Categoría: Torá

  • El retorno a uno mismo

    El Shabat entre Rosh haShaná y Iom Kipur se llama Shabat SHUVA, algunos le dicen TSHUVÁ.
    Shuva, significa “retorna” y es la primera palabra de la haftará, que incluye los siguientes textos del TANAJ: Hoshea (Oseas) 14:2-10, Mijá (Miqueas) 7:18-20.
    En la misma, el profeta Hoshea pide que los judíos retornen a la buena senda y si ya están en ella, que fortalezcan sus pasos, porque tal es la idea de la TESHUVÁ.
    Éste es un concepto clave todo el año, pero en especial desde el comienzo del mes de Elul y hasta Iom Kipur.
    Podemos entender la teshuvá como regresar a la mejor versión de nosotros mismos, poner en sintonía nuestra conducta y personalidad con la dimensión espiritual y no quedarnos conformes con menos que ello.
    En realidad, no hay límite en nuestro trabajo de perfeccionamiento, porque nuestra NESHAMÁ (espíritu) es una chispa de Dios, por tanto parte del infinito.
    La Tradición nos hace tomar mayor conciencia de esto durante los días tan sagrados de los Aseret Iemei Teshuvá que estamos transitando ahora. Así llegamos al Iom haDin, el Día del Juicio, preparados y nos alistamos para el veredicto que nos dará el Juez en Iom Kipur.
    Pero no hay que pensar en teshuvá solamente como la respuesta ante el pecado, sino como una oportunidad, un regalo que nos da Dios, ya que nos permite tomar nuestra personalidad y modelarla para llevarnos a una vida mucho más armoniosa.
    Porque tenemos libre albedrío, capacidad para discernir y escoger entre hacer el bien o no hacerlo, es que también somos merecedores de la teshuvá. No es un concepto religioso ni tampoco está ligado exclusivamente a asuntos espirituales, sino que es posible aplicarlo a cada área de nuestra existencia.
    Por ejemplo, cuando decidimos hacer lo posible de nuestra parte para llevarnos bien con personas con las que estamos en conflicto, eso es teshuvá.
    Cuando nos damos cuenta de que no estamos dedicados seriamente al estudio, y ésta nuestra responsabilidad principal, entonces teshuvá es admitirlo y dejar de inventar excusas para ponernos las pilas y estudiar lo mejor que podamos.
    Cuando hace rato no colaboramos con el prójimo, sea con dinero (haciendo tzedaká) o con acciones bondadosas (haciendo guemilut jasadim), la teshuvá es despertar nuestro lado generoso y de justicia y dar una mano al necesitado, hacer lo que podamos para que todos estemos materialmente mejor.

    En cuanto a la parashá Vaielej, nos encontramos con un recuento de los eventos del último día de Moshé. Es cuando transfiere el liderazgo a Ieoshúa y también concluye la escritura de la Torá original. Ese rollo lo deja en manos de los levitas y sería depositado el Arca de la Alianza, o un lado del mismo.

    La Torá marca la mitzvá de hakel (reunir) al pueblo judío cada siete años, durante la festividad de Sucot del primer año del ciclo de Shemitá (año sabático). Todo el pueblo judío debe reunirse en el Templo del Eterno en  Ierushalaim, para que el rey de Israel debe les lea de la Torá.

    La parashá finalmente anuncia que llegará un tiempo en que el pueblo judío se apartaría del camino de Dios y por ello se sentirían como desamparados, sin percibir que Dios los acompaña a cada instante.
    Sin embargo la Torá confirma que la conexión no puede ser quebrada, puede estar debilitada, ellos pueden no sentirse conectados, pero en verdad la conexión es irrevocable. Por ello, continúa informando la parashá, es que cuando el pueblo escoja cambiar de conducta y hacer teshuvá, entonces será restablecido y conseguirá la paz.
    Y aquí encontramos otro de los sentidos de la palabra teshuvá, según la usa la Torá, y corresponde al retorno del pueblo de Israel a su tierra. A causa de múltiples factores, entre los que se incluyen los errores/pecados, la Torá anunció mucho tiempo antes de que pasara, que el pueblo de Israel sería expulsado de su tierra y viviría en una dolorosa diáspora. Esto ya pasó, la más grave expulsión y exilio fue sufrida por casi dos mil años, hasta que por fin se inició el retorno, la teshuvá. Con ella se reinauguró un Estado libre e independiente, que según los sabios actuales es definido como “reshit tzemijat geulatenu”: el comienzo del crecimiento de nuestra redención.
    Estamos en un proceso que gradualmente será reconocido como la Era Mesiánica, con toda su paz, prosperidad, estabilidad, bienestar.

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  • Bejucotai en Ierushalaim

    En la Diáspora este shabat leemos Bejucotai, que es la última parashá del tercer libro de la Torá, Vaikrá/Levítico; en tanto que en Israel leerán el comienzo del cuarto libro, Bemidbar/Números. Nos encontramos desfasados porque en Israel, la festividad de Pesaj terminó un viernes de Abril, mientras que en el resto del mundo la misma duró un día más, por lo cual ese shabat en Israel continuaron con el ciclo regular de la Torá (y podían comer jametz), mientras que a nosotros nos tocó leer la porción correspondiente al octavo día de Pesaj (y seguían vigentes las reglas de la festividad).
    Seguramente resulta confuso y extraño que algunos judíos celebren la misma fiesta en fechas un poco diferentes, con algunas costumbres también distintas, o que la lectura pública de la Torá no sea la misma, dependiendo del lugar de residencia. Sin embargo, de alguna forma logramos mantenernos unidos y nos reconocemos como pertenecientes a la misma Tradición a pesar de siglos de divergencias. Es que, la esencia es la misma.
    Son estas cosas maravillosas y complicadas que tiene el judaísmo que nos impulsa a no quedarnos cómodos en la rutina, porque debemos indagar, preguntar, tomar conciencia, darnos cuenta del paso del tiempo, de los lugares que habitamos, de la diversidad cultural y aprender a mantenernos leales a nuestra identidad.
    Como estamos comentando de tiempos, recordemos que ya llegamos al día 42 de la cuenta del Omer, lo que significa que en tan solo una semana alcanzaremos su fin, tras lo cual inmediatamente comenzará la festividad de Shavuot .
    Shavuot significa semanas, puesto que hemos estado contando cada uno de los días de estas siete semanas que vinculan Pesaj con la fiesta de la entrega de la Torá (Shavuot).
    Además, al finalizar este shabat, esta semana, inicia la más moderna de las fiestas incorporadas al calendario judío, que es Iom Ierushalaim. Celebramos la tan querida y esperada reunificación de la ciudad de Ierushalaim/Jerusalén, que permitió a los judíos volver a tomar posesión de la que fuera milenaria capital de su nación. Desde aquel día de junio de 1967 los ocupantes extranjeros ya no pudieron impedir que los judíos rezaran en sus sitios sagrados, pudieran transitar sus calles y vivir en sus moradas ancestrales. Al tomar control el Estado de Israel, con ánimo generoso y pacífico, se respetaron los lugares sagrados de las religiones, se dio acceso a todas las personas de bien, se le devolvió parte del brillo que supo tener hace miles de años, a pesar de las agresiones de extraños que siguen tratando de prohibir la presencia judía en su capital eterna.
    Como podemos comprobar, estamos en un período lleno de alegrías, conexión con eventos importantes del pasado, promesas de un mejor futuro que esperamos nos acompañe con buenas noticias y bendiciones. Que pronto se cumpla este versículo que se encuentra en la parashá de la semana, en el cual Dios promete que:

    «וְנָֽתַתִּ֤י שָׁלוֹם֙ בָּאָ֔רֶץ וּשְׁכַבְתֶּ֖ם וְאֵ֣ין מַֽחֲרִ֑יד וְהִשְׁבַּתִּ֞י חַיָּ֤ה רָעָה֙ מִן־הָאָ֔רֶץ וְחֶ֖רֶב לֹֽא־תַעֲבֹ֥ר בְּאַרְצְכֶֽם:
    Daré paz en la tierra; dormiréis, y no habrá quien os espante. Haré desaparecer las fieras dañinas de vuestra tierra, y la espada no pasará por vuestro país.»
    (Vaikrá/Levítico 26:6)

    Nuestra parashá es una de las dos en la Torá que contienen visiones terribles de lo que podría llegar a ocurrir al pueblo judío si éste no fuera leal al cumplimiento de los preceptos de la Torá. (La otra parashá es Ki Tavó, que está hacia el final del libro Devarim/Deuteronomio, y es realmente escalofriante su contenido en la sección de las “maldiciones”).
    Esta sección recibe el nombre de “Parashat haTojejá”, del reproche, debido a que nos encontramos con las horribles consecuencias que podrían surgir de las acciones negativas de las personas. Tradicionalmente esta sección es leída por el oficiante en voz apenas audible y velozmente, además suele ser el rabino o el mismo oficiante quienes son convocados para esta aliá (persona llamada para bendecir la lectura de una porción de la Torá).

    Sin embargo, también nos traen promesas de bendiciones, que se alcanzan con el cumplimiento de los mandamientos, una de las cuales es la que hemos citado recién: paz y seguridad para los que habiten en eretz Israel.
    Según enseñan los maestros contemporáneos, ya iniciamos la época en la cual hemos comenzado a disfrutar de las bendiciones del Eterno.

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  • Crear lo bueno con el habla y la mente

    Uno de los relatos más famosos de la humanidad lo encontramos en la parashá de esta semana, Vaishlaj, cuando el patriarca Iaacov pelea con un ángel. Como resultado de esa contienda el patriarca es bendecido y recibe un nuevo nombre, que refleja con más claridad su nueva personalidad: ISRAEL.
    Pasó de ser una persona con tendencias muy dominadas por el EGO a una persona con predominancia espiritual.
    No fue un trabajo sencillo, no ocurrió por milagro, ni tenía el patriarca una predisposición mágica que le ayudó a conseguir su transformación personal; lo cual convierte a este hecho en un impresionante logro, uno que merece todo el elogio y mérito y que además nos sirve a nosotros para tomarlo como ejemplo. Ya que, si el patriarca hubiera alcanzado su metamorfosis de esclavo del EGO a poderoso espiritual por obra divina, sin ningún esfuerzo, entonces no tendría ningún valor ni mérito. Sería no más que la “gracias divina”, un regalo por el cual no se ha sacrificado nada ni se ha desarrollado ninguna cualidad. Pero, como el patriarca debió luchar con todas sus fuerzas, realmente dar una batalla dolorosa e impresionante, entonces el positivo resultado solamente destaca su poder y lo realza.
    Es por tanto este pasaje de la Torá muy significativo para todos aquellos que queremos despegarnos de nuestro Yo Vivido acostumbrado al EGO y modificarlo para que esté en perfecta sintonía con nuestro Yo Esencial. Es decir, que nuestra personalidad refleje a nuestra espiritualidad, que nuestra espiritualidad se vea reflejada en nuestra forma de estar en el mundo.

    Cada día debemos dar nosotros esta lucha, imponernos sobre nuestra tendencia oscura y despegarnos del EGO para abrazar más nuestra personalidad infinita.
    Como una gran ayuda al respecto, ten en mente el siguiente pasaje en el relato de la lucha de Iaacov con el ángel, cuando el patriarca le dice:

    «No te dejaré, si no me bendices»
    (Bereshit/Génesis 32:27)

    No alcanzó con los golpes que se estaban dando, trenzarse en pelea física, ni estar ideando estrategias para derrotarlo, sino que tuvo que hablar como forma de lograr el éxito. Pero no cualquier habla, si lo analizas descubres que está reclamando que le bendiga, es decir que “bien diga”.
    El hablar bien es fundamental.
    Esto ni significa ser experto en decir discursos, o tener un gran caudal de vocablos y arte para unirlos en frases vibrantes. Sino usar el habla para el bien, hablar positivamente.

    Atiende la enseñanza en el más profundo y poderoso de los poemas:

    … נַפְשִׁי יָצְאָה בְדַבְּרוֹ …
    «…Se me salía el alma, cuando él hablaba…»
    (Shir HaSHirim/Cantar de los Cantares 5:6)

    Salirse el alma con las palabras.
    Es decir, el poder de la palabra para movilizar la energía emocional y anímica.
    Tener la capacidad para afectar, para bien y para mal, por medio de la expresividad.

    Las palabras irradian energía que manifiestan siempre parte de nuestra personalidad.
    Cuando hablamos desde la negatividad, estamos contagiando oscuridad al entorno y enfocando nuestro mente hacia lo negativo.
    Pero, si nuestras palabras son de luz, el efecto será alumbrar nuestra vecindad y dejar que la mente apunte a descubrir más motivos para estar bien.
    Por tanto, es importantísimo llenar nuestro discurso de cosas positivas, no porque eso obligará al universo a darnos lo que queremos, sino porque nos rodeara de luminosidad, provocará reacciones positivas en el vecindario, fortificará nuestra mente, llenará nuestra alma de calma.

    Imagínate una situación que se presenta problemática y tienes al lado a un quejoso, que solamente se lamenta, echa culpas, justifica la torpeza, insulta, o cosas por el estilo.
    Y al otro lado tienes a la persona que afronta las situaciones con realismo, desde el poder, con aceptación de las dificultades, que apuesta por mejorar y construir.
    ¿Cuál de los dos te genera una energía más dulce y que mueve a la superación?

    Entonces, palabras positivas, en mente positiva, con acciones positivas. El resultado será positivo.
    Y si fuera la negatividad tu sintonía, entonces no esperes positividad.

    Di palabras de bendición, repite párrafos de alabanza sincera, haz del sano positivismo un compañero constante de tu boca. Agradece, elogia, estimula con tu palabra al que anda cabizbajo y con dudas.
    Rechaza de tu lenguaje lo que afea, lo que empobrece la imaginación, lo que altera negativamente, lo que llena de miedo e impotencia.

    Como el inspirado salmista nos enseña:

    «¿Quién es el hombre que desea vida? ¿Quién anhela años para ver el bien?
    Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño.
    Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela.»
    (Tehilim/Salmos 34:13-15)

    Por tanto, lucha contra tu parte negativa haciendo lo que es positivo. Hablando lo que es poderoso. Pensando, realmente pensando y no meramente repitiendo creencias, con pensamientos de luz.
    Haciendo de esta manera al poco rato estaremos comprobando que los ángeles enemistados pasan a ser aliados, que los problemas se mitigan, que el dolor se acalla, que la confianza crece.

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  • Ser socio del Socio

    El árbol se encuentra potencialmente en la semilla, sin embargo, la semilla debe de morir como tal para que pueda surgir el árbol.
    Pero no es una ecuación automática, puesto que solamente ocurrirá cuando se den las condiciones mínimas y necesarias para que suceda.

    Al final de la parashá anterior (Noaj) encontramos que en la familia humana había nacido Avram hijo de Téraj, décima generación desde Noaj.
    Ya de pequeño fue un disruptor, un rebelde, un generador de cambio.
    No permitió que la insufrible y cómoda zona creada por el Sistema de Creencias lo dominara, sino que con firmeza y persistencia iba quebrando una tras otras las restricciones mentales que le imponían.
    No se ataba a dioses ni a gobernantes. Criticaba hasta desmenuzar cada una de las creencias y lemas. Confrontaba las “verdades” y hábitos de los demás para que pudieran liberarse también y hacerse un poco más humanos y menos autómatas, primero lo hizo de forma belicosa y cuando maduró con mucha flexibilidad y compasión.
    Se puso a la cabeza de un movimiento renovador, o más bien: restaurador; pues, él había redescubierto el monoteísmo y a viva voz lo proclamaba y ofrecía a quien estuviera al alcance de su influencia.

    Era una semilla que estaba tratando de convertirse en un fuerte y espléndido árbol.
    Quería que su sombra cubriera a los chamuscados por el sol y refugiara a los asfixiados por el calor. Que sus frutos alimentaran a los necesitados. Que su presencia guiara a los confundidos. Que su descendencia se multiplicara y con ellos la bendición que derramaba generosamente para los demás.
    Pero para eso debía morir Avram y nacer Abraham, el que sería padre de muchas naciones: las futuras 13 tribus de Israel, herederos de su legado sagrado y material así como algunas otras naciones emparentadas con ellos, tales como los descendientes de Ishmael entre otros descendientes de segundo orden.

    Avram fue la pequeña vasija que daba paso a la grande.
    Un limitado contenedor de la bendición Celestial que a través de su esfuerzo, de su dedicación, de su entrega, aprendió a superar las fronteras impuestas por el EGO y secundadas por la sociedad, para ser la mejor versión de sí mismo.
    Este pasaje no es gratis, la semilla debe morir para que nazca el árbol.

    Pero en ese trabajo la persona se va transformando y desbloqueando aquello que reduce su capacidad de comprensión, de captación de bendición, de placer. Con el cambio crece en todo lo bueno y actúa como un imán para que la bendición espiritual atraiga otros beneficios, tales como el sustento, salud, buenas relaciones, etc.
    Todo esto le estaba sucediendo a nuestro patriarca Abraham, que en su crecimiento espiritual también fue acarreando bienestar material.

    Podemos hacer algo similar, cada uno a su nivel.
    Podemos ir trabajando para quitarnos las cáscaras y máscaras que fueron formando nuestro Yo Vivido, podemos hacer la limpieza de hábitos y creencias que nos aprisionan, para modificar nuestra personalidad y llevarnos a estar en sincronía con nuestro Yo Esencial, también llamado NESHAMÁ (espíritu, chispa Divina).
    Entonces dejaremos de lado excusas, miedos, sentimientos negativos, relaciones tóxicas, conductas perjudiciales, reacciones disfuncionales y nos iremos transformando en una personalidad más luminosa, saludable, consciente, alegre, conectada con la vida y el bienestar. Destrabamos el canal de la bendición Celestial y estaremos siendo dignos receptores de ella.

    Para ello es tomar conocimiento de que somos chispas de la Divinidad en tránsito por este mundo. Somos hijos del Creador y estamos aquí para experimentar todo lo que nos trae la vida, pero en especial de lo bueno.
    Darnos cuenta de lo que nos une, que es lo espiritual.
    Pero también ser conscientes de lo que nos separa, que es el EGO, las pequeñas torpezas del materialismo. Con esto en mente, aprender a manejarnos para desempolvar la bendición y favorecernos de ella.
    Al hacer cada uno su parte, que solamente cada uno de nosotros puede hacerla, estamos aceptando nuestro rol como socios de Dios y eso lo “obliga” a Él a colaborar como nuestro Socio. ¿Habrá un poder más poderoso que éste?

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  • Parashá Bejucotai 5782

    ¡Has llegado a la última parashá del Libro Vaikrá/Levítico!
    Comienza con las condiciones de Dios para los hijos de Israel.
    Él nos promete muchas bendiciones, tales como paz, victoria sobre los enemigos, sentirnos próximos a Dios, éxito económico, seguridad física, tanto en lo personal como en lo nacional, entre otras cosas.
    Pero, todo está ligado a una condición: ‘Si andan en mis estatutos’; es decir, si el pueblo judío guarda las leyes que Dios nos ordena.
    Está en la decisión del pueblo que las promesas de Dios se cumplan.
    Porque, es como una sociedad, en la cual el pueblo judío realiza una parte de la tarea, en tanto que el Socio (Dios) se compromete a que todo se desarrolle de manera favorable, siempre y cuando la condición de acatamiento a los mandamientos sea cumplida.

    Pero, ¿qué pasa si no se acatan los mandamientos?
    Es la propia parashá la que nos trae el resultado, pues en ella Dios advierte, manojos de problemas caerán sobre los hijos de Israel. Sus malas acciones conducirán a malos resultados como: enfermedades, sequía, derrota en la guerra, malos animales, destrucción y expulsión de la tierra de Israel.

    Es bastante desalentador. ¿Cómo puedes mantener todas las reglas todo el tiempo? ¿Existe tal posibilidad en absoluto? Después de leer los castigos esperados para los hijos de Israel, se crea un sentimiento de que todo está perdido. ¡Si enojamos a Dios, no tenemos ninguna posibilidad de escapar de los castigos pesados ​​que vendrán! Pero en la parashá se nos afirma, con total seguridad, de que, a pesar de las duras acciones y los pecados, hay una manera de detener las maldiciones: ¿cuál es?

    Si los hijos de Israel se vuelven de su mal camino, es decir, realizan TESHUVÁ, para darse cuenta de que se está yendo por la senda del error, entonces se decide dejar de hacer lo malo, se arrepiente y guardan las leyes de la Torá; entonces Dios promete recordar el pacto que tiene estable y perpetuo con los judíos, y perdonarlos.
    Con ese perdón se produce el regreso a la tierra sagrada, a la buena y segura vida allí, a una época de bendición y plenitud.
    Así pues, no hay necesidad de sentirse sin esperanza o pedir mágica ayuda a supersticiones religiosas, sino solamente con hacer un verdadero cambio de conducta y dejar de lado lo malo, para abrazar lo bueno.
    El camino de la TESHUVÁ es accesible para TODOS, judíos y no, pecadores y no.
    Todos tenemos la oportunidad de hacer algo mejor cada día, y con ello recibir las bendiciones que se han prometido.

    La segunda parte de la parashá detalla las leyes de votos y donaciones al templo: una persona puede dedicar una suma de dinero, un animal o un terreno de su tierra al templo. Se detalla cómo se calcula la contribución al templo en caso de que una persona quiera dedicar algo a Dios.
    En muchos casos la gente quiere donar dinero o algún animal al templo. Pero las donaciones también tienen reglas. Debe hacerse de la manera correcta.

    Notemos que tras las promesas de bienestar, luego las advertencias de pasarla mal si pecamos, y darnos la clave de la TESHUVÁ, la parashá adrede finaliza con cuestiones referidas al templo en funcionamiento en la tierra de Israel. Como dando por sentado que a pesar de los muchos errores, siempre volveremos al lado de la luz, porque Dios confía en nosotros y ha hecho una alianza con nosotros que no puede ser cancelada ni sustituida.



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  • Parashá Behar resumida 5782

    La parashá se llama «Behar”, que significa en el monte, aunque también se la llama «Behar Sinaí», porque indica con precisión de que monte estamos hablando. Al tener en cuenta el lugar, también sabemos cuando ocurre lo que se narra, es decir, durante los cuarenta días con sus noches en los cuales Moshé estuvo recibiendo la Torá del Todopoderoso para Israel.

    Encontramos en esta parashá numerosas mitzvot, teniendo especial atención las que refieren al orden social y hace foco en atender las necesidades de los débiles, como el pobre e incluso el esclavo. No es novedoso que así ocurra, ya que en múltiples ocasiones la Torá trata de la importancia de que exista la justicia social. La misma no ocurre por algún suceso imprevisto o por directa intervención divina, sino que se construye con la participación de todos los miembros de la comunidad, desde el más necesitado al más opulento. Cada uno tiene su parte en la tarea de edificar una sociedad justa, equilibrada, en donde la gente no sufra por necesidades básicas no satisfechas. Se encargan las leyes divinas de decretar los comportamientos que pueden ayudarnos a acceder a esa realidad.

    Como si no tuviera que ver con el aspecto social, aunque cuando lo analizamos a fondo descubrimos que sí lo tiene, aparecen en nuestra parashá leyes referidas al cuidado que le debemos a la tierra, en el caso en particular, la de Israel.
    Desde el inicio de la humanidad Dios determinó que trabajemos y cuidemos de la tierra, para el pueblo judío estas exigencias se multiplican cuando se trata de la que nos pertenece por derecho familiar y por herencia divina, la de Israel.
    Así, encontramos en la parashá el mandamiento de la shemitá, que se traduce como sabático, y que constituye una mitzvá nacional y social.
    El mandamiento de la shemitá indica que cada siete años se nos ordena a los judíos cesar las actividades en los campos y no realizar ninguna de los trabajos que incumben a la producción que brota de la tierra.
    Durante seis años se trabaja, el séptimo se deja descansar a la tierra de Israel, así como los que trabajan en ella pueden dedicar su tiempo para otras actividades.

    Se nos brindan múltiples interpretaciones al respecto de esta mitzvá, una de las cuales es que si bien la tierra es nuestra, en verdad lo que se nos ha otorgado es el derecho a usarla, aprovechar sus recursos, vivir en ella, pero realmente el dueño es el Eterno.
    Otra interpretación es que podamos entender que todo lo que hacemos en este mundo es muy valioso, importante e incluso indispensable; pero, a fin de cuentas, no nos llevamos nada material cuando partimos a nuestra existencia espiritual, es por ello que debemos aprender a valorar lo que tenemos, aquello que hacemos, los bienes de este mundo, pero también a enfocarnos en trascender. Una enseñanza similar a la que obtenemos cada semana cuando nos encontramos con el día de Shabat y hacemos lo apropiado para pasarlo pleno de su sentido espiritual.

    Podemos mencionar algunas otras mitzvot de nuestra parashá, como por ejemplo el Jubileo. Cada cincuenta años, es decir, al terminar siete períodos de Shemitá, llega el año del Jubileo, el cual es consagrado a Dios, y en él también se interrumpe el trabajo agrícola, se liberan a todos los esclavos, quedan redimidas las deudas y se devuelven las parcelas a sus dueños originales.

    También en la parashá encontramos la prohibición de fraude y de obtener interés al realizar préstamos de dinero a un judío.
    Y, como mencionamos más arriba, en el año del jubileo quedan redimidos también el esclavo hebreo y el cananeo, teniendo obligaciones hacia él quien fuera su patrón.



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  • Ser victorioso a pesar de los fracasos

    Iosef fue echado al pozo por sus hermanos.
    Su destino era morir allí, abandonado, despreciado, desaparecido.
    Sin embargo, uno de los hermanos se apiadó por su vida y convenció a los otros para que lo vendieran como esclavo. Era mejor que fuera esclavo en el extranjero, por siempre desconectado de su familia a perecer de manera ignominiosa. Entonces, hicieron los arreglos con unos traficantes de personas que estaban pasando por ahí, así se librarían del molesto hermano que sentían más como un enemigo.
    Al final, fueron otros los esclavistas los que encontraron a Iosef lastimado en el pozo, lo izaron y aprisionaron para llevarlo y comerciarlo en el pozo profundo que era Egipto.
    Los hermanos no supieron a ciencia cierta que había sido del engreído Iosef, fue un misterio que le había ocurrido.

    Muchos años estuvo Iosef esclavizado y luego también encarcelado, por un crimen que no cometió.
    Más tarde también fue traicionado por alguien a quien había favorecido, permaneciendo así dos años más en prisión y sombras.
    Gente que le había maltratado, no faltaba.
    Vivencias horrorosas, eran habituales.
    Tuvo mucho tiempo para mascar el dolor, soñar con la venganza, echar culpas, perderse en ríos de llantos y quejas.
    Pero algo luminoso en él iba creciendo cuanto más lo oprimían. Por tanto, en vez de hacerse socio de la oscuridad moral se estaba transformando en un TZADIK, un justo. Porque no usaba los problemas como excusas para corromperse y tramar el mal contra los otros, sino que encontraba en las dificultades un motivo para fortalecerse, mejor, superar las trabas y a sí mismo convirtiéndose cada vez en una mejor versión de él.

    Usaba sus vivencias, la mayoría de ellas terribles, para impulsarse hacia delante y arriba.
    Crecía allí donde otros solamente se hundían.
    Estaba aprendiendo a ver la enseñanza allí donde otros solo veían motivos para lamentarse y sufrir y echar culpas.

    Claro que no fue un proceso sencillo ni veloz.
    No fue magia, ni milagro.
    Mucho dolor y tragar bilis.
    Mucho esfuerzo.
    Mucha energía dedicada a la voluntad de superarse.
    Pero finalmente dio resultado.

    Así él pudo comprender que si nos quedamos en la “chiquita”, nunca llegaremos a la grande.
    Supo percibir la Presencia del Creador en todo, también en la oscuridad, lo que lo alentaba a descorrer los velos que tapaban la LUZ.
    Su visión espiritual no era un justificativo para que los malvados no recibieran su justo merecido, porque la justicia es un elemento indispensable en la creación; sino que alcanzaba a percibir aquello que está más allá de lo obvio. Veía la mano de Dios allí donde otros solamente veían miseria, caos y sinsentido.

    Parece una muy provechosa moraleja para que tomemos en cuenta, más que anécdotas del folclore judío un ejemplo de cómo mejorar nuestra vida.

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  • Parashá Emor resumida 5782

    La parashá trata extensamente los conceptos de impureza y pureza. Estas ideas se suelen comprender habitualmente de manera errónea, pues hemos estado inmersos en un océano de información ajena al mundo espiritual, que se ha introducido en nuestro pensamiento y lenguaje. Creencias que vienen del cristianismo, por ejemplo, se colaron en nuestro diario vivir y a veces pueden llevarnos a confundir conceptos que son propios de la espiritualidad, del judaísmo.
    En esto de pureza e impureza tenemos ejemplos, pues, se entiende que puro es algo limpio, sagrado, sin mancha; en tanto que impuro es algo sucio, abominable, pecaminoso.
    Pero, en su origen espiritual, puro e impuro significan completamente otra cosa.
    En el mundo judío tradicional se entendió puro como aquello que está conectado a la vida, por tanto, la pureza es el grado de esa conexión.
    Impureza, por consiguiente, es el grado de desconexión a la vida.
    No implica maldad, ni pecado, ni algo detestable, ni malas conductas… nada que ver con eso, aunque por lo general se cree que tenga algún vínculo.
    Es lo que sucede cuando dejamos que otras culturas permeen la nuestra, sin filtrar, sin cuidar nuestra herencia cultural.
    Evidentemente, nos nutrimos de esos intercambios, crecemos al exponernos a otras ideas y creencias, al poder confrontar, aprender, dialogar, rechazar, aceptar, sumar, etc. Pero, siempre tendríamos que tener en cuenta lo que es nuestro y no permitir que aquello que es claro y sagrado, quede borroneado por creencias que distorsionan nuestra conciencia espiritual.
    Podríamos continuar analizando este aspecto, pero sigamos con la parashá.

    En el pasado, cuando el servicio del templo del Eterno estaba en funciones, era imprescindible estar al tanto del estado de pureza en el cual uno se encontraba, pues de ello dependía si se podía concurrir al monte del templo.

    De hecho, actualmente se toma en cuenta también para que los judíos no accedan al monte del Templo, a la zona donde efectivamente se encontraba el sagrado lugar, hoy usurpado por el Domo de la Roca, ese de la cúpula de oro en Jerusalén.

    Por lo demás, se atiende a las cuestiones de pureza e impureza al respecto de las mujeres que están menstruando o lo han hecho, así como para los que permanecen bajo el mismo techo que cadáveres, o para pasar cercano a las tumbas. En particular, es de relevancia, incluso actualmente, para los descendientes de Aarón haCohén.

    Nuestra parashá continúa hablando de los cohanim (injustamente traducidos como sacerdotes) que en su papel de funcionarios en el santuario debían prestar mayor atención que todos a las leyes de pureza y al sumo sacerdote que debido a su importante papel requería un cuidado especial en estas leyes.

    Más adelante, en la parashá se mencionan los días santos de Israel y se detallan las mitzvot correspondientes a cada festividad: Shabat, Pesaj, la observancia del Omer y la cuenta del Omer, Rosh haShaná y Iom Kippur, y finalmente la festividad de Sucot.
    Encontramos que la llama  perpetua en el Templo, así como los panes de la proposición que se colocaban regularmente en el Templo, también se mencionan en la parashá.

    Termina la parashá con una historia sobre dos personas que durante una pelea entre ellos, uno de ellos mencionó el nombre de Dios cuando maldijo. Fue llevado ante Moisés, y de acuerdo con el mandato de Dios, el hombre que maldecía fue sacado del campamento y apedreado.



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  • Dos desastres que puedes evitar en tu vida

    En la perashá de esta semana nos encontramos con dos relatos de terribles cataclismos que sacudieron a la humanidad: el Diluvio y la Torre de Babel.
    El primero se gestó porque la gente actuaba de manera inmoral, ingrata, dolosa, causando sufrimiento y pérdidas al prójimo, destruyendo el ecosistema, negando al Creador y Su Presencia. La continua e incesante degradación del hombre estaba provocando también un deterioro de su entorno, tanto en seres vivos como en el medio físico. Paulatinamente, el hombre estaba fabricando su destrucción. Era la bondad suprema del Todopoderoso que retenía la catástrofe, aguardando para que hicieran TESHUVÁ, es decir, rectificaran su conducta y la pusieran en sincronía con el código espiritual. Sin embargo, la tozuda malicia no menguaba, sino que, por el contrario, iba acrecentándose. Finalmente, ocurrió lo que ocurrió, el desastre se abalanzó sobre el mundo, causando destrucción inimaginable.
    En el segundo desastre, el que se gestó con la Torre de Babel, las personas estaban unidos bajo una misma bandera ideológica, estaban organizados para alcanzar una meta, que era establecer el reino del hombre en el mundo, desterrando así al Todopoderoso de la existencia. Entre ellos no había rencillas, no estaban cometiendo todo tipo de vejaciones y rapiñas, sino que se habían puesto a los pies de la doctrina que adoraban, unificados y envalentonados. Este aparente amor por la humanidad y desprecio/temor por el Divino, bien pronto degeneró en una cruel insensibilidad hacia el prójimo, porque valía más la finalidad ideológica que la vida o bienestar de la persona individual. Finalmente, ocurrió el “apocalipsis”, separándose las naciones entre sí, detestándose las familias, rompiendo la unidad fundamentada sobre bases podridas.

    En la primera situación, el Todopoderoso destruyó lo terrenal, dejó que la materia descontrolada se encargará de arrasar con el caos moral.
    Porque la gente había endiosado su deseo por sobre toda otra consideración. Su afán por gozo material, sin límites, sin respeto, sin ley, sin atender al código ético/espiritual, era una inmersión compulsiva en la materialidad. Por tanto, el resultado fue que la materia quebró a la materia, para que surgiera de entre los escombros la conciencia.
    Fueron sumergidos en la materialidad destructora y con ello reparadora.
    El exceso de terrenidad los ahogó, tal es el diluvio que demolió al mundo anterior y dio paso al nuevo mundo, el que derivó de Noaj/Noé.

    A nosotros nos puede pasar algo parecido, cuando perdemos la orientación espiritual y nos manejamos exclusivamente por valoraciones materialistas.
    Lo estamos comprobando en las crisis que vienen afectando a la humanidad, y las provocadas por ésta en el ambiente.
    De tanto cosificarnos, terminamos hundiéndonos en destrucción.
    El resultado final será la hecatombe, para qué pueda resurgir una mejor versión de la humanidad.
    O, tomar conciencia ahora y comenzar un camino diferente, que integre lo espiritual con lo material. Que eleve cada partícula de materia hacia la espiritualidad.
    Para lograrlo debemos conocer el código ético/espiritual y respetarlo.

    En tanto que la segunda catástrofe, también la contemplamos actualmente.
    Cuando las masas se dejan seducir por ideologías que prometen ventajas a sus seguidores, o mágicamente redimir a la humanidad por mecanismos reñidos con lo dictado por la Torá.
    Entonces, no tarda la ideología en gestar todo tipo de atrocidades, basta pensar en los millones de víctimas del nacionalsocialismo, del fascismo, del comunismo, del yihadismo, entre otras. Cuando se levantan banderas que adoctrinan y dan esperanzas mágicas, para finalmente resultar en atropellos, torturas, terror.
    Todo en nombre de una noble causa.
    También para esto se encuentra la cura en el apego al código ético/espiritual, muy lejos de religiones, politiquería, manipulación emocional, adoctrinamiento, y otras truculencias,

    La perashá Noaj es un excelente manual para despertar y darnos cuenta de nuestra realidad y no permitir que el ciclo de los errores repetidos del pasado nuevamente ocurra.

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  • Parashá Kedoshim resumida 5782

    Cada persona,  tal como cada nación, tiene una visión de su destino.  Forja la idea de un propósito, que le da sentido a su existencia,  que le impulsa a andar para adquirir esa plenitud imaginada.
    Cuando falla en la construcción de esa idea motivadora, cuando no cuaja una visión auto superación y trascendencia,  la vida del individuo y del colectivo se empantana, y a veces produce crisis agudas.
    El Eterno, en su infinita bondad y sabiduría, nos dio a los humanos la oportunidad de la autodeterminación, que podamos elaborar nuestra propia hoja de ruta, con el puerto al cual queremos llegar como meta final. Es también parte de Su bondad habernos dotado de los mandamientos para encaminarnos, para no quedar descarrilados o con un rumbo de negación de nuestra esencia espiritual.
    Es así que desde el origen de la humanidad, Él entregó siete mandamientos para la humanidad, que siguen siendo vigentes y actuales. No se los debe ver como dogmas religiosos, sino como mecanismos para dar al humano conciencia y libertad, llaves para refrenar impulsos del EGO y permitir que los estímulos espirituales cuajen en nuestra vida terrenal.
    A los judíos Dios dio 613 mandamientos, para que con ellos el pueblo judío pudieran hacer su propia tarea, la que incluye ser maestros de las naciones, sacerdotes del Altísimo, señales orientadoras para que todos los humanos encuentren el buen camino a casa.
    Es así que en nuestra parashá, Kedoshim, el Eterno comienza con un mandato a los hijos de Israel: «¡Sean santos, porque Yo soy santo!».
    Dios le dice a Su pueblo, a la familia de Israel, que espera que cada uno de nosotros seamos personas santas.
    Con ello, nos está dando una finalidad, más allá de la que cada uno elaboremos para nuestra vida, debemos tomar consciencia de que tenemos una misión dada por el Creador.
    Como judíos debemos hacer el esfuerzo de conocer esta misión sagrada y compatibilizar la propia, la que vamos construyendo de manera personal, con el propósito que nos ha dado Dios a cada uno de los hijos e hijas de Israel.

    Pero, ¿qué significa ser santo?
    ¿Entendemos lo que significa ser santo?
    Lo que el versículo da a entender es que Dios confía en los hijos de Israel para que sean espejos de Dios, que así como Él es santo, su pueblo Israel debe ser santo.
    Pero, no dice con exactitud qué es la santidad, qué hace a una persona santa, qué se espera de nosotros.

    Ahondamos en la parashá y no encontramos que se nos dé una respuesta directa, porque en ningún momento se define el concepto kadosh o kedushá, santo o santidad.
    No viene acompañado el requerimiento sagrado de un diccionario que podemos revisar para comprender cabalmente los significados.
    Es que, la Torá fue dada en el idioma que las personas que la recibieron entendían, por tanto, para ellos era claro que se estaba pidiendo al decirles que debían ser santos como Dios lo es.
    Sin embargo, para nosotros puede sernos algo lejano, poco comprensible. O peor, podemos confundirnos y dejarnos llevar por creencias e ideologías que nada tienen que ver con el sentido original del texto.

    Para aclarar el concepto, sin definirlo, la parashá detalla una larga lista de leyes y mandamientos, algunos de los cuales están relacionados con asuntos sociales, con reglas para las relaciones interpersonales, y otros son reglas para la persona en su relación con el Creador.
    Ahora, con algunos ejemplos, quizás sea más claro el asunto.
    Entre esas mitzvot encontramos: honrar a los padres, la observancia del día del shabat, la prohibición de la idolatría, la caridad, obsequios a los pobres, la prohibición del robo, la prohibición de engañar, la prohibición de extorsión, la prohibición de maldecir sordos, la prohibición de hacer tropezar al ciego, deber de establecer justicia, prohibición del chisme, prohibición de odiar al hermano en el corazón, prohibición de la venganza, respeto por los ancianos, comercio justo, la sexualidad espiritualmente saludable, amar al extranjero/converso y amar al prójimo como a sí mismo. Estos son solamente unos ejemplos.

    A simple vista pareciera que no tiene ninguna relación con la santidad, pues, ¿qué hay en todo esto de especialmente extraordinario, místico, sobrenatural?
    He ahí, precisamente, el quid del asunto.
    La santidad no requiere de rituales extraños, palabras incomprensibles, retiros a lugares lejanos de la vida corriente, encerrarse en meditaciones cabalísticas o cosas similares.
    La santidad es traer a Dios a nuestras vidas, a nuestro entorno.
    Santidad es vivir de tal modo que la espiritualidad sea la brújula de nuestras acciones, pensamientos, palabras.
    Y, recordemos, espiritualidad no es religión, ni siquiera se parece a ella.

    Aunque la Torá no nos explicó explícitamente qué es ser santos, se entiende claramente el manual de instrucciones que está dando, pues la intención es que al cumplir estos mandamientos uno se vuelva una persona que se acerque a las virtudes de Dios, y con ello está siendo santa.



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  • Parashá Ajaré Mot resumida 5782

    El nombre de la parashá se traduce como: “después de la muerte” y hace referencia al trágico suceso que fue narrado en una parashá anterior, Sheminí, acerca del deceso de dos de los hijos de Aarón haCohén.
    En esta ocasión, se da una advertencia para los cohanim: “No vengan al lugar Santísimo en ningún momento”, este sitio sagrado estaba reservado exclusivamente para que fuera visitado por el Cohén Gadol, en cinco oportunidades durante cada Iom Kipur.
    El resto de los días del año, para el resto de las personas, estaba vedado su ingreso, y se arriesgaba a morir aquel que se atreviera a ingresar. De hecho, cuenta nuestra tradición que incluso el Cohén Gadol debía estar sumamente enfocado en la tarea sagrada, manteniendo absoluto control de sus emociones, estando dentro del Kodesh haKodashim, porque de dispersar su mente y pensar en algo impropio, también podría fallecer al instante.

    Luego en la parashá se prohíbe la entrada de sacerdotes, así como la ofrenda de acuerdo con la emoción y la voluntad personales, quedando solamente permitido las ofrendas realizadas de acuerdo a las estrictas reglas de la Torá. La ley no permite la improvisación para las cuestiones del Templo, ni la liviandad de actitud, requiriendo una solemne disposición y conducta ordenada.

    La Torá habla aquí también de la fecha más importante para el pueblo judío, Iom Kipur, y explica el papel que desempeñan los sacerdotes en los diversos rituales que se ejecutaban en el Templo.
    Para nosotros Iom Kipur es un día de oración y sinagoga, de ayuno y abstenerse de la vida cotidiana.
    En épocas del Templo la vivencia de este sagrado día era diferente, pues lo central no ocurría en la sinagoga del barrio, o de la comunidad, sino en el Templo. Los rezos no eran el punto principal, sino las ofrendas de animales y de incienso, así como el complejo y detallado accionar del Cohén Gadol.
    El sumo sacerdote entra en el lugar más sagrado del templo: el Lugar Santísimo, para pedir por la expiación de los pecados de Israel, los pecados de su casa y sus propios pecados.
    También se establece el ritual del “chivo expiatorio”, por medio del cual, simbólicamente, se pasarían los pecados del pueblo al macho cabrío, para luego enviarlo al desierto.

    Al ir finalizando la parashá, se mencionan leyes que se ocupan de varias áreas: leyes de sacrificio de animales, prohibición de ciertas relaciones íntimas no admisibles por el código espiritual de la Torá, así como rituales que son rechazados por Dios. A este conjunto de reglas se llama el “Libro de Santidad”.

    Cabe acotar que texto de la parashá se lee nuevamente durante los servicios de lectura de Torá en cada Iom Kipur.

    Recordemos que el domingo y el lunes próximos son rosh jodesh Iyar, el mes de nuestra luminosa independencia.
    El miércoles 4 se conmemora el Día del Recuerdo por los Caídos, en tanto que el jueves 5 estaremos celebrando con mucha alegría un nuevo aniversario de la independencia del Estado de Israel.

    ¡Shabat Shalom!



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  • Eliahu haNabi, un par de anécdotas

    Eliahu haNAvi es uno de los invitados a nuestra mesa de Pésaj, quiero compartir contigo un par de anécdotas y algunos datos.

    Eliahu (Elías) haNavi es uno de los profetas del Tanaj que más fuerte ha calado en el corazón del pueblo judío.
    Vivió en la época del rey Ajav (Ahab) y su esposa la reina Izebel (Jezebel), cuando la nación judía estaba políticamente dividida en dos reinos, habitualmente antagónicos: Israel y Yehudá.
    Eran los tiempos del Primer Templo, y solía ocurrir que el pueblo de Israel estaba hundido en la corrupción social y en la idolatría, todo lo cual daba pie a más pecados y mayor caos social.

    Entonces, sin ningún preámbulo o reseña previa, el profeta Eliahu aparece en la historia cuando profetiza en nombre de Dios ante Ajav que no lloverá hasta que el Todopoderoso lo permita, debiendo el rey y sus súbditos cambiar de conducta y extirpar la idolatría del reino de Israel.
    Comienza efectivamente una terrible sequía que afecta gravemente al reino y sus alrededores, escapando el profeta de la ira del rey perverso.

    Más tarde, Dios a través de Eliahu realiza un milagro a una viuda y a su hijo (el futuro profeta Ioná/Jonás) que se hallaban al borde de la muerte por inanición, haciendo que sus provisiones de harina y aceite no se extingan. Un poco después, ocurre una tragedia, pues el niño se asfixia y muerte. Eliahu ejecuta un procedimiento y reza para resucitar al niño, entonces, el milagro nuevamente sucede y el niño vuelve a la vida.

    El hambre era pesada en la región, y el corazón del rey era tozudo, incapaz de liberarse de las órdenes de su esposa y su abundante séquito de profetas y sacerdotes de los dioses extranjeros (ella era de Sidón, en el actual Líbano).
    Dios ordena a Eliahu que corrija a Ajav, para que de esa forma se salve la población que padecía.
    Eliahu pide al rey que reúna a los 850 representantes de los baales en el monte Carmel, donde él se encargaría de demostrar que solamente Dios es el dios y los dioses son inoperantes o inexistentes.
    Con los cientos de clérigos  convocados y el pueblo de testigo, entonces: «Elías se acercó a todo el pueblo y dijo: –¿Hasta cuándo estaréis saltando entre dos opiniones? Si el Eterno es Elohim, ¡seguidle! Y si es Baal, ¡seguidle! Pero el pueblo no le respondió nada.» (1 Melajim/I Reyes 18:21)
    Eliahu hace que los clérigos idólatras adoren primero a sus dioses todo el día, sin éxito. En una escena horrorosa, los profetas y sacerdotes de los dioses caen rendidos, envueltos en sangre de sus propios cuerpos, que ellos mismos se encargaron de cortar y lastimar.

    Entonces: «Cuando llegó la hora de presentar la ofrenda vegetal, se acercó el profeta Elías y dijo: –¡oh Eterno, Elohim de Avraham, de Itzjac y de Israel, sea hoy manifiesto que tú eres Elohim en Israel y que yo soy tu siervo; y que por tu palabra he hecho todas estas cosas! Respóndeme, oh Eterno; respóndeme, para que este pueblo reconozca que tú, oh Eterno, eres Elohim, y que tú haces volver el corazón de ellos.» (1 Melajim/I Reyes 18:36-37).
    Sucedió el milagro esperado: «al verlo toda la gente, se postraron sobre sus rostros y dijeron: –¡el Eterno es Elohim! ¡el Eterno es Elohim!» (1 Melajim/I Reyes 18:39).
    Y apareció una pequeña nube que luego se transformó en abundante lluvia, dando así por terminada la dura etapa de la sequía a causa del pecado del pueblo.

    El Tanaj nos cuenta otras historias acerca de Eliahu, en pocos capítulos y sin grandes descripciones.

    Tras su partida de este mundo, quedó a cargo del liderazgo profético el profeta Elisha (Eliseo), quien fuera su principal discípulo.
    Hay mucho más para compartir, si Dios permite, en otra oportunidad.



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