La parashá Devarim siempre es asociada a la haftará Jazón, que es una porción del libro del profeta Ieshaiá, y se lee en el Shabbat previo a Tisha BeAv (ayuno que este año es corrido para el domingo 2 de Agosto).
Es famoso el dicho que expresa algo asà como que, en el Shabbat Jazón ya se percibe el Tercer Beit HaMikdash, debido a que la palabra ‘jazón’ significa visión hacia la lejanÃa o también videncia. Con esta aclaración quizá se comprenda mejor la causa de la relación tan estrecha entre parashat Devarim, que da comienzo al Sefer Devarim, también denominado ‘Sefer Mishné Torá’, y la haftarat Jazón.
Una de las particularidades de este Sefer, en relación a los cuatro precedentes, es que se refiere y se le expresa a la generación que entrará a la Tierra Prometida, por lo cual, se dan advertencias y consejos que hasta este momento no eran necesarios tener en cuenta, ya que aluden a la vida como residentes establecidos en una tierra, y no a peregrinos del desierto. También, porque la generación precedente podÃa dedicar su abundante tiempo de ocio a lo bueno y santo, o a lo malo y perverso, ya que no tenÃan necesidad de trabajar, puesto que su subsistencia dependÃa directamente de H’; de esta forma, con todo el tiempo a disposición estaban más a merced de las tentaciones indignas, o, por el contrario, podÃan dedicar su tiempo a acciones espirituales de alto valor moral y religioso. Pero, la vida en la Nueva Tierra les depara a esta generación joven múltiples aventuras y desafÃos, muchos de ellos básicamente materiales, de la cotidiana subsistencia, ya que la época de los maravillosos milagros serÃa dejada en el pasado, tomando la joven generación de Israel sobre sus espaldas la responsabilidad de su independencia.
Por esto, en parte, la generación del desierto no se sentÃa preocupada por cuestiones de la tierra, ni por asuntos de administración jurÃdica, económica y social en la misma, sino en otras cosas. Por razón de las perentorias necesidades materiales, la generación de la Conquista de la Tierra, debÃa dedicarse menos a la espiritualidad, para abocarse a la sacra tarea de construir un nuevo paÃs que los acogiera y les brindara seguridad, al menos en el plano material.
(Podemos ver en la historia reciente, digamos desde hace unos casi cien años a esta parte como los sionistas que llegaban a la Tierra de Israel dominada por los opresores extranjeros, en muchas oportunidades no eran ‘religiosos’, o habiéndolo sido dejaban de lado la espiritualidad, pero movidos por la santa misión de refundar la Patria JudÃa; en tanto que los antepasados eran personas, generalmente, sumidas en el mundo del espÃritu).
Este descenso en el plano espiritual para acentuar el predomino de lo material, es afirmado por la misma Torá, según palabras de Moshé, cuando les dice: "Porque ahora no vienen a la ‘menujá’ (el descanso) y a la ‘najalá’ (la tierra)." (Devarim 12:9), que en una simple lectura nos reafirma en lo ya expresado, no hay descanso y vida fácil en la Tierra de Israel, sino trabajo para conseguir los ideales de antaño. Pero, una mirada a través de los ojos de los sabios comentaristas nos indica que ‘menujá’ y ‘najalá’ no son otra cosa que denominaciones de las ciudades de Shiló y Ierushalaim (lugares en donde se ubicaron los Santuarios centrales de Israel, cada uno en su tiempo respectivo).
Y, precisamente, a través del descenso espiritual para dedicarse de lleno a la construcción material, es como se consigue dar el salto cualitativo de construir el Santuario, y retornar con renovadas y mayores fuerzas al plano del espÃritu. Es decir, dejar momentáneamente las preocupaciones netamente espirituales, para cimentar desde lo material una mejor posición espiritual, por ejemplo con la construcción de Shiló o luego con la de Ierushalaim.
Es precisamente en la parashat Devarim que se dan los dos movimientos sucesivos y complementarios, primero el descenso material, pero inmediatamente el ascenso y la construcción de la ‘menujá’ y la ‘najalá’. Asà mismo el Shabbat Jazón presenta los dos términos contrapuestos en Ãntima relación, por un lado es el Shabbat que se haya en la semana en que se llora amargamente por los desastres ocurridos a nuestro pueblo, en especial los referidos a Ierushalaim y al Mikdash; pero por otro lado, desde el abismo de la desolación ya se empieza a percibir la luz de la esperanza despuntando en un futuro cada vez más presente, la reedificación de la Ierushalaim perfecta.