Categoría: Torá

  • De ti depende, para Rosh haShaná 5783

    Rosh Hashaná, es mejor conocido en la tradición como Iom haDin, el Día del Juicio, la jornada en la cual el Creador valora la conducta de cada persona, no importa quién sea y en qué crea.
    ¿Por qué es esto?
    De acuerdo a la opinión mayoritaria de nuestros sabios, como indica el Talmud, porque es aniversario del sexto y último día de la Creación, es decir, en este día Adán y Eva, los primeros humanos, fueron traídos al mundo.
    Como indica el texto de la Torá, originalmente Adán fue creado como un solo individuo, por lo cual, era literalmente el único ser humano en la tierra.

    Dice la Mishná (Sanedrín 4:5) que, una de las razones por las cuales la humanidad comenzó a partir de un solo individuo, es que al mirar a las personas que nos rodean, podamos comprender la grandeza del Creador. Él pudo haber usado un molde para que seamos todos copias, pero decidió darnos a cada uno rasgos de originalidad, por lo que cada uno de nosotros es único. Miles de millones en el mundo, y no hay uno que sea exactamente igual al otro. Esta grandiosidad de nuestro Padre, Creador, también nos sirve para vernos valiosos, cada uno vale infinitamente, porque somos creados especialmente por el Todopoderoso, porque nos dio herramientas únicas, porque si no hacemos nuestra parte de la tarea… ¡nadie la hará!
    Por ello, el Talmud se encarga de enseñarnos que toda persona debe decir: ‘por mí fue creado el mundo’.
    Este es un mensaje al mismo tiempo alentador y agobiante.
    Nos alienta, porque nos reconoce como sagrados, especiales, irrepetibles.
    Nos agobia, porque nos hace dar cuenta de la tremenda responsabilidad que Dios carga sobre nuestros hombros individuales.
    Como enseñó nuestro maestro, el Rambam, Maimónides: cada uno debe verse a sí mismo como el que hará el cambio en el balance universal, nuestra decisión es la que inclinará la balanza hacia el lado de la luz, o hacia su contrario.

    Por su parte, Rabí Moshé Jaim Luzzato, en su famoso Mesilat Yesharim, nos enseña que el mundo fue creado para el servicio del ser humano, de cada uno de nosotros.
    Dios quiso que todo lo creado sirva para brindarnos un conjunto de experiencias y elecciones completamente personalizadas, para que cada uno de nosotros haga su propio camino de crecimiento.
    Así, por ejemplo, en 5782 hemos vivido una gran crisis económica a nivel mundial, en parte desatada por la agresión de Rusia sobre Ucrania. Esta, como todas las crisis, nos imponen que debamos tomar elecciones para superarlas, dentro de nuestras capacidades y posibilidades. Luego que ejercimos nuestra elección, habremos de elegir nuevamente por cuál camino continuar.
    De manera similar sucede con cada circunstancia, personal o colectiva, que se nos presenta día a día. Sean las grandes crisis, aquellas imprevistas o previsibles; como las cotidianas, y que no parecieran afectar grandemente el cosmos.
    Siempre, en toda ocasión, la vida nos pone a prueba.
    Incluso cuando optamos por no optar, cuando pretendemos que sea la rutina la que se haga cargo de lo que sucede, estamos eligiendo y debiendo ser responsables de sus consecuencias.
    Alguno quizás se diga así mismo: “Yo no quisiera saber nada de juicios divinos, ni de consecuencias por mis actos, ni de responsabilidades que mis acciones me endosaron”; lo cierto es que: No por negarlas desaparecerán.

    A pesar de los miles de millones de otras personas en la tierra hoy, Él pone sus circunstancias ante cada uno de nosotros, tal como lo hizo con Adán.
    Por ello, ¡cuán valiosa es cada una de las personas, porque nadie ha tenido, ni tendrá, tu vida!

    Esto es a la vez empoderador y aterrador.
    Empoderador, porque claramente somos de importancia crítica para Dios, porque Él está orquestando el universo para brindarte, como individuo, un conjunto personalizado de opciones que, en su totalidad, nadie más tendrá jamás.
    ¡Y aterrador, porque es como si todo el universo dependiera de mí!

    Cuando lo vemos desde esta perspectiva, Rosh haShaná es una oportunidad para juzgarnos a nosotros mismos.
    ¿Estamos cumpliendo nuestro propósito?
    Hashem colocó pruebas grandes y pequeñas durante el año que hemos terminado.
    ¿Cómo respondimos? Y, lo que es más importante, ¿qué aprendimos para responder mejor en el próximo año?
    Algunos se hacen estas preguntas a diario, por ejemplo, momentos antes de retirarse a dormir.

    Pero, todos tenemos esta oportunidad que nos da hoy Dios.
    Así que, ojalá podamos aprovechar al máximo este regalo del Creador, un día de 48 horas que nos sirve como espejo del alma, para mirar dentro de nosotros mismos y establecer un camino más espléndido para el próximo año de éxito y bendición.
    Que podamos tomar con valentía, serenidad y paz la sentencia que desde lo alto pronto se nos impondrá.

    Deseándoles éxito, bendición y crecimiento espiritual, shaná tová umetucá, añada buena y clara.

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  • Perdonar a Dios en Iom Kipur

    El patriarca Iaacov se quedó a solas una noche, entonces un ángel lo confrontó y estuvieron luchando hasta el amanecer.
    De esa batalla surgió una nueva versión del patriarca, más aguerrida, más confiada y confiable, e incluso adquirió un nuevo y eterno nombre: Israel.
    Nombre que le adjudicó el ángel, explicándole que significa: luchaste contra ángeles y contra hombres, y has logrado prevalecer, a pesar de estar en desventaja.
    De la pelea quedaron también heridas físicas, pues Israel tuvo desde entonces problemas para caminar, lo cual no le impidió continuar avanzando y creciendo como persona y comunidad.

    Acerca de heridas que nos marcan e igualmente triunfar nos enseñan Iom Kipur.

    Iom Kipur es conocido como el día del perdón.
    Se nos ha dicho en infinidad de ocasiones que tenemos la oportunidad para arrepentirnos, para mejorar, para pedir perdón, para perdonar.
    Está dicho en nuestra tradición milenaria que Dios está ejerciendo su rol de juez en estos días, sometiéndonos a su sentencia para el año que ha comenzado.
    Sin embargo, raras veces escuchamos de aquello que nosotros tenemos para reclamarle a Dios.
    Por ejemplo, aquella persona que se siente dolida porque considera que Dios no la ha protegido mientras era niña, o en realidad, en cualquier momento de la vida.
    Cuando contemplamos sucesos que nos arrebataron la salud, la vida de seres queridos, la integridad material, la paz, el respeto por nuestra persona, en fin, todas esas tragedias colectivas y personales que nos aquejan desde incluso antes de nacer.
    Podemos, probablemente, hacer una lista de los dramas que, sin haber hecho nada para merecerlos, nos han envuelto y agobiado.
    Tal vez, lo siguen haciendo. Dramas reales, tragedias que suceden y no solamente sentirnos víctimas y hacernos los ofendidos.
    Es entonces cuando, con todo derecho, podemos mirar al cielo y preguntar: ¿por qué a mí?
    Y, ya que del día del perdón se trata: ¿cómo puedo perdonar a Dios por eso?
    Sí, nosotros perdonar a Dios, si es que eso fuera posible.

    Aquellos que han padecido angustias, en particular si ocurrieron cuando eran pequeños y sin experiencia, tal vez llevan soportando sobre sus hombros pesadas cargas, ¿cómo hacer para perdonar a Dios?

    Suele ocurrir que algún evento traumático que no hemos podido procesar correctamente, funciona como un ancla y no nos habilita para que emprendamos el viaje del crecimiento.
    Las aflicciones funcionan entonces como una trampa para aquel que no se ha librado de ellas. Nos atrapan y no conducen a obtener beneficios, y al mismo tiempo nos imponen restricciones y otras calamidades.
    Por tanto, el aflojar esas cadenas y perdonar es un acto terapéutico, de sanación, más que un deber moral o algún ritual religioso.

    Ante todo, es necesario aceptar que el hecho doloroso nos ha impactado y tenemos derecho a nuestro sufrimiento.
    No hay necesidad de esconder el dolor, ni de camuflarlo, o negarlo.
    Aquello que nos duele, nos duele.
    No debemos agregar culpas o vergüenzas a lo que ya padecimos

    Como segundo punto, es importante poder permitirse hacer el duelo, en el momento que sea. Porque, tal vez no lo hicimos cuando ocurrió el evento, o poco tiempo después; por ello, cuando tengamos la oportunidad, hagamos el trabajo de duelo y experimentar realmente todos los procesos del duelo, porque son altamente reparadores.
    Quizás han oído que se hicieron estudios acerca del duelo, el más famoso es el de Kübler-Ross y se han identificado cinco etapas para el mismo, sea en caso de muerte de un familiar, o cualquier otro acontecimiento que nos afecta y perturba poniéndonos en situación de pérdida e indefensión.
    Así pues, transitemos esas etapas: la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación.
    Por tanto, démonos permiso para sufrir, para rebelarnos ante lo que sentimos como injusticia, negociemos para encontrar una nueva estabilidad luego del impacto sufrido.

    Hay que darse el permiso para llorar, si nuestro cuerpo siente que eso es lo que precisa. No importa el tiempo pasado desde el evento traumático, ni los parches que hemos ido poniendo, lo que afecta positivamente es transitar el camino de la reconciliación y el perdón.

    Puede ser que nos sirva tener apoyo de alguien, podría ser un amigo, una figura protectora, o lisa y llanamente un profesional de la salud emocional.
    Sepamos que no es debilidad reconocer que se precisa ayuda, buscarla y obtenerla.
    Hay expertos que se dedican a estudiar y trabajar para acompañar a las personas en sus procesos de crecimiento, para lo cual es necesario levantar las anclas de los recuerdos que nos marcan y no nos permiten avanzar.

    Este mismo trabajo lo podemos hacer con respecto a nuestra relación con Dios.
    Se nos ha dicho que Dios nos ama y confía en nosotros, que Él quiere lo mejor para nosotros, y que debemos confiar en Él.
    Sin embargo, las cosas malas pasan también a los que son buenos.
    Tal como si Dios fuera injusto, o impotente, o incompetente, o hasta malvado.
    Así nos nacen preguntas tales como: ¿por qué permitiste que esto sucediera? ¿Por qué te llevaste a mi padre tan joven? ¿Por qué ha sufrido mi hermano? Y todas las otras preguntas que nos surgen ante la impotencia y el sentido de injusticia. Visualicemos nuestra existencia, tal vez encontremos esas amarguras que endilgamos al cielo y que no hemos podido perdonar, ni resolver. Quizás retumban en nuestra mente y corazón las dagas de dudas y resquemores contra el Creador.

    Con todas las interrogantes y emociones, es muy valioso que nos brote la compasión por nuestro sufrimiento y que nos permitamos hacernos una pregunta muy profunda: ¿cómo puedo salir de esto más bendecido? ¿Cómo puedo salir de esto con más claridad? ¿Qué puedo ganar, dentro de la pérdida, en lugar de continuar padeciendo?

    Solamente desde el abismo del sufrimiento más genuino, podemos alumbrar con compasión sincera y aprovechar la amargura para crear dulzura y salud.

    Permanecer presente sin huir, sin tratar de evitar, sin tratar de minimizar, sin tratar de ser cínico, sin adormecer nuestra conciencia.
    Sino, estar presente, ser consciente, admitir y comenzar a valorar las cosas desde una perspectiva diferente.

    Salir del papel de víctima, real o imaginaria, para poder preguntar: ¿Qué puedo aprender de esto? ¿Cómo puedo crecer a partir de esto?

    Cuando la vida te ataca, y te hieren, no te escapes, sino que lucha con las herramientas que tienes a tu alcance para obtener bendición.
    Mira de frente a tu adversario, encuentra sus puntos débiles y trabaja para que el encuentro resulte en bendición, aunque haya amarguras de por medio.

    Llegados a este punto, es necesario admitir que no hubo, ni hay, persona que sepa realmente por qué y cómo funcionan los planes de Dios.
    Nos queda aceptar el hecho de que nuestra limitada mente humana no puede comprender al creador ni Sus decisiones.
    Probablemente, querríamos cosas que Él no considera que son las buenas para nosotros. Como las cosas que nos amargan y nos hacen sentir endebles, frágiles, víctimas de injusticias.

    Entonces, finalmente: ¿cómo hacemos para perdonar a Dios?

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  • Construir la vida sobre la muerte, parashat Haazinu

    El constructor estaba en su última obra para un cliente que era habitual.
    Durante décadas trabajó para él, realizando numerosas edificaciones y refacciones.
    Había sido bastante dedicado y perfeccionista, pero ahora, en este último trabajo, fue mucho más descuidado. No mezcló el tiempo necesario el cemento, ni compró la arena idónea para ello, puso cables de menor calidad, y así con infinidad de asuntos, que hacían que la casa tuviera muchos potenciales riesgos de roturas, grietas, humedades y otras fatalidades.
    No lo hacía de mala fe, pero estaba más pensando en su retiro y entregar rápido la obra, que en esmerarse para que estuviera firme y sin problemas. Con suerte, la vivienda aguantaría un par de años antes de sumergir a su habitante en inconvenientes.
    En tiempo récord llamó a su cliente para hacerle entrega de las llaves de esta casa.
    Ese día el cliente apenas inspeccionó por arriba la obra, porque prefirió dar un abrazo al constructor y darle las llaves diciéndole: por muchos años trabajaste para mi empresa, no encuentro mejor agradecimiento a todo tu esfuerzo que regalarte esta casa. Aquí tienes las llaves y el título de propiedad.

    La Torá hace hincapié en la buena crianza de los hijos, lo cual está especialmente tratado en la parashá de la semana, Haazinu.
    En la misma se menciona el caso de personas que suelen tener un comportamiento incorrecto, y lo saben, sin embargo, no les molesta.
    Viven al borde de la ley, o traspasándola, o con actitudes de dudosa moral, sin embargo, no sienten culpa por sus acciones, ni tratan de mejorar.

    Lo paradójico es que, al mismo tiempo, esperan un comportamiento ejemplar de sus hijos.
    Pretenden que ellos sean estudiosos, respetuosos, laboriosos, y cuando sus hijos se desvían de la senda virtuosa, les causa angustia.

    Dejemos en claro que no estamos hablando de perversos que disfrutan del causar daño ni tampoco alientan que sus hijos sean corruptos.
    Sino de gente con conflictos, que no han sabido resolverlos en su vida, pero quieren hacerlo en la de otros.

    El rabi Jaim Arie Leib, en su famosa obra “Shaar Bat Rabim”, comenta que estos padres han quedado entrampados, porque son sus obras las que hablan más que sus palabras.
    Por tanto, no pueden esperar que sus hijos hagan algo diferente, porque ellos suelen tomar como referencia principal la conducta de sus padres.
    En consecuencia, eventualmente estarán traicionando el deseo de sus padres, para ser fieles al modo en que sus padres viven.
    Esto hará sufrir a esos padres, quienes no modifican su actitud tóxica cuando podrían hacerlo, por lo que se enfrentarán con indeseados efectos.
    Como el constructor que se quedó como propietario de la casa construida de forma inapropiada y siendo de riesgo para su bienestar y el de su familia.

    Si quieres tener hijos que sean rectos en su comportamiento, dice el Shaar Bat Rabim, entonces debes ser honesto en tu actuación.
    Los hijos decidirán qué camino escogerán, pero que los ejemplos y discursos que reciben de sus padres los impulsen hacia el lado de la luz y la bendición.

    Para influir positivamente en otros, primero influyamos en nosotros mismos.
    Seamos ese ejemplo que pretendemos de los demás.
    Encontremos la mejor versión que podemos desarrollar de nosotros mismos.

    Tuvimos los Iamim Noraim para mirarnos al espejo del alma, para crecer y dejar en el pasado lo que no nos permite ser felices.
    Se viene en pocas horas Sucot, con su mensaje de que este mundo es pasajero, y debemos aprovechar cada momento para disfrutar de lo saludable y permitido, pero sin jamás olvidar que estamos construyendo eternidad y que debemos hacerlo con responsabilidad.
    No seamos como el constructor de la anécdota, porque siempre al final el dueño, que es Dios, nos dice: aquí tienes las llaves de tu vida, vive con ella.

    Sepamos también que el modelo de una persona perfecta, con una personalidad sin defecto, es imposible de conseguir. Tropezamos, caemos, nos equivocamos, hacemos cosas incorrectas sin quererlo o queriéndolo.
    Lo mejor que está a nuestro alcance es reconocerlo lo antes posible y hacer teshuvá, que significa crecer a partir de reconocer nuestras limitaciones y querer desarrollar nuestras potencialidades.

    Como enseña la famosa Dra. y divulgadora, Jean Shinoda Bolen:
    “Cuando te recuperes o descubras algo que nutra tu alma y te brinde alegría, preocúpate lo suficiente por ti mismo para dejarle espacio en tu vida”.
    Que nuestro ejemplo de vida, sea realmente ejemplar, en la luz y en la oscuridad.

    Mi deseo es que nuestras acciones nos terminen de sellar en el Libro de la buena vida, amén.

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  • Haazinu 5783

    Haazinu («Oigan») es la décima parashá del quinto tomo de la Torá, el sefer Devarim, conocido en español como «Deuteronomio».

    Temáticas:

    Podemos señalar las siguientes temáticas en nuestra parashá:

    1. Discurso de despedida de Moshé
      Moshé continúa su despedida, como viene haciendo desde el que inició el sefer Devarim. Ahora comienza su poético discurso final, el cual también está dirigido al pueblo judío.
      En esta ocasión invoca al cielo y la tierra para que sirvan como perpetuos testigos de sus advertencias. Si por algún motivo el canto se pierde, la Torá se olvida, el cielo y la tierra permanecerán para hacernos acordar las palabras y amonestaciones del maestro.
      Coteja nuestra fidelidad hacia Dios, con la que Él nos tiene a nosotros; tristemente salimos perdiendo en esa comparación. Por ello, anuncia que por cada pecado necesariamente ha de sobrevenir alguna reparación, lo que comúnmente se llama castigo; que en realidad es la consecuencia lógica de la acción que hicimos. Es decir, Dios no viene a castigarnos por nuestras malas acciones, sino que cosechamos aquello que hemos sembrado. Esa es la enseñanza que nos está dejando Moshé en este cántico.
      Pero, no todo es pesimismo, ya que nos da esperanzas, pues declara que el camino del arrepentimiento nunca se cierra, y que el Eterno está dispuesto a perdonar a todo aquel que se arrepiente sinceramente y con integridad. Es un llamado a la teshuvá, que generalmente se traduce como “arrepentimiento”, pero quizás sería mejor tenerlo presente como encontrar la mejor versión posible de nosotros mismos. No se precisa haber pecado, actuado incorrectamente, para aprovechar el beneficio de la teshuvá, sino que en cualquier momento, cuando reconocemos que podemos mejorar en algún aspecto, entonces lo que hacemos es teshuvá.
    2. Sobre el monte Nebó
      Moshé completa su mensaje, y le es ordenado que suba al monte Nebó, para que desde allí pueda contemplar enteramente la tierra de promisión antes de que muera.

    Estos son los dos grandes temas de la parashá, la cual es visualmente destacada en la Torá, pues está escrita en notorias columnas, como lo que es: un poema.

    Para finalizar, recordemos que este domingo a la noche comienza Sucot, festividad que dura 7 días tanto en Israel como en la diáspora. Al finalizar comienza Sheminí Atzeret, una festividad diferente a Sucot, que tiene su propia identidad y trascendencia. En Israel ese día también es celebrada Simjat Torá, cosa que en la golá hacemos al día siguiente.
    Como mitzvot que podemos considerar en este Sucot tenemos pasar todo el tiempo posible en la sucá, bendecir diariamente los arbaat haminim y estar felices (especialmente haciendo algo para ayudar a otra persona a estar mejor).

    ¡Shabat Shalom! ¡Jag Sameaj!

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  • Parashat Vaielej

    Llegamos a Vaielej («Y fue») que es la novena parashá del quinto libro de la Torá (Devarim/Deuteronomio). De manera similar a lo anterior en el libro, encontramos que Moshé continúa con su larga despedida del pueblo judío. Ya hubo discursos, enseñanzas, advertencias, promesas, profecías, recordatorios, reglas para cumplir, convocatorias y otras muchas actividades más, porque para Moshé es sustancial que su legado no se pierda, sino que se preserve y viva cotidianamente.
    Podemos identificar los siguientes grandes temas en nuestra parashá:

    Cambio de mando
    Moshé anuncia que pronto Iehoshúa/Josué tomará el liderazgo del pueblo, por orden del Eterno. Esta continuidad la conocemos desde hace tiempo, cuando Dios eligió al discípulo de Moshé para sucederlo, en lugar de escoger a cualquier otro de los posibles reemplazantes.
    Ahora, en presencia de todo el pueblo, Moshé insta a Iehoshúa para que sea fuerte y valiente, porque serán cualidades imprescindibles a la hora de liderar el pueblo de Israel. Al mismo tiempo, le exhorta a que ponga su plena confianza en el Eterno. ¿Acaso tenía dudas Moshé de la idoneidad de su más aplicado alumno?
    Podemos suponer que Moshé sabía de la sinceridad y grandes cualidades de Iehoshúa, pero también conocía que el EGO puede causar estragos, por lo cual, hasta el más leal puede caer a las tentaciones negativas. Por ello, reafirma la necesidad de tener emuná y bitajón en Hashem, para todos, pero en especial para aquellos que son los dirigentes de Israel.

    Escribir un rollo de Torá y leerlo
    Es la última de las mitzvot que la Torá imparte al pueblo judío, el que cada uno de sus integrantes escriba un sefer Torá, y que luego éste no quede dormido en alguna repisa, sino que, por el contrario, sea tomado en consideración constante. Por ello, la obligación tener un texto de Torá fidedigno cerca, estudiar de él y trasmitirlo con fidelidad, veneración y amor.

    Una copia de la Torá original
    Moshé escribió el sefer Torá original, y luego repartió una copia fidedigna a cada una de las tribus. La idea es que todos los israelitas tengamos a disposición una copia del original texto de la Torá para que podamos consultarlo, cotejarlo con las nuevas copias que se realicen, tenerlo siempre presente, preserva su identidad y que no sea modificado (por error, omisión o descaro). De esta manera, todos los judíos somos guardianes de la fidelidad del texto sagrado, porque su transmisión y cuidado es parte del deber que se nos impuso al momento que lo recibimos como legado eterno por parte de Dios.

    Memoria
    Moshé pide que sus enseñanzas no sean abandonadas, y que se preserve la memoria activa del pueblo, para que de ese modo la confianza en el Eterno perdure y la Alianza perpetua brilla en todo su esplendor.
    Si perdemos la memoria, perdemos nuestra identidad.
    Por ello, es fundamental cuidarla y evitar que sea modificada.
    Para finalizar, este shabat es conocido como Shúva o también a veces como Teshuvá.
    Estos nombres no tienen que ver realmente con la parashá, sino con la haftará que es leída en el shabat entre Rosh haShaná y Kipur, que comienza con las palabras “Shúva Israel ad Adonai Eloheja”. También, porque está en los “aseret iemei teshuvá”.
    Momento espléndido para el reencuentro con nosotros mismos, con el prójimo y con Dios.

    ¡Shabat Shalom! ¡Gmar jatimá tová!

  • Crear lo bueno con la mente y el habla

    Uno de los relatos más famosos de la humanidad lo encontramos en la parashá Vaishlaj, cuando el patriarca Iaacov pelea con un ángel. Como resultado de esa contienda, el patriarca es bendecido y recibe un nuevo nombre, que refleja con más claridad su nueva personalidad: ISRAEL.
    Pasó de ser una persona con tendencias muy dominadas por el EGO a una persona con predominancia espiritual.
    No fue un trabajo sencillo, no ocurrió por milagro, ni tenía el patriarca una predisposición mágica que le ayudó a conseguir su transformación personal; lo cual convierte a este hecho en un impresionante logro, uno que merece todo el elogio y mérito y que además nos sirve a nosotros para tomarlo como ejemplo. Ya que, si el patriarca hubiera alcanzado su metamorfosis de esclavo del EGO a poderoso espiritual por obra divina, sin ningún esfuerzo, entonces no tendría ningún valor ni mérito. Sería no más que la “gracia divina”, un regalo por el cual no se ha sacrificado nada ni se ha desarrollado ninguna cualidad. Pero, como el patriarca debió luchar con todas sus fuerzas, realmente dar una batalla dolorosa e impresionante, entonces el positivo resultado solamente destaca su poder y lo realza.
    Es, por tanto, este pasaje de la Torá muy significativo para todos aquellos que queremos despegarnos de nuestro Yo Vivido acostumbrado al EGO y modificarlo para que esté en perfecta sintonía con nuestro Yo Esencial. Es decir, que nuestra personalidad refleje a nuestra espiritualidad, que nuestra espiritualidad se vea reflejada en nuestra forma de estar en el mundo.

    Cada día debemos dar nosotros esta lucha, imponernos sobre nuestra tendencia oscura y despegarnos del EGO para abrazar más nuestra personalidad infinita.
    Como una gran ayuda al respecto, ten en mente el siguiente pasaje en el relato de la lucha de Iaacov con el ángel, cuando el patriarca le dice:

    «No te dejaré, si no me bendices»
    (Bereshit/Génesis 32:27)

    No alcanzó con los golpes que se estaban dando, trenzarse en pelea física, ni estar ideando estrategias para derrotarlo, sino que tuvo que hablar como forma de lograr el éxito. Pero no cualquier habla, si lo analizas descubres que está reclamando que le bendiga, es decir, que “bien diga”.
    El hablar bien es fundamental.
    Esto ni significa ser experto en decir discursos, o tener un gran caudal de vocablos y arte para unirlos en frases vibrantes. Si no usar el habla para el bien, hablar positivamente.

    Atiende la enseñanza en el más profundo y poderoso de los poemas:

    … נַפְשִׁי יָצְאָה בְדַבְּרוֹ …
    «…Se me salía el alma, cuando él hablaba…»
    (Shir HaSHirim/Cantar de los Cantares 5:6)

    Salirse el alma con las palabras.
    Es decir, el poder de la palabra para movilizar la energía emocional y anímica.
    Tener la capacidad para afectar, para bien y para mal, por medio de la expresividad.

    Las palabras irradian energía que manifiestan siempre parte de nuestra personalidad.
    Cuando hablamos desde la negatividad, estamos contagiando oscuridad al entorno y enfocando nuestra mente hacia lo negativo.
    Pero, si nuestras palabras son de luz, el efecto será alumbrar nuestra vecindad y dejar que la mente apunte a descubrir más motivos para estar bien.
    Por tanto, es importantísimo llenar nuestro discurso de cosas positivas, no porque eso obligará al universo a darnos lo que queremos, sino porque nos rodeara de luminosidad, provocará reacciones positivas en el vecindario, fortificará nuestra mente, llenará nuestra alma de calma.

    Imagínate una situación que se presenta problemática y tienes al lado a un quejoso, que solamente se lamenta, echa culpas, justifica la torpeza, insulta, o cosas por el estilo.
    Y al otro lado tienes a la persona que afronta las situaciones con realismo, desde el poder, con aceptación de las dificultades, que apuesta por mejorar y construir.
    ¿Cuál de los dos te genera una energía más dulce y que mueve a la superación?

    Entonces, palabras positivas, en mente positiva, con acciones positivas. El resultado será positivo.
    Y si fuera la negatividad tu sintonía, entonces no esperes positividad.

    Di palabras de bendición, repite párrafos de alabanza sincera, haz del sano positivismo un compañero constante de tu boca. Agradece, elogia, estimula con tu palabra al que anda cabizbajo y con dudas.
    Rechaza de tu lenguaje lo que afea, lo que empobrece la imaginación, lo que altera negativamente, lo que llena de miedo e impotencia.

    Como el inspirado salmista nos enseña:

    «¿Quién es el hombre que desea vida? ¿Quién anhela años para ver el bien?
    Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño.
    Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela.»
    (Tehilim/Salmos 34:13-15)

    Por tanto, lucha contra tu parte negativa haciendo lo que es positivo. Hablando lo que es poderoso. Pensando, realmente pensando y no meramente repitiendo creencias, con pensamientos de luz.
    Haciendo de esta manera al poco rato estaremos comprobando que los ángeles enemistados pasan a ser aliados, que los problemas se mitigan, que el dolor se acalla, que la confianza crece.

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  • Enemigo íntimo

    «Vio la mujer que el árbol era bueno para comer, que era codiciable a la vista y que el árbol era agradable para ser sabio. Tomó de su fruto y comió. Y también dio a su marido que estaba con ella, y él comió.»
    (Bereshit/Génesis 3:6)

    La mujer no estaba viendo al árbol realmente, sino que veía a través del filtro de su deseo. Por tanto, la visión no era clara y lo más próximo a la objetividad, sino netamente teñida de subjetividad, de creencia, de imaginación fuera de foco.
    Es por ello que la mujer vio que el árbol era bueno para comer.
    ¿Cómo iba a ver la cualidad bondadosa como comestible del árbol?
    Eso era imposible, por tanto, lo único que ella estaba haciendo era inventar una excusa para hacer lo que tenía prohibido.
    La codicia le perturbaba el entendimiento, creaba justificaciones para hacer plausible el acto ilegal.
    Lo único que estaba siendo importante era su deseo, nada más.
    Entonces, ¿cómo no iba a realizar la acción prohibida? Si en su mente no existía ninguna prohibición, sino tan solo el deseo.

    En tanto, el marido se dejó guiar, perezoso, remiso, falto de voluntad, haciendo de cuenta que no tendría ninguna responsabilidad.
    Se estaba dejando llevar por la corriente, no oponía resistencia, fluía para no generar conflicto.
    Era arrastrado por la corriente, lo cual resultaba cómodo, puesto que no le obligaba a esforzarse.
    Se había acomodado en la zonita de confort, por tanto, dejaba de lado cualquier voluntad o sacrificio; ¡y no se daba cuenta de que su actitud lo llevaba a enormes sacrificios y sufrimientos!
    Ya que, un pequeño trabajo ahora, ciertamente tendría el poderoso efecto de prevenir terribles consecuencias más adelante.
    Pero, la mente del hombre es limitada, suele escoger el placer cercano, aunque eso le traiga efectos espantosos en el futuro. Puesto que es más placentero el aquí y ahora, en vez de construir un más próspero y benéfico mañana.
    Entonces, el hombre se desentendió de lo que estaba pasando. Se dejó llevar, para tener luego la justificación al echar culpas a su mujer.

    Porque el ser humano detesta esforzarse, salir de su celdita mental; y detesta también asumir responsabilidad.
    Son evidentes trampas del EGO (alias Ietzer haRá) para someternos y mantenernos bajo su dictadura. Porque nos obliga a continuar en impotencia, desentendernos de nuestro poder y potencial a realizar. En cambio, nos debilita, nos empobrece, nos llena de miedos, nos puebla la imaginación de inseguridades, nos niega las chances de estar mejor si nos dedicamos a manifestar el bien que está a nuestro alcance.
    Con la excusa de no sufrir, de no entrar en conflicto, de no privarse de placeres, de no ser un perdedor… con cualquier excusa, terminamos en la ruina, empobrecidos, miserables.
    ¿Se entiende que está en nosotros revertir este automatismo generalizado en nuestra especie?

    Plantear metas a corto, mediano y largo plazo y ponernos de inmediato a realizarlas.
    Permitir al plano espiritual orientarnos, al plano mental diagramar estrategias, al plano social vincularnos, al plano emocional, llenarnos de energía y al plano físico ejecutar la obra.
    De esta manera no solamente domesticaremos el deseo, haciéndolo aliado de nuestras victorias y deleites, sino que estaremos evitando dolor y derrotas.

    Todo resumido en un sólo versículo sumamente poderoso.

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  • Parashat Ree 5782 – el diezmo sagrado

    Llegamos a Ree, la cuarta parashá del libro Devarim, conocido en español como «Deuteronomio», en la cual continúa Moshé con su discurso de despedida del pueblo judío.

    Podemos identificar los siguientes grandes temas en esta sección:

    1. Se propone centralizar el servicio de adoración al Eterno en un solo sitio, por lo cual quedarían inhabilitados los altares locales, que fueron tan comunes en determinada época de nuestra antigua historia.
      En el desierto, mientras aún no habíamos ingresado a la tierra prometida, los rituales se focalizaban en el Mishcán, el Tabernáculo, aquel templo portátil que fuera ordenado construir por Dios. El mismo encontró alojamiento, más o menos estable, cuando el pueblo se asentó en la tierra de santidad, sin embargo, el anhelo de las personas los llevaba a ofrendar en otros lugares, no siempre los adecuados.
      En la parashá, como hemos dicho, se requiere centralizar el servicio divino, lo cual se haría realidad en lo que nosotros conocemos Beit Hashem, o el Beit haMikdash en Ierushalaim.

    2. Dios autoriza a que los judíos coman carne de animal kasher, más allá de los usados como korbanot/ofrendas. Es decir, cuando alguien quería comer carne, faenaba de manera kasher un animal, y lo comía, sin tener que dedicarlo como una ofrenda para Dios. Es que, en cierto período de tiempo, solamente se comía carne si era como parte de un ritual sagrado. Ahora, ya no era requerido esto, sin embargo, continúa la prohibición expresa de ingerir sangre. Por tanto, debemos tomar en cuenta varios aspectos para considerar kasher la carne: que sea de una especie permitida, que sea faenado de la manera adecuada, que cumpla con los requisitos sanitarios correspondientes estipulados por la ley judía, que le sea drenada -en la mayor medida posible- la sangre. Por supuesto que además, que no sea mezclado con lácteos en ningún momento de su elaboración, consumo o guardado, entre otras reglas para el kashrut.

    3. Se nos advierte de que tengamos mucho cuidado con el falso profeta, pues no faltará quien diga venir en nombre de Dios, pero que su corazón está en otro lado y, por tanto, quiera conducir a la gente lejos de la relación saludable con el Padre Celestial.
      También se avisa de que puede haber personajes que vengan a desviar a la gente de la senda correcta, sin invocar para ello a Dios.

    4. Encontramos en la parashá especificación de los animales que está permitido comer y cuáles no. Se nos brindan las señales que debemos tomar en consideración para saber si la especie es permitida o no. En cuanto a los animales voladores, se brinda una lista de aquellas que no son aptas, ya que no se dan rasgos generales para reconocer su condición de kasher o no.

    5. Se emite la ley del diezmo, es decir, del tributo del diez por ciento de los ingresos, que deberán ser repartidos entre los levitas y en ocasiones con los menos favorecidos económicamente.

    6. Se establecen algunas de las reglas de los Shalosh Regalim –fiestas de la peregrinación-, así como el mandamiento de ir a Ierushalaim para las festividades consagradas.

    En una ocasión anterior nos enseñó la Torá acerca del mandamiento del maaser/diezmo. No es extraño que encontremos algún mandamiento repetido, o ampliado en más de un pasaje de la Torá. En cuanto al maaser, el israelita participa directamente del servicio divino, no por concurrir al Templo, o ejercer tareas de índole ritual, como si ocurría con los cohanim y leviim, sino por colaborar en el sustento de las cuestiones santas. El dinero era necesario para pagar sueldos, adquirir implementos de uso general, taras de refacción, etc.
    El diezmo no está destinado a enriquecer a nadie o a privilegiar la pereza de unos pocos, sino a que el pueblo se aúne en torno al servicio sagrado, de acuerdo a lo ordenado por la Torá.

    Pero, no podemos dejar pasar de largo una fundamental enseñanza que nos comparte nuestra parashá. En esta se nos habla del “מעשר עני – maaser aní”, el diezmo para entregar como caridad a los pobres. Con este traspaso de dinero nos quiere instruir una lección muy importante: que no suponga la persona que lo espiritual y lo santo es solamente lo que se relaciona con el culto, con el Templo, con las personas que trabajan en cuestiones rituales; eso es importante, pero no es lo único, y ni siquiera lo prioritario.
    Más bien, se quiere que cada uno entienda que el ayudar al prójimo, el ocuparse prácticamente por su bienestar, actuar con bondad, realmente se está siendo santo y espiritual, incluso más que si se está ejecutando algún acto ritual.
    Lo repito: el actuar con bondad y justicia con el prójimo, es tan espiritualmente valioso, o incluso más, que todo lo que implica un evento ritual, o el sustento del Templo.

    Uno de los motivos es entender que “espiritual” es TODO lo que nos vincula con Dios y el prójimo. Sean los asuntos considerados rituales, los mandamientos que nos vinculan directamente con Dios; tanto como los mandamientos sociales, de una persona con otra.
    Cuando actuamos de tal manera que brindamos bienestar a otra persona, le proveemos de sustento, le acompañamos en sus padecimientos, desplazamos nuestro egoísmo para que resalte el altruismo, ¿cómo no estará feliz y complacido Dios al ver que estamos siendo bondadosos con uno de Sus hijos?
    ¿Hay algo más espiritual que dejar de lado el egoísmo para hacerle un bien a otro sin esperar nada a cambio?

    Tal como promete la Torá:

    «Sin falta le darás, y no tenga dolor tu corazón por hacerlo, porque por ello te bendecirá el Eterno tu Elohim en todas tus obras y en todo lo que emprenda tu mano.»
    (Devarim / Deuteronomio 15:10).

    Dios no precisa de las dádivas del humano, pero el prójimo necesitado puede que dependa de ti y tú de él.

    Para finalizar, recordemos que a partir del viernes al anochecer (26/8/2022) comienza rosh jodesh Elul, porque estaremos celebrando el primero de los dos días de este principio de mes. Elul, conocido como el “jodesh harajamim vehaselijot” – “mes de la misericordia y los pedidos de perdón” ha llegado, lo cual nos prepara para el próximo Rosh haShaná, que esperemos nos traiga bendiciones y buenas noticias.

    ¡Shabat Shalom! ¡Jodesh tov umeboraj!

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  • Parashá Ekev 5782, cuidado con creerse el centro del mundo

    Estamos en parashat Ekev, ya hemos llegado a la tercera parashá del libro Devarim, conocido en español como Deuteronomio.
    Nos encontramos nuevamente a Moshé Rabenu, quien continúa con su discurso de despedida de su pueblo. Quiere dejar grabado en la memoria colectiva sus palabras, las que luego Dios le repetiría para que sean plasmadas como el libro Devarim, este que nosotros tenemos entre nuestras manos, según nos indica la Tradición. (Hay otras opiniones, como por ejemplo la de los académicos de estudios bíblicos, quienes en su casi totalidad no aceptan la versión tradicional de la autoría de este libro, e incluso de los otros de la Torá).
    Como sea, el discurso en boca de Moshé que leemos en Devarim, pretende dejar enseñanzas imperecederas para los israelitas. Con gran énfasis se centra en que resulta necesario recordar, respetar y cumplir las mitzvot (mandamientos), como forma de vivir según la Voluntad del Eterno. Incluso añade el discurso, esta conducta no queda sin retribución, ya que como consecuencia se hacen realidad las promesas de bienestar material y bendición en este mundo.
    Cabe acotar que en ningún momento encontramos promesas directas a retribuciones en el mundo espiritual, en un plano que se alcanza luego de la vida en esta realidad; sino, solamente consecuencias positivas para nuestra vida aquí, en este mundo.
    Sin embargo, algunos sabios nos dicen que hay alusiones, mensajes indirectos en párrafos de la Torá, indicando la existencia del mundo espiritual y los premios que se perciben en él. A pesar de lo cual, es uno de los principios de la creencia judía que remarca la Torá Oral, y cuenta con una gran importancia dentro del judaísmo tradicional esta creencia.

    Volvamos al discurso de Moshé, en el cual leemos:

    «Guardad cuidadosamente los mandamientos del Eterno vuestro Elohim y sus testimonios y leyes que te ha mandado. Harás lo justo y bueno ante los ojos del Eterno, a fin de que te vaya bien, y entres y tomes posesión de la buena tierra que el Eterno juró a tus padres»
    (Devarim / Deuteronomio 6:17-18).

    El texto es claro: si cada persona viviera de acuerdo a este sencillo código: humildad+bondad+justicia (que son el núcleo de los mandamientos); estaríamos disfrutando de un paraíso en la tierra.

    No plantea sofisticados cálculos, ni complicadas filosofías, sino una forma de vida muy sencilla y eficiente, para estar bien en este mundo y que el mundo esté bien gracias a nuestro actuar, lo único que precisamos es entender que la humildad, la bondad y la justicia deben orientarnos en cada decisión que tomemos.

    Y se hace entonces completamente real la conocida frase, que también encontramos en nuestra parashá:

    וְאָכַלְתָּ, וְשָׂבָעְתָּ–וּבֵרַכְתָּ אֶת–ה‘ אֱלֹהֶיךָ, עַל–הָאָרֶץ הַטֹּבָה אֲשֶׁר נָתַן–לָךְ
    «Comerás, y te saciarás, y bendecirás al Eterno tu Elohim por la buena tierra que te habrá dado»
    (Devarim / Deuteronomio 8:10).

    Disfrutar de este mundo al máximo, siempre que sea saludable, para que estemos bien, saciados, en armonía; sin embargo, para que esto no se perturbe, hay que ser constantemente agradecido.
    Por supuesto que con Dios, el Creador y Sustentador de todo lo que existe; pero también con todos aquellos que nos rodean y colaboran con nuestro bienestar.
    Es muy importante tener presente lo que se nos brinda, disfrutarlo sin por ello dejar de reconocer a quien nos lo ha otorgado. Sea una persona, o sea el Eterno, agradecer es un fundamento básico que nos permite crecer y ayudar a otros a hacerlo.

    Sabiendo que el egoísmo corrompe fácilmente, la parashá nos advierte de un obstáculo que nos puede llevar a fracasar, que es cuando creemos que solamente:

    «‘Mi fuerza y el poder de mi mano me han traído esta prosperidad.’» (Devarim / Deuteronomio 8:17)

    Entonces, olvidamos de agradecer, nos volvemos presuntuosos, evitamos ayudar al necesitado, pretendemos que el universo nos tome por el centro del mismo, y otras cuestiones similares que son típicas de un ego inflamado y poco saludable.
    Lo que lleva por lo general a conductas negativas, lo que nuevamente advierte la parashá:

     «cuando hayas comido y te hayas saciado, entonces ten cuidado; no sea que te olvides del Eterno»
    (Devarim / Deuteronomio 6:11-12).

    Es una parashá sumamente interesante, con variados temas, que te invito a que recorras, leas, analices, estudies y compartas.

  • Vaetjanán 5782, los llamados diez mandamientos

    Estamos ya en Vaetjanán, que es la segunda parashá del Sefer Devarim (Deuteronomio).

    Continúa el relato de Moshé, quien se está despidiendo de su pueblo, porque sabe que en pocos días más morirá, en tanto, ellos entrarán a la tierra prometida.
    Moshé, aquel hombre que cuarenta años atrás se declaraba con dificultades para hablar, en especial en público o ante personas de renombre, ahora se expresa con calidad meritoria, con estupenda precisión y profundidad espiritual.
    En este discurso, entre otras cosas, recuerda y aclara algunos de los momentos cruciales en la historia de la naciente nación judía.

    Encontramos que manifiesta que imploró al Eterno para que le permitiera ingresar a esa tierra anhelada, pero Hashem se lo negó, una y otra vez, centenas de veces. Es que, el tiempo del liderazgo de Moshé está llegando a su fin, el pueblo precisa de otra conducción, una que le permita ser más independiente de milagros públicos, un jefe que los mueva a actuar para alcanzar sus metas y no estar a la espera de que otros solucionen sus problemas o necesidades.
    La era de los milagros manifiestos y habituales estaba culminando, para dar paso a la independencia de la humanidad, a una relación más madura con su Padre Celestial.
    Es así que está amaneciendo la época del general Iehoshúa bin Nun, el más aplicado y mejor estudiante de Moshé, además de fiel a Dios, pero con una visión diferente de cómo afrontar las circunstancias.
    Iehoshúa confía en Dios, sabe que Él hace su parte, pero es indispensable que las personas, cada una, haga lo que le corresponde hacer para que las obras se concreten.

    Luego, en la parashá encontramos el enfoque que Moshé tuvo de la revelación de Dios ante los hijos de Israel en Sinaí. Ese irrepetible evento en el cual Él manifestó los Aseret haDiberot, los llamados Diez Mandamientos (cuyo nombre traducido más exacto es «Decálogo», pues efectivamente son diez frases, en las cuales se encuentran CATORCE mandamientos, y no diez, como el antiguo traductor gentil puso y luego muchos asumieron como número real).
    Resalta Moshé que en ningún momento pudieron ver imagen alguna de Dios, cosa que es evidente, ya que Él no es cuerpo ni toma forma alguna, pero que sí cada uno pudo captar los sonidos y comprender las palabras que Él estaba expresando al colectivo. Interesante hacer notar que fue una revelación colectiva, pero que era también una comunicación individual, pues, cada una de las tres millones de almas allí presentes recibían el mensaje profético en particular.
    Todos juntos, pero a cada uno y uno, en una relación especial y singular.
    Todo el pueblo es testigo, porque el judaísmo no nace de la iluminación de un individuo, o en la pasión de un grupo de camaradas reunidos para organizar una creencia religiosa. Sino que es un testimonio multitudinario, de un encuentro personal y real con la Presencia del Todopoderoso.
    Por ello, destaca Moshé este hecho e insiste para que cada generación de la Familia judía mantenga fielmente el relato del encuentro, para que no se pierda el lazo ni se confunda el camino. Porque, no depende de un libro, ni de un grupo de privilegiados líderes religiosos, ni de la imposición sobre las masas de una ideología, sino que es el relato de un acontecimiento que sucedió a nuestros familiares hace treinta y tres siglos.

    Lo enseña así Moshé, que al mantener viva nuestra Torá, estudiándola, trasmitiéndola, viviéndola, estaremos encontrándonos con nuestra espiritualidad, la conexión con Dios. Todas nuestras dimensiones como humanos son importantes, la material, la social, la emocional, la intelectual, la ecológica, pero no podemos descartar la espiritual; por tanto, es bueno conocer lo que nos ayuda a vivirla y hacerlo.

    Un buen mecanismo para no olvidar todo esto, es repetir a diario dos veces la lectura del Shemá Israel, que se encuentra en nuestra parashá. La frase, y su contexto, han acompañado desde siempre a nuestra Familia como un símbolo de identidad, como una brújula que nos orienta en todo momento.

    Saber que Dios es uno, que es único, que es el Creador y quien sostiene la existencia del universo. Saber que Él nos ha dado, con amor y sabiduría, Sus mandamientos, para que de esa forma alcancemos el máximo grado de tikún olam, mejoramiento del mundo (personal y colectivo).
    Tal es lo que está expresado en nuestra parashá, la que te invito a leer y profundizar.

    Recuerda que este shabat es conocido como “Najamu”, pues así comienza la haftará, rogando por consuelo para el pueblo judío tras la destrucción del Templo, que conmemoramos la semana pasada en Tishá beAv. Comenzó el período de los “sheva denejemata”, las siete semanas de consolación, en las cuales leemos textos de los profetas invocando la esperanza y el optimismo en la restauración de Israel y la paz para el mundo.

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  • Devarim, Ejá, 9 de Av

    Este Shabat es 9 de Av, por tanto, el ayuno se aplaza para comenzar con el anochecer del sábado, porque solamente el ayuno de Iom Kipur se realiza si coincide con Shabat.
    Desde las 18:07 del sábado 6/8, hasta las 18:39 del día siguiente (para Montevideo en el año 2022), la tradición indica que no se debe consumir alimentos ni bebidas, usar calzado que contenga cuero, bañarse o lavarse más allá de la estricta higiene, mantener relaciones conyugales, entre otras reglas y costumbres que corresponden a este tzom.

    La faceta trágica de este día se originó hace unos 33 siglos, cuando el pueblo reaccionó al relato tendencioso de los diez exploradores que habían recorrido la tierra de Israel durante 40 días. Una muchedumbre comenzó a quejarse amargamente, a reprochar su imposibilidad para adueñarse de la tierra, su falta de esperanza, su débil confianza en que Dios les cumpliera lo que les había prometido. Así pues, protestaban enérgicamente, rechazando siquiera la posibilidad de ingresar a la tierra de Israel. Decían, entre llantos y gritos, que preferían morir en el desierto. Como consecuencia, Dios les otorgó lo que reclamaban, por lo que debieron permanecer en el desierto hasta completar los 40 años desde el éxodo.
    Esto ocurrió entre el atardecer del 8 de Av y el comienzo del 9 del segundo año tras salir de Egipto. A partir de entonces y durante los siguientes 36 años, cada 9 de Av fallecían enormes cantidades de judíos, según relata con detalle el Midrash. No pasaba una mañana del 9 de Av en esos años, sin familias de luto por el fallecimiento de algún pariente. ¡Imaginen la espantosa huella que va dejando en el recuerdo colectivo!
    Año tras año la desgracia llamando a la puerta y golpeando sin piedad.
    Sabían que al año siguiente, nuevamente en la misma fecha, otra vez caería la oscuridad para la nación, quien se dolería por nuevas víctimas.
    Esa amargura, la impotencia, la falta de esperanza fue calando hondo, marcando la identidad nacional.
    Mucho tiempo más adelante, nuevos acontecimientos siniestros provocaron que la herida se reabriera y se ampliara, pero, para los que habían vagado por el desierto 40 años, pareció que se mitigaba y hasta olvidaba su angustia cuando pudieron finalmente ingresar y tomar posesión de la Tierra de Israel.
    Posteriormente, como ya mencionamos, cobró intensidad y nuevo significado, por lo que fue declarado como un día de luto acompañado por un pesado ayuno, cuestión que se preserva hasta la actualidad. Porque, se destruyeron el primer y segundo Templo del Eterno en Ierushalaim, con la consiguiente devastación de la ciudad, tortura y matanza de sus habitantes, así como la expulsión a la esclavitud en el exilio de Babilonio y en el de Roma.

    Más tarde, otros sucesos terribles que asolaron a nuestro pueblo coincidieron con esta fecha, o en su entorno, provocando así una mayor profundización en su sentido angustiante.

    Para no quedarnos solamente con el lado oscuro, recordemos que en nuestra Tradición se afirma que este, tal como otros días de luto, serán transformados en tiempos de celebración.
    Habrá luz donde antes hubo oscuridad, estará la alegría suplantando el lugar de la melancolía.
    Quiera Dios que sea pronto, este mismo año.

    No es casualidad que por lo general la parashat Devarim es la que precede a este ayuno, por eso veamos algunos de los temas de la parashá, que es la que comienza el quinto y último libro de la Torá:

    • La mayor parte del libro son discursos de Moshé, quien se está despidiendo de los Hijos de Israel en las Llanuras de Moav. Narra, desde su perspectiva, algunos de los incidentes de los últimos años. Ya algunas de las historias las habíamos conocido, pero desde la visión del Creador. Con las palabras del maestro Moshé, se complementan las ideas y de esta manera se educa a la nación para mantenerse leal a la alianza que fuera sellada para siempre con Dios.
    • En el primer capítulo, Moshé vuelve a contar los acontecimientos que ocurrieron después de que los Hijos de Israel abandonaron Jorev para conquistar la Tierra de Israel, centrándose en el pecado de los exploradores.
    • El segundo capítulo resume el cuadragésimo año en el desierto con una descripción de cómo el Eterno instruyó a los israelitas para evitar enfrentamientos militares con las naciones de Esav, Moav y Ammón, pero para luchar con el rey amorreo, Sijón.
    • En el tercer capítulo relata la victoria sobre Og, el rey de Bashán, y la distribución de las tierras conquistadas de Sijón y Og a las tribus de Reuvén, Gad y la mitad de Menashé.

    Centrémonos un instante en una sola frase de la parashá, cuando llega un punto en que Moshé expresa acongojado, exhausto:

    «אֵיכָ֥ה אֶשָּׂ֖א לְבַדִּ֑י טׇרְחֲכֶ֥ם וּמַֽשַּׂאֲכֶ֖ם וְרִֽיבְכֶֽם – ejá esá levadí, torjajem, umashajem verivjem – ¿Cómo podré llevar yo solo vuestras preocupaciones, vuestras cargas y vuestros pleitos?»
    (Devarim/Deuteronomio 1:12)

    Cuando hacemos la lectura pública de Torá, este párrafo se suele cantar con la entonación de la Meguilá EJÁ/Lamentaciones, que es la lectura tradicional para el ayuno de TISHÁ BEAV. Comparte también su primera palabra, EJÁ, que puede traducirse “¿cómo?”, palabra que ha de ser pronunciada de manera desgarradora, cual profundo lamento que parte del alma.

    Miremos bien lo que dice el maestro Moshé en el verso que hemos citado y tratemos de responder: ¿Cuál te parece sea el terrible sufrimiento de Moshé que lo lleva a expresar esto así?

    ¿Podrías relacionar el contenido y sentido de esta frase con TISHÁ BEAV?

    ¿Cuál crees sea el valor de mantener vigentes días de duelo com

  • Matot – Masé resumidas 5782

    מַּטּוֹת-מַסְעֵי

    Este Shabat corresponde que se lean en la Diáspora las dos últimas parashot del sefer Bemidbar, llamado Números en la traducción al español.
    En Israel solo se lee la última del libro, para que finalmente podamos estar sincronizados en la lectura, tras la divergencia que sucedió a causa del octavo día de Pésaj de este año. Es que, en Israel ya había terminado la festividad bíblica, por lo cual, se continuó con el ciclo anual de lectura. En tanto que en la diáspora, celebramos un día extra de Pésaj, teniendo como lectura de Torá una porción especial.
    Ahora, pasados tantos meses, ya estaremos nuevamente a la par y, aunque no pareciera, encarando la recta final del año.
    La semana que entra será la más oscura del año, según la tradición judía, al finalizar el siguiente shabat, comenzaremos el ayuno (postergado) del 9 de av. Tras lo cual, rápidamente habremos llegado a la época de la selijot, preparativos para el nuevo año de la humanidad y el ciclo avanza y retorna.
    Pero, concentrémonos ahora en las dos parashot.

    Algunos de sus temas son:

    · Se hace hincapié en la importancia de guardar con responsabilidad los votos y juramentos que uno exprese, al tiempo que se habilitan mecanismos para desligarse de los mismos de manera aceptable.

    · Dios le anuncia a Moshé que próximamente fallecerá, luego de que se ejecute la guerra contra el pueblo de Midián, que agredió recientemente a Israel, provocando un gran número de bajas.

    · En la exitosa batalla vencen los judíos, mueren los cinco reyes midiantias así como el brujo Bileam ben Beor; no habiendo ninguna baja dentro de las filas hebreas.

    · El botín de guerra fue repartido equitativamente entre las personas. Recordemos que aquel pueblo de Israel no hacía guerras de conquista ni para obtención de riquezas, solamente defensivas y para tomar posesión de su tierra propia, aquella que le correspondía por derecho. Algo similar al moderno Estado de Israel, que no actúa movido por afán expansionista ni colonialista, y trata de conducirse con el mayor nivel ético, incluso en las ocasiones más complejas.

    · Las tribus de Gad y Reuven, propietarios de numeroso ganado, piden a Moshé para no cruzar el río Jordán, y no ingresar a la Tierra Prometida. Argumentan que esta tierra en la que se encuentran es sumamente provechoso para la crianza de sus animales, y que se beneficiarían mucho permaneciendo de este lado del río.
    Moshé, en un principio, considera este pedido tan desalentador como el mensaje dado, cuarenta años antes, por los ‘exploradores’, por cuya causa los israelitas no entraron a Israel inmediatamente; por lo cual, se niega y con enojo denigra a los que hicieron el pedido.
    Sin embargo, ellos respondieron que serían los primeros en ayudar a sus hermanos de Israel y que estarían presentes en la primera línea en la guerra de conquista de la Tierra, con el fin de que todos puedan obtener su parte en la Tierra Prometida.
    Moshé acepta el pedido de los hijos de Gad, Reuvén y media tribu de Menashé, pero, a condición de que cumplan con el trato por ellos ofrecido.

    · La Torá hace una recapitulación de los cuarenta y dos campamentos que hicieron los israelitas durante su travesía de cuarenta años por el desierto.

    · El Eterno ordena que los canaaneos, quienes ocuparon ilegalmente la tierra propiedad de Israel, sean expulsados de allí. También se hace énfasis en no dejar elementos de la cultura canaanea que pudieran conducir a los judíos a estilos de vida inmorales, que contradicen el nivel ético esperado del pueblo de Dios.

    · Se reparte, según sorteo, los territorios para ser ocupados por las tribus.

    · Se delimitan las fronteras de la Tierra de Israel.

    · Se establece que las tribus cedan para los leviim cuarenta y ocho ciudades, ya que ellos no tienen posesión territorial. Seis de estas ciudades servirán también como refugio para el homicida no intencionado, para que pueda huir a buscar asilo y protección en ellas. Empero, se establece la pena capital, tras un juicio exhaustivo y justo, para el homicida intencionado, alevoso y planificado.

    · Para preservar el patrimonio territorial tribal, las hijas de Tzelofjad (así como cualquier hija de Israel que no tuviera hermanos varones), deben contraer matrimonio con miembros de su misma tribu; ya que no se puede heredar tierra perteneciente a la tribu, a otra de las tribus de Israel.

    Te deseo Shabbat Shalom umevoraj y todo lo bueno para ti y tu familia.

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