Parashat Behaalotejá 5767

Shabbat: Sivan 15, 5767; 2/6/07

Un comentario de la Parashá Behaalotejá (Bemidbar 8:1 – 12:16)
*Camino de bendición*

¡Bienvenidos al nuevo estudio de la parashá semanal!
Estudiaremos una muy interesante cualidad personal a partir de un versículo de nuestra parashá.

Si te preguntaran:
¿Qué se precisa para aprender?
¿Qué se precisa para dialogar?
¿Qué se precisa para no ofender ni ser ofendido?
¿Qué se precisa para reconocer cuando nos equivocamos y enmendar en la medida de lo posible?
¿Qué se precisa para ser persona de renombre?
¿Qué se precisa para ser una gran persona, en todos los aspectos de la vida?

¿Sabes la respuesta?

De acuerdo a lo que nuestra Tradición enseña, lo que permite que todo eso ocurra es… la humildad.

Si atendemos el texto de la parashá descubrimos lo siguiente:

    «Y el hombre Moshé [Moisés] era muy humilde, más que cualquiera de los hombres sobre la faz de la tierra.»
    (Bemidbar / Números 12:3)

Así es descrito el gran líder de Israel.
Aquel que era un noble egipcio, educado para gobernar y someter naciones.
Aquel que encabezó la Salida de Egipto.
Aquel que se enfrentó con el Faraón y su poderoso ejército y sistema esclavista.
Aquel que fue receptor directo de la Revelación divina, escriba de la Torá, transmisor de sus secretos y verdaderos sentidos.
Aquel que hablaba «de frente» con el Eterno.
Aquel que era canal para la realización de milagros y maravillas.
Aquel que condujo a Israel por el desierto durante cuarenta años.
Aquel que alcanzó el máximo nivel de profecía.

Un hombre impresionante, imponente, que sumaba liderazgo, sabiduría, poder, profecía e innumerables otras cualidades portentosas.
Un hombre difícilmente equiparable, imposible de superar.
Y, sin embargo, es descrito como «el más humilde de la tierra».

Probablemente sea ésta la cualidad central, la columna sobre la que se sostenía el resto de las grandezas de Moshé.

Una persona humilde es aquella que sabe quién es, cuáles son sus defectos y cuáles sus virtudes.
Alguien que no teme comunicar sus sentimientos, pero sin apabullar al oyente.
Alguien que aprovecha sus potencialidades, sin engañarse ni ilusionarse falsamente.
Alguien que ha logrado un equilibrio en todas las facetas de su vida, y cuando tiene que enfrentarse con obstáculos no huye, sino que actúa para construir lo que es mejor. Y si cae, porque todos somos personas y cometemos errores, entonces no usa la caída como una excusa para dejar de esforzarse, sino todo lo contrario, es un motivo más para perfeccionarse.

Así era Moshé, el más humilde de los humanos y por ser así es que obtuvo el privilegio de ser quien subió al Sinaí para canalizar la Revelación divina.

Fue Moshé Rabeinu el vivo ejemplo de la moraleja de nuestros Sabios:

    «Quien busca engrandecer su renombre, pierde su nombre»
    (Avot 1:13)

El buen nombre se obtiene mediante la modestia, el equilibrio, la mesura, la responsabilidad y compromiso.
Alguien arrogante, que se quiere llevar el mundo por delante y que exige reconocimiento de los demás, sin merecerlo, no es bien considerado. Pronto pierde el poco reconocimiento que hubiera obtenido.

Pero, ¿cómo se educa a la persona para ser humilde?
Ésta es una pregunta absolutamente fundamental, pues de ella depende la correcta construcción de la personalidad humana.
Sin embargo, es una pregunta que suele pasar inadvertida o con dificultad es respondida.

Existe un sistema tradicional para educar a la persona en la humildad.
Es tener siempre presente al Eterno, Su Presencia insoslayable, de modo tal de aceptar Su yugo y acatar Sus mandamientos.
Cuando la persona adopta con firmeza el cumplimiento de los mandamientos de la Torá, ciertamente está reconociendo una parte fundamental de su lugar en el Mundo. Admite que él no es el centro del universo, que no tiene todas las respuestas, que no todo depende de él, que tiene derecho a equivocarse y el deber de rectificar su error. Admite que hay alguien que siempre es superior, y que Ese alguien nos ama al punto tal de confiar en nuestra capacidad para cumplir con Sus mandamientos. Entonces, el saberse inferior al Eterno no es motivo para abatir su ánimo, sino por el contrario es ocasión para saberse amado, respetado, querido y que se confía en él.
La persona con este sentimiento, con esta conciencia, llega a descubrir la hermandad de todas las personas, la unión que nos vincula inquebrantablemente. También comprende el valor de respetar toda vida y el equilibrio cósmico.
En la medida de las posibilidades desarrolla su personalidad, mientras es socio en la edificación de un mundo mejor.
Todo esto por someterse con conciencia al Eterno, por saberLo en todo momento que está presente.
En palabras del divinamente inspirado salmista:

«He escogido el camino de la verdad; he puesto Tus juicios delante de mí.»
(Tehilim / Salmos 119:30)

No se llega a una altura tan loable desde el primer intento.
Yo sugiero que el primer paso sea el AGRADECIMIENTO.
Agradecer al Eterno por todo lo que recibimos y no olvidar agradecer a padres, suegros, hermanos, amigos, vecinos, hijos, etc. por todo lo que compartimos con ellos.
La persona de ánimo agradecido está en el camino de la bendición, de la humildad que eleva a las cimas trascendentales.

¡Te deseo a ti y a los tuyos que pasen un Shabbat Shalom UMevoraj!
¡Qué sepamos construir shalom!

Moré Yehuda Ribco

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