hacían esos extraños merodeando entre ellos. Eso, “obviamente” significaba que no tenían ningún valor, que ni siquiera ameritaban ser sospechosos de estar espiando o algo parecido.
Si se hubieran animado a salir un poquito de su cajita, de la celdita mental, quizás hubieran preguntado algo, comenzado un diálogo, algo… pero no, ¿para qué? Si ellos creían algo y encontraron como demostrarlo con supuestas evidencias.

Pero, una de las tantas explicaciones de los sabios nos informan del motivo por el cual los locatarios no les hablaron, ni le apresaron para acusarles de alguna cosa sospechosa.
Es que ellos pensaban que los extranjeros eran ángeles o hijos de emisarios celestiales, gente totalmente diferente, inalcanzable, a los cuales no se les podía dirigir la palabra.
Si esta explicación es la acertada entre todas las otras, ¡mira que simpático el panorama!
Unos se creían menos que humanos, como langostas, y por ello suponían que aquellos no les hablaban.
Los otros se creían menos que ángeles, como simples humanos mortales, y por ello suponían que no tenían derecho a hablarles.

¡Cuán diferente hubiera sido la cosa si ellos salían de sus creencias por medio de la sana crítica!
Pero no, no fue así.
Se quedaron en las sombras conocidas, temidas pero habituales compañeras.

¡Qué difícil resulta obtener un poco de confianza cuando parece que obtenemos seguridad agobiados por nuestros problemas y dificultades!

Con otra paciente, embarazada, comentábamos lo difícil que nos resulta hacer esto y confiar.  En cierta forma, encontramos seguridad en los problemas y dificultades. 

Si por un ratito dejáramos la celdita y nos aventuráramos a desafiar al miedo, ¿qué pasaría?
Si dejáremos el sofá de los preconceptos, por ahí sentiríamos más energía, determinación, creatividad, amor, conexión con el Eterno; pero, como nos quedamos hundidos entre los incómodos cojines de nuestra zonita de confort, no experimentamos mucho de ello.
Hasta nos defendemos con el absurdo dicho: ”más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Respira, párate, mira con determinación y da ese paso positivo que el miedo detiene.
Por ahí descubres un poder dormido en ti.
Tal vez te das cuenta de que era mayor el miedo que lo que en efecto ocurrió.
Quizás aprendas que tus creencias no son sagradas, y que muy por el contrario probablemente sean tóxicas.
Pero, no lo sabemos si no das ese paso positivo que crees que no puedes dar.

Acéptate, con tus limitaciones y glorias.
No eres una langosta, sino que eres persona. Y si fueras langosta en verdad, ¡feliz de ti que por fin te diste cuenta y vives de acuerdo a tu identidad esencial!

Ayuda a otros con bondad y justicia, sin esperar nada a cambio, pero tampoco sin perjudicarte con tus acciones.
Rompe los esquemas, abre tus ojos a una realidad diferente a la que te enrosca y susurra.

Entrégate a Dios, no como un acto de tonta fe, o como una pasión religiosa, sino como la aceptación de tu identidad espiritual, de tu herencia, de tu responsabilidad para cumplir la misión que tienes.

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