Al morir

Los que parten del mundo dejan aquí sus posesiones, títulos, propiedades, amistades, familiares, cuerpo.
Quedan de este lado también los recuerdos en aquellos que fueron influidos por su presencia.
Y continúan aquí las acciones (buenas o no), así como los efectos en cadena a partir de ellas.
Casi todo queda en este mundo, para ser reciclado, para ser absorbido, para ser continuado, para reintegrarse y volver a ser.

Pero hay algo que parte, se va, no se ancla al mundo, el espíritu.
La esencia de cada uno retorna a la Fuente de Vidas.
El espíritu con la información (teórica y práctica) recogida en cada instante de existencia mundana.
Se podría decir que los difuntos se llevan consigo sus recuerdos, todos ellos, hasta los que el cerebro tenía escondidos u olvidados. Memorias de datos, pero especialmente de experiencias, de vivencias, de todo eso que permite experimentar la multidimensionalidad del ser humano y que no tiene cabida en una existencia de solo espíritu.

Los que han partido están en un mundo sin cuerpo, sin cambios, sin tiempo. Es todo tiempo y todo lugar, y ninguno a la vez.
Es un lugar que no ocupa lugar, un tiempo que no corre.
Es, sin dudas, una realidad alternativa y diferente a la que nuestros sentidos nos brindan, a la que nuestro cerebro puede alcanzar a comprender.
Es un mundo hecho de información, de todo tiempo y lugar, de cada ser vivo.
Un mundo de unidad.
No hay separación física ni temporal, todo es unidad.
En lo espiritual la separatividad se manifiesta por la falta de armonía, por el desequilibrio.

Siendo así, cuando la persona ha logrado unificar su existencia aquí, encuentra placer allí.
Esa es la idea madura que subyace a la infantil imagen de “premio y castigo” en el más allá.
El castigo es consecuencia de la separatividad, del desequilibrio, del exilio, de la falta de conexión consigo mismo y por ello ruptura con Dios y el prójimo.
El premio, por su parte, es consecuencia de la armonía del ser, de sintonizar el Yo Vivido con sus múltiples caretas al faro sagrado del Yo Esencial.
Si ha trabajado su ser para armonizarlo, se ha quitado las cadenas del EGO de encima, ha despertado su conciencia, se ha unificado entre sus dimensiones, entonces ha conseguido aquello que le brinda el máximo placer en la eternidad.
La clave sagrada para el despertar de la conciencia y la unificación es el vivir con bondad, justicia y lealtad. Es el estar siempre dentro del marco de los mandamientos que de acuerdo a Dios corresponden a cada uno (siete para los gentiles, 613 para el pueblo judío).

Cuando la persona que parte ha quedado en desarmonía, sus recuerdos acumulan oscuridad, sus emociones están cargadas de negatividad, su Yo Auténtico empalidecía debajo de multitud de máscaras de falsedad, el EGO era su amo, entonces tiene que pasar por un proceso de refinamiento, de hasta once meses terrestres, un curso acelerado de corrección.
No es un infierno, no es un limbo, no es un purgatorio, es un estado espiritual de "fermentación", de depuración, hasta que los recuerdos pierdan su carga emotiva negativa, y pueda poner en armonía lo que no pudo lograr en vida.
Luego, se conecta en armonía a la Fuente de Vidas, a la unidad completa.
Hay pleno conocimiento, conciencia.
Esa es la existencia en paz.

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Opiniones y respuestas

  1. Esther (50) ‍‍5/07/13 - 28 Tamuz 5773 {Link}
    More Yehuda. Cuando leí esye artículo no pude evitar llorar. ¿Cómo está tan seguro de que nuestra alma pasará 11 meses en la tierra? ¿ eso es una metáfora u hace regerencia a que cuando se desintegre nuestro cuerpo ya nos uniremos a la fuente?
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  2. Luis Diego Perez Chacon (686) ‍‍16/05/15 - 28 Iyar 5775 {Link}
    He leído de otro autor el mismo concepto de "separatividad"; en lo físico comienza con la separación del neonato de su madre, y poco a poco se va aumentando con los años. Esa separación produce efectos negativos (impotencia y soledad) y positivos (individualidad). Sociológicamente propone que la separación se dio por primera vez cuando el hombre trascendió de la naturaleza, pero los efectos colectivos fueron los mismos.

    En los primeros párrafos del artículo http://serjudio.com/creencias/mashiaj/el-rbol-del-mesas describe una idea que tiene la gente religiosa (religiosa noajida incluso) que en la ultima expresión es intentar religarse a dios para anular esa separatividad; sería como un retorno mágico al útero materno, porque no se soporta la impotencia, soledad y la individualidad que produjo esa separación. Buscar la espiritualidad en esos términos no es una unificación propia, sino que es sadismo, porque el religioso intenta anular su individualidad sometiéndose ciegamente para no sentir mas la impotencia y la soledad.

    Este artículo propone algo que me llamo la atención y que da respuesta a la unificación: "..cuando la persona ha logrado unificar su existencia aquí, encuentra placer allí.." unificar los planos existenciales que nos forman no implica perder nuestra individualidad, la consciencia de ser. ¡Menudo trabajo!
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