Me preocupa el péndulo de la humanidad que ya ha entrado nuevamente al área del oscurantismo.
Las señales se habían comenzado a advertir hace unos años, pero ahora la evidencia rompe los ojos.
Quizás el ejemplo más reconocible es Europa, que está siendo conquistada (ya lo fue) por hordas de salvajes, de asesinos fanatizados.
Aunque el viejo continente nunca fue un paraíso para la ética (espiritualidad), ciertamente ahora la brutalidad aflora como en tiempos remotos.
Pero, también aquí, en este pequeño trozo del mundo llamado Uruguay se está constatando a diario el retorno al oscurantismo.
La injusticia por doquier,
la falta de seguridad en todos los órdenes,
el dominio que los perversos (demagogos, criminales, políticos, entre otros) realizan sobre las multitudes,
el decaimiento del intelecto,
el embotamiento emocional,
la agresividad constante,
la recurrencia de la superstición,
los modales bruscos,
el pesimismo adormecido por creencias mágicas,
la falta de toda comunicación auténtica,
el fanatismo (religioso, partidario, doctrinal, tribal (pandillas, clubes deportivos), etc.),
entre otras cuestiones que manifiestan el pesado tiempo que vivimos.
Tengo entendido que en otras áreas de nuestra querida América esto es pan de todos los días y desde hace bastante tiempo.
Es hora del irracional y ausente de ética.
Más preocupante aun, como si no fuera suficiente con lo anterior, es descubrir el progresivo afloramiento del antisemitismo, a veces maquillado como interés por la “justicia con el pueblo palestino” y por consiguiente el antiisraelismo y antisionismo.
No falta día en los cuales las redes sociales se tapan con mensajes en contra de Israel, aunque los temas que convocan los comentarios nada tengan que ver con el asunto.
O encontrarnos con noticias del malicioso boicot en contra de los productos israelíes, o sus personas.
O falsas acusaciones en los medios masivos de información, los cuales distorsionan y falsifican desde el titular hacia abajo.
O insultos contras los judíos, sin motivación aparente.
O los delirantes descubridores del sionismo que domina el universo.
O pintadas anti judías, profanación de templos y cementerios, agresiones en todos lugares y sin piedad.
Aquí y en otras partes.
Pero también me han contado chicos que han sido víctimas directas de manifestaciones o ataques antisemitas en los últimos meses. Gente que les insultó en la calle o lugares públicos. O les escupieron. O persiguieron de forma amenazante. O hasta algunos que recibieron golpes. Y no olvidemos al querido David Fremd, asesinado por ser judío, en la abúlica y apacible Paysandú hace pocas semanas atrás. Pero también el presidente de un numeroso cuadro de fútbol vituperando al aire a un comentarista radial por ser judío, o un expresidente de la República afirmando que Israel es un país genocida cuando lo único que hizo Israel fue responder limitadamente a los misiles y atentados luego de haber sido asaltado incansablemente.
El odio se está desembozando, siempre estuvo y ahora no tiene miedo de mostrarse con menos tapujos.
Se puede esconder como apoyo a los árabes que se hacen llamar palestinos, o como reclamo por “derechos humanos”, cuando no es otra cosa que el mismo veneno mortal de siempre.
Peor, si es posible, es excusarlo, justificarlo, encontrar que de cierta forma está bien que así ocurra.
O quedarse callado y ser cómplice pasivo.
O irlo naturalizando y asumiendo que así son las cosas, dejando de alertarse por los hechos preocupantes. Tomando como evidente que el judío sea perseguido, maltratado, despojado, asesinado.
Es hora de traer LUZ al mundo y no dejar que las sombras sigan engullendo lo poquito que va quedando de humanismo en la humanidad.
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