El muro que nos separa de nuestra identidad luminosa

El principal conflicto interno que nos corroe es que vivimos con la convicción de ser el Yo Vivido,
esta personalidad armada de múltiples capas, máscaras, cáscaras, personajes, mandatos, creencias, hábitos, automatismos: al que consideramos nuestro yo;
estando inconscientes de que somos en realidad el Yo Esencial (NESHAMÁ, espíritu, chispa Divina).

Es cierto, estamos siendo el Yo Vivido, eso es indudable,
pero es el personaje que actuamos, aunque estemos convencidos de ser éste y no otra cosa.
Un personaje que va cambiando con las experiencias, las relaciones, la circunstancias,
a diferencia del Yo Esencial que es inmutable, nuestra esencia brillante y que nos vincula con el Creador y todo lo existente.

El Yo Vivido, que puede encontrar su máxima capacidad cuando representa al Yo Esencial,
convirtiéndose así la máscara en la más fiel expresión de la cara oculta del ser.

Es válido suponer que, siendo escasa la conciencia de la NESHAMÁ,
pues no contamos con instrumentos técnicos ni órganos especializados para percibir el espíritu,
el conflicto no exista o que sea apenas motivo de sufrimiento.

Pero, desde lo profundo de nuestro ser la vocecita de la NESHAMÁ no para de hablarnos, de decirnos que somos mejor de lo que estamos siendo,
aunque no la escuchemos, ni le prestemos atención, ni nos demos cuenta,
allí está la pequeña voz animándonos a corregirnos, perfeccionarnos, ser dichosos, disfrutar, estar en armonía interna y externa, ser leales, es decir
tener una existencia que haga espléndido nuestro pasaje por este mundo.
Algo en nuestro interior recibe el mensaje, aunque no sea un mensaje definido, aunque ni siquiera quede registrado en la conciencia,
allí opera la vocecita para orientarnos.

Vivimos en el exilio,
porque no estamos siendo la mejor versión de nosotros,
y en oscuridad,
porque ni siquiera nos damos por enterados del asunto.

Esto nos deja en un estado de permanente impotencia,
de no poder;
de sentir que hay algo más pero que ni siquiera sabemos qué es,
ni conseguimos alcanzarlo.

Al mismo tiempo, tratamos de llenar el vacío,
pero al desconocer el origen del mismo,
todo lo que hacemos simplemente acumula cosas
que no brindan la respuesta al sufrimiento.
Ni las compras, ni rodearse de gente, ni las relaciones, ni el poder material, ni la fama, ni el dinero, ni el conocimiento, ni los vicios, ni las adicciones, ni las religiones, ni las otras supersticiones, ni los títulos, ni los kilos, ni los valores en la bóveda, ni la fe, ni siquiera el ser un buen tipo –sin más- son lo que nos calma esta sed intensa (y generalmente ignorada) que nos aqueja.

Nos atormenta la impotencia, constante, a granel, en grande.
Que toma cuerpo en multitud de cuestiones que en efecto demuestran nuestro no poder,
el carecer de dominio y control.
A cada rato están presentes.
Pero también está la otra impotencia, la de base, la que venimos mencionando del exilio del alma con respecto al espíritu,
que se mantiene en las sombras y es insospechada.

Luego, se le vienen a sumar las impotencias que hemos ido sufriendo y acumulando,
desde el instante cero de salir a este mundo.
Sumergidos en un océano de sufrimiento e incapacidad para responder efectivamente a él,
solamente contando con los poquitos instrumentos del EGO: llanto, grito, pataleo, desconexión de la realidad.

Vamos sumando tropiezos, malas curaciones, heridas abiertas, rencores, deseos, pretextos, excusas y un sinfín de otras cuestiones que nos siguen dejando en el exilio del alma.
Hasta que se nos ocurre un mecanismo para dejar de sufrir un ratito, como lo es el complacer al mundo de fuera.
Hacer monerías, llamar jocosamente la atención, cumplir los mandatos de otros, vivir de acuerdo a lo que nos parece que el otro quiere, para de esa manera manipular un tantito y sentir menos pesada la existencia.
Y también, la manipulación lisa y llana.
Con diferentes grados de astucia irnos perfeccionando en el triste rol de manipulador emocional, en jueguitos de abusador-víctima-salvador.

Y nos vamos llenando de creencias formando el Sistema de Creencias.
Retazos de información, obligaciones, sometimientos, ideas, emociones y otras cosas más, que se van haciendo costras en lo profundo de nuestra mente, allá en donde no es fácil distinguir entre sentimiento y pensamiento. (Recordemos que los sentimientos son pensamientos primitivos, o los primitivos pensamientos son sentimientos).

Con todo esto, es más que evidente que no es el Yo Esencial el que modela nuestro Yo Vivido y que la lejanía se amplía,
hasta hacerse abrumadora.
Con la consiguiente falta de satisfacción, y por tanto el sentimiento infaltable de impotencia.

La creatividad, espontaneidad, alegría y libertad se encuentran bloqueadas.
La energía fluye lentamente y se desangra en acciones sin sentido, molestas, perjudiciales.
Se van hacia pensamientos que no ayudan a crecer, en emociones que confinan a celditas mentales.

La clave está en poder romper este muro de sufrimiento que nos separa de nuestra identidad luminosa.

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