La hija del rey y su pobre marido

La hija del rey estaba acostumbrada a todos los placeres. No conocía privaciones, solamente placer y goce.
Llegó el momento de encontrar marido.
El rey le buscó un hombre que la complementara.
Encontró un joven muy activo, atento, dispuesto a complacerla. Si bien era extremadamente pobre, era buena persona.
Fue la fiesta de esponsales, pasaron a convivir y el joven trató de darle dicha y felicidad, pero no conseguía cómo.
Todo lo que intentaba no sacaba de su desgano a la hija del rey. Comidas exquisitas, bebidas estupendas, bailes, salidas, regalos, paseos, nada satisfacía a la hija del rey.
El joven esposo fue a consultar a los sabios, quienes le respondieron: Nada de lo que hagas dejará contenta a la princesa, pues ella proviene de un plano diferente al tuyo, nunca llegarás a comprenderla ni complacerla.
El pobre joven quedó mortificado, apagado, ya no quería nada… él tampoco estaba complacido ahora con la vida.

La hija del rey es nuestro espíritu.
El joven esposo es nuestro cuerpo.
Ninguno de los placeres del cuerpo llega a satisfacer a la princesa.
Por más cosas terrenales que intentemos, no conseguiremos dar placer a nuestro espíritu. Pues la hija del rey se complace solamente con las cosas del Palacio del Rey.
Si tratamos de alegrar nuestro espíritu con materialismo, terminaremos angustiados, hastiados, asqueados incluso físicamente.

Por eso, el consejo de los sabios es: goza de lo permitido y apártate de lo prohibido.
Dale gozo a tu cuerpo, dentro del marco de los mandamientos.
Pero dale al espíritu el placer que le corresponde: bondad, justicia y fidelidad al Eterno por medio del cumplimiento de los mandamientos que te corresponden.

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