La conciencia del hombre de la Divinidad

«–Además, Elohim dijo a Moshé –: Yo soy I-H-V-H (el Eterno).
Yo me aparecí a Avraham, a Itzjac y a Iaacov como Elohim Todopoderoso; pero Mi nombre I-H-V-H no fue captado por ellos.»
(Shemot/Éxodo 6:2-3)

El Creador recibe numerosos nombres, los dos más habituales son Elohim y Adonai (que se escribe por lo general con I-H-V-H y se suele mentar como haShem).
Cuando en la literatura sagrada se emplea Elohim, se está haciendo referencia a Dios como un poder que se manifiesta en la creación, que opera entre otras cosas a través de la naturaleza. Es por esto que en la mente estrecha y abarrotada de EGO se llega a percibir que Elohim son numerosos poderes, es decir, dioses. Pero en verdad es solamente Uno, que impone su majestad en la creación, es el rey justiciera y atemorizante.
Por su parte, Adonai refiere a Dios de forma ambivalente, pues es ese Dios eterno, absolutamente lejano, incomprensible, inimaginable; pero que está cerca de cada uno de nosotros. Es el Dios amoroso, que aplica la misericordia en lugar de la vara de la justicia.

Los patriarcas de Israel conocían el nombre Adonai, pero en su mente imperaba el concepto Elohim. Vivían en una realidad social e histórica para la cual era aún mucho más complejo hacerse una remota idea de un Dios absolutamente diferente a absolutamente todo; era imposible para ellos captar a una deidad que no estuviera manifiesta a través de acciones de poder. Si bien eran monoteístas, en un mundo totalmente politeísta, ellos seguían atrapados por la creencia del Dios que se presenta en los elementos poderosos. ¿Cómo penetraría en sus mentes el concepto de una deidad totalmente trascendente y sin embargo absolutamente presente?

Llegó la época de la liberación de Israel de Egipto, y es entonces cuando Dios decide que ha llegado el momento para que sea su manifestación como Adonai la que tome preponderancia.
Moshé, y tal vez los israelitas, estaban en condiciones para empezar a entender que el Eterno “es” más allá de Su presencia como Elohim.

Han pasado más de 3.300 años de aquel momento y el mundo en su inmensa mayoría, digamos que más de un 99% de la humanidad, siguen prisioneros de creencias torpes, materialistas, limitadas, propias del EGO.
Todavía la humanidad no vive de acuerdo a su NESHAMÁ (espíritu, Yo Esencial, chispa de Dios), sino a los dictados del salvaje EGO.
Pero, cuando lleguemos a esa era de la redención espiritual, cuando el EGO no domine sino que estemos orientados por la NESHAMÁ, ¿será que “veremos” a Dios? ¿Captaremos la esencia de la Divinidad? ¿Sabremos acerca de Su “identidad”? Y la respuesta es que, no. La conciencia ampliada, la comprensión clarificada, el derribo de los velos, el control del EGO, no nos hace dioses, ni nos quita nuestras limitaciones humanas. Seguiremos siendo humanos, en una versión mejorada, la mejor que podamos ser, pero sin dejar de ser humanos con nuestros límites. Lo que es terriblemente limitado está incapacitado para comprender lo absolutamente ilimitado. Por tanto, solo Dios capta a Dios, así fue, es, será. Y es genial que así sea.

Pero lo que si evoluciona es nuestra comprensión de lo importante pero pasajero de lo material, de como está en función de lo espiritual.
Por ello pierde rigor el concepto de Elohim en nuestra vida para ser más preponderante el Adonai.
Sin embargo, como ya mencionamos, muchísima gente está todavía en esa prisión ideológica, llenos de religión, superstición, engaños, aparentar santidad.

Igualmente el proceso de la redención ya ha comenzado, la Era Mesiánica ya ha amanecido.

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