La Torá de Vidas

Con frecuencia me topo con gente que se dice instruida en “la Palabra” (como algunos cristianos llaman a “la Biblia”), que tipifican a la Torá como “la Ley”.
También están los que se creen que el pueblo judío es “el pueblo del Libro”, nombre que nos endilgaron (para bien, y no tanto) nuestros opresores musulmanes hace muchos siglos, haciendo referencia a que somos portadores del libro revelado por Allah a nuestros ancestros (aunque como somos muy herejes, según la mitología desquiciada islámica, lo corrompimos para negar a Mujamad… en fin…).
Y están los que pretenden que pueden opinar de Torá porque tienen boca y alguna vez leyeron un párrafo o dos del Pentateuco.
De todo nos encontramos.

Si bien es cierto que hubo códigos legales anteriores, la Torá no se limita a un conjunto de reglamentaciones, sino que nos provee de una instrucción de vida, para que podamos alcanzar a expresar el máximo de nuestra potencialidad, como individuos y como comunidad.
Por ello se llama “Torá”, de la palabra הוראה – horaá, que viene de להורות – lehorot, que es mostrar, enseñar, instruir. De aquí deriva la palabra מורה – morá/moré (maestra/maestro), que en hebreo tiene el sentido de ser la persona que enseña/muestra al alumno. Mostrar que no es lo mismo que amaestrar, aunque suene parecido y algunos se confundan.
El maestro cumple su tarea y el estudiante también tiene su parte para hacer: querer aprender, observar, interiorizar la enseñanza, criticarla, reconstruirla en su interior para darle un sentido único  (aquel que resuena en él) y luego hacer uso de ella.
Torá también se vincula con “luz”, recordemos que en arameo (idioma muy antiguo que fuera muy íntimo para los judíos) se la conoce como אורייתא – Oraiyta, que es la que alumbra, ilumina. Como toda enseñanza certera, que corre las cortinas de la ignorancia, el prejuicio, la creencias y abre el camino al saber, la confianza, el entendimiento.
Por tanto, a no quedarnos con la errónea creencia de que la Torá es un libro de leyes, así como tampoco es un libro de historia. Ni tan siquiera es solo un libro (o conjunto de ellos), porque su mayor parte la constituye la Torá Oral, basada en el diálogo y la transmisión activa. Para no confundirnos: es la luminosa enseñanza para llevar una buena vida, que integra lo divino a lo humano.

Ella trajo muchas novedades a la humanidad, cosas que eran inimaginables hace treinta y tres siglos, cuando la obtuvimos por revelación Divina.  
Por ejemplo, la persona es responsable por sus acciones y debe hacerse cargo de las consecuencias. Ya no corría echar culpas a demonios o al destino, ni tampoco bastaba con llevar un sacrificio a un dios para quedar libre de culpas. Ni la magia o la fe solucionaban los problemas ocasionados. Por el contrario, la persona que peca (hace algo que la desvía del camino del bien), tiene que hacer TESHUVÁ y corregir en lo posible sus hechos, compensar a quien perjudicó y cambiar de conducta hacia una visión constructiva de sí misma. Cuando la persona se hace cargo de sus errores, así como se valora en sus acciones positivas, aprende a tener más poder y a ser feliz.
Ésta es una de esas enseñanzas que hacen de la Torá una fuente inagotable de luz.
Una luz que Dios entregó al pueblo judío en exclusividad, porque los gentiles tienen SU PROPIA LUZ revelada en los Siete Mandamientos Universales.
Sin embargo, como la tarea del pueblo judío es servir de guía al resto de las naciones en las cuestiones espirituales, indirectamente todos pueden obtener los beneficios saludables de la luz de la Torá.
Indirectamente, a través de las enseñanzas de maestros judíos conocedores y expertos, y a través del ejemplo de todos aquellos judíos que viven de acuerdo a la Torá y sirven como modelo para el resto.

A seguir aprendiendo, desaprendiendo, llenando el mundo de la LUZ, que ya está aquí, solamente hay que correr los velos que la ocultan.

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