Perder y perder el doble

Para la mayoría de la gente es sabido que estamos en riesgo de perder algún objeto de nuestra propiedad, o dinero.
Las causas pueden ser variadas, pero las podríamos resumir en tres grandes causas:

  1. un evento sobre el cual no tenemos control;
    2. en una competencia leal;
    3. de manera abiertamente injusta.

Demos un ejemplo de cada una de estas causas:

  1. vino una ráfaga de viento y me destruyó el paraguas.
    2. aposté con un amigo mi paraguas en un día de lluvia y perdí la apuesta. (Esto aplica también para otros ejemplos, por supuesto, tales como juicios, negocios, deportes, competencias, etc.).
    3. alguien “tomó prestado” mi paraguas sin permiso en la oficina en un día de lluvia.

En los tres casos el resultado material es idéntico, la pérdida del dichoso paraguas, y para colmo cuando más lo necesitaba.
Sin embargo, el efecto emocional no es el mismo.

Cuando no hay otro que nos gane, probablemente nos molestemos, nos enojemos, o alguna otra emoción desagradable, pero al final del día lo tomaremos con resignación.

Pero, si alguien se ha visto favorecido con nuestro perjuicio, entonces se suma a la pérdida material el elemento funesto de sentirnos/sabernos menos poderosos que el otro, probablemente estemos humillados, seguramente nos dolerá mucho más y será percibido en verdad como un fracaso. Acá se pone en juego algo mucho más intenso, más visceral, más poderoso en mantenernos sumergidos en ese pozo.

El hecho de que otro nos gane, lealmente, no debería ser causante de tanto malestar, pero lo suele ser. Porque, si otro nos vence, añadimos humillación a la pérdida, un sentimiento de fracaso que “se podría haber evitado”.
Además, ese otro está disfrutando del objeto, del dinero, o de lo que fuera que se apropió y que era de nuestra pertenencia; y sumemos a esto que goza con el poder que tuvo sobre nosotros.
O sea, lo que nos amarga por duplicado al otro lo alegra multiplicado.

Algo parecido, pero bastante menos molesto es cuando alguna de nuestras conductas nos llevó a la pérdida ocurrida en aquel evento del que no tenemos control.
En el ejemplo de la ráfaga de viento, es evidente que no tenemos poder para detener el viento, pero, ¿y qué pasa si un ratito antes habíamos visto la advertencia de fuertes vientos y no le hicimos caso, haciendo de cuenta que “a mí no me va a pasar”?
Entonces, el suceso fuera de nuestro control se torna doblemente molesto, porque nuevamente estamos dándonos cuenta no solamente de nuestra impotencia natural, propia de nuestra limitación como ser humano, sino que además le agregamos el padecer de que una decisión propia pone en evidencia nuestra torpeza.
¿Se entiende?

En la vida estamos sometidos a casi constantes situaciones de impotencia y en las que estaremos ganando o perdiendo.
Es por ello muy sano y espiritualmente aconsejable asumir la pérdida y no enfocarse en ello, ni tampoco aumentar los sentimientos negativos.
Dejar pasar, enfocarse en aquello que sí podemos dominar y dedicarnos a construir SHALOM.

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