El vivo enterrado

Muchas veces tenemos la creencia de que si tapamos lo negativo, de alguna forma mágica desaparecerá.
Como, por ejemplo, cuando no hablamos de algo que nos molesta en nuestra relación con otra persona, no aclaramos las cosas, sino que guardamos en silencio, tapándolo, enterrándolo entre excusas, olvidos y mentiras.
Haciendo de cuenta de que aquello está muerto y no tiene más alcance. Como si ya no pudiera causar efectos, como si en esa falsa muerte descansará en paz y nos dejara hacer lo mismo.
Pero la gran verdad es que lo que meramente está tapado, no está muerto, sigue afectando. Lo no dicho, de alguna forma se expresa. El tiempo nada cura por sí mismo, sino ocurren los procesos necesarios para que la cura se desarrolle a su debido tiempo.

Es como si te apareciera una mancha de humedad en la pared y prefirieras ver para otro lado, o ponerle un cuadro encima, o pintar hasta que no se note, o justificarla de alguna manera que operara mágicamente.
Al causante de la mancha poco y nada le importan tus excusas, ni se maneja según tus fantasías. Entonces, si la causa sigue activa, la mancha no solo seguirá estando sino que eventualmente crecerá y provocará mayores perjuicios.
La mancha que podía ser reparada a bajo costo de pronto se transformó en un problema pesado, un verdadero quebradero de cabezas. Tu vecino te llama a cada rato para que te hagas cargo. De la municipalidad te intiman para que lo soluciones. El olor a humedad y los hongos apestan. Pero tú te convenciste de que esa mancha no está, no existe, se murió según tu pensamiento mágico.
Pero la magia solo existe en los shows, no en la vida real.

Debes saber que lo que está enterrado vivo, no está muerto.
Por tanto, si tiene el poder para lastimar, lastima.
Si extiende sus tentáculos para dañar, lo hará.
Aunque no lo queramos ver…
o precisamente porque no lo queremos ver, ya que lo negado puede operar desde las sombras y por ello alcanzar mayor dimensión nocivo.

Mucho más económico, relativamente sencillo, manejable es tomar conciencia del problema ni bien nos percatamos de él, e inmediatamente evaluar, diagnosticar, para así planificar una estrategia correctiva, o reparadora, o que contenga los daños.
Ni bien vimos la mancha, llamamos al sanitario para que investigue el origen, para que nos pase un presupuesto, para que lo aceptemos y se ponga en campaña la solución.
Si nos duele el diente, ir al odontólogo y que nos revise y trate, de ser necesario.
Así con todas las cosas, que por algún oscuro motivo creemos que enterrando las señales y síntomas los problemas y conflictos se esfuman.

¡Cuánto más cuando de una desavenencia de relación humana se trata!
Donde las emociones secuestran el pensamiento.
Cuando los egos disputan por mostrar quien manda.
En donde lo que parece importar es vencer o al menos no fracasar, en lugar de acordar y negociar un beneficio mutuo.

Aprendamos a no negar las cosas, a no taparlas, a no esconderlas ni salir corriendo.
Tomemos al toro de los cuernos, hagámonos cargo, aunque resulte un poco molesto y trabajoso, pero seguramente será mucho más eficiente y efectivo que permitir que por inacción o acción torpe el problema aumente hasta una dimensión terrible.
Si se comprende el mensaje, he cumplido mi buena obra del día.
Gracias.

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Jonathan Ortiz
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Como la actitud del avestruz, esconder la cabeza en la tierra no resuelve nada.

Gracias Moré

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